Aroma / Inédito
Aroma es una obra de poesías,
inédita y firmada por Rosa Virginia Martínez, que contiene los siguientes
poemas
Niño de Soledad / Soneto al
Muchacho Campesino / El Molino / Tríptico al Árbol / Mi Calle / Camina la Raza
/ Poema de la Reforma Agraria / Cuando Yo Sea Hombre / Canto a la Mujer del
Pueblo / Tiempo de Aroma / Adiós / Retorno / Sin Palabras / Ruego / Ausencia /
Canción de Primavera / Antonio José de Sucre / Poema al Cálculo de Rafael
Urdaneta / Romance de mi Tierra Clara / Quiero Sembrar mi Corazón / Mi Infancia
/ Vendedor de Helados / Mis Manos / Al Pasar / Gracias
Niño de Soledad
Así como la estrella
es de todos los cielos
y todos los anhelos;
este niño de soledad
y frío,
es también mío.
Su nombre –en cualquier idioma-
me sabe a fruta de banano,
esponjosa de aroma,
porque es hijo de un hermano.
Puede ser negro, blanco o amarillo,
la raza ¿qué importa?
si todos volveremos
a ser con nuestra tierra
amasijo sencillo.
Este niño a quien yo canto,
encarna la forma y el color
de todos los niños:
buenos o traviesos
de leche o carbón…
Es el mismo
que en Ziruma anda descalzo,
y en el Norte juega con un balón.
A veces es delgado
como un junco,
que eleva en el silencio
su clamor.
!Tan pequeño y es paria
de la vida,
sin lumbre, sin hogar,
todo dolor!
!Oh, si yo pudiera inventar
un cuento con ángeles de rocío,
y estrellas musicales que sonrían,
a este niño de hambre,
de soledad y frío.
Si pudiera decir
con la suave mixtura:
de tan negro este niño
se me ha vuelto de albura!
Ese grito tremendo
de los odios raciales,
se haría en su boquita
susurro de panales.
!Quizás por cuánto tiempo
con voz quebrada y pura,
irá este niño mío,
pidiéndole a los hombres
cobijas de ternura.
Quizás por cuánto tiempo:
desnudo como el viento,
descalzo como el río,
traficará los mares
salobres del hastío!
Zapatitos de sangre
le darán las espinas,
al niño que debiera
ser de breve durazno
o de cosa muy fina,
con alma para el canto
y risa cristalina
Zapatitos de espuma
calzarán otros niños;
pero el niño de angustia
que reposa en mi canto,
lleva zapatos rojos
claveteados de llanto.
Soneto al Muchacho Campesino
Pastor de nubes en la tarde fina:
sobre esta tierra de crecida espera,
tú eres el dueño de la primavera
y dueño del rocío que se empina.
No abandones el agro por la mina
de oro negro: es garra traicionera
que absorbe vida y sangre. Es cordillera
de falso brillo que el dolor
trajina.
Tú eres sobre el campo y bajo el cielo,
fértil signo del tiempo que en desvelo
arrojará en los surcos nueva
lumbre.
Tú eres con la tierra y la semilla,
el pacto de unidad que abrirá trilla,
desde el llano sumiso hasta la
cumbre.
El Molino
El molino
se perfila en lontananza
como un signo de esperanza.
Muele el trigo,
muele el viento,
muele la estrella y la palma,
molerá el rencor del indio
y la tristeza del alma.
Niño indígena:
me abruma el dolor de tu Ziruma,
tierra caldeada que llora
como la piedra en el silencio.
!Tan cerca y tan olvidada,
tan angustiada y tan sola,
en medio de tanta gente!
En las aguas de mi lago
estoy mirando tus ojos
sepultados hace siglos.
!Nadie te regresa nada
de tan inmenso despojo!
Tenemos el corazón
negro y duro,
duro y negro,
como el hierro y el petróleo
de esta tierra.
Tu voz perdida en la sombra
de aquellos tiempos pasados,
aún nos llega en el grito
de los árboles talados.
Tus manos:
manos tristes y desiertas,
manos de tierra y hollín;
manos tendidas y abiertas
donde nunca jamás cayó un jazmín.
Mas,
nada importa,
si un ángel negro recorta
la estrella de tu destino:
lo que un día te quitamos
emigra siempre hacia el Norte.
El molino
molerá sombra y tristez
para ensanchar tu camino.
En tu fogón habrá pan,
y tortas de harina y miel
en tus sueños de cristal.
!Ya se acerca:
hacia tierras de esperanza,
el molino avanza… avanza!
Tríptico al Árbol
Mención honorífica en
certamen promovido por el
Ejecutivo del Estado Zulia.
I
(Simiente)
Un ansia vegetal que burla al lodo,
y la apretada tierra del presente;
te transforma gozosa en el recodo
de tu celda sencilla y providente.
Imposible creer que guardas todo
un aromado mundo en tu simiente;
y que tendrás, por tu apacible modo,
alfabeto de arrullos en la frente.
¿Qué imponderable fuerza te levanta,
en plenitud de savia y llama santa,
hasta rozar el cielo con los
brazos?
!Oh, arcano de Dios, lección primera
de la vida! –al rasgarte prisionera-
cabe trocar tu angustia en verdes
lazos.
II
(Árbol de Mayo)
Amaneció mi canto en tu frescura
como signo de luz que nadie toca.
Aromado, en tu regia vestidura,
se detiene la brisa, -niña loca-.
Por tu savia risueña que murmura,
asciende en alma, corazón y boca:
tú y yo, dominando la llanura,
los pájaros, las nubes y la roca.
!Qué dulce la fusión, árbol amigo!
Siento en mis manos palpitar el trigo
y mi sangre en tu savia me enardece.
Sí siempre en amorosa transparencia,
vivir pudiera en la cautiva esencia
de la flor que tan breve
languidece.
III
(Árbol tronchado)
De tu júbilo verde nada queda,
ni savia, ni pasión, ni trino al viento;
tu cuerpo seco en la amplitud remeda,
la maraña fantástica de un cuento.
Urna, cruz, o bajel sobre agua leda
simbolizan tu enhiesto pensamiento;
y cuando no, concluye en humareda,
tu corazón de aroma y claro acento.
Por la savia vencida, yo levanto
esta canción de nardo hasta tu llanto
que en silenciosa herida me
conmueve.
!Jamás permita Dios, pase mi mano,
más allá de la flor, o el fruto enano,
a tronchar tu vigor, con gesto aleve!
Mi Calle
Cuando yo nací;
En una casita, humilde y alegre
Como un cascabel.
Casa sin mosaicos, sin regios
Tapices
Ni rico dosel.
Nada de azulejos en sus ventanales,
Nada de mastines nerviosos y alertas
Cuidando en sus puertas.
Calle de mi casa bullanguera
y clara,
calle con apodos por vieja y por rara.
I aunque ella presuma de Nueva Venecia
Solo por capricho de la gente necia;
Yo evoco la antigua calle con apodos,
Bordeada de piedras,
Con muchachos sucios y hombres
beodos.
Ebria de alegría,
paso riendo alto por la calle mía.
Al verme la gente dice con orgullo:
aquí en esta larga calleja olvidada,
nació esa Rosa Virginia
que ahora es poeta.
Para mí no es triste, ni oscura,
ni fea;
la enjoyo de ensueños,
y como no existe
tesoro más grande que la inspiración;
le doy cuando paso,
en derroche claro, !todo el
corazón!
!Oh, pobre de las calles
que nacer no han visto,
un loco poeta, o poeta artista,
que de alguna extraña leyenda las
vista.
Camina la Raza
es llegar hasta el Lincoln Memorial,
la colosal estatua del Libertador de
la raza. Las grandes letras doradas
al fuego están allí, en el muro, a la
izquierda de la estatua: “Una nación
nueva concebida en la libertad i
consagrada al principio de que todos
los hombres nacen iguales…”
A. Lleras Camargo
Del norte de leche,
de la tierra rubia,
nos llegan las voces
de los hombres negros.
Caminan las madres
de las Carolinas
de Florida y Tejas…
Son las madres negras,
que apenas si tienen
muy blanca la leche,
la risa y el canto
de dormir al niño.
Caminan las madres
en pos de la aurora;
porque el barrio es negro,
y negra la prensa,
y negros los cines.
Hasta las iglesias:
unas para negros
y otras para blancos.
¿Es que el Dios de negros
no escucha a los blancos,
o el Dios de los blancos
es sordo a los negros?
¿No proclamo Lincol
que todos los hombres
nacían iguales?
Avanzan los hombres,
y al lado las madres,
rompiendo los vientos
con sus recias manos
cual negras banderas.
Van por los caminos,
con la risa blanca
de tanta amargura:
llevan a sus hijos
al Lincoln Memorial
por ver si despierta
de la piedra dura.
Más,
yo os lo digo, hermanos:
Lincoln no regresa,
sus ojos quedaron
-un lejano día-
ciegos de tristeza.
Sus manos sangraron
rompiendo cadenas,
y ahora las tiene
en la estatua inmensa
por siempre serenas.
No esperéis en vano:
!horadad las rocas,
romped las montañas,
sembrad la protesta
en todos los pecho
y en todas las bocas.
Clavad por doquiera
las nuevas banderas,
y gritad muy alto:
!es la primavera!
Triunfen nuestras voces
como un mar de olas,
y la tierra rubia vestirá de fiesta,
con la inmensa gloria
de las amapolas.
Poema de la Reforma Agraria
!Abre la puerta de tu rancho!
vengo a decirte de un horizonte
ancho,
de una esperanza cierta
para tus hijos, tu hombre,
y la mísera cosecha
de tu huerta.
Ábreme la puerta:
está amaneciendo en Venezuela,
en la rosa que trepa sobre el muro
en el corazón oscuro
de la gleba,
en la brisa que llega
hasta el brocal lejano
del pozo triste
que seco el verano.
Vengo a decirte
que tendrás caminos
hacia un nuevo destino.
Obras de regadío
para elevar al cielo
tu plantío.
Que tendrás semillas
en la parcela propia
y moderna escuela.
Que habrá pan en tu hogar,
que habrá lumbre en tu mente
y lumbre en tu fogón:
!lumbre sagrada y alta,
para atizar el fuego
de la revolución!
Bien sé que no me crees
Yo también tuve
una infancia signada
de dolorosas huellas;
una infancia sin escuela
ni juguetes
I también como tú,
aprendí el abecedario
en el canto mañanero de los
pájaros;
y bebí muchas veces,
el agua sucia de la cacimba
oscura;
del jagüey turbio
y del claro río
pregonero de estrellas.
Más,
yo me fui a la ciudad un día,
y tú quedaste doblada
sobre el surco,
esperando que amaneciera, acaso…
o no esperando nada
Por eso vuelvo,
mujer simple y callada:
a traerte mi lluvia de alegría
y una promesa cierta de alborada
en el remanso de mi poesía.
Cuando yo sea Hombre
Cuando yo sea hombre,
tendré una casa limpia
en cualquier lugar del mundo.
Una casa con su huerto…
I partiré la cosecha
con el hermano que pase.
tuviesen una casa con su huerto…!
Entonces,
no hubiera guerras, ni hambre,
ni pequeños descalzos
por el mundo.
Hay tierras que desde
el Norte hasta el Sur
son de un solo hombre.
I millares de hombres,
que desde Oriente a Occidente
no tienen ni un puñado de arena
para sembrar sus sueños.
Cuando yo sea hombre,
me uniré a todos los que luchan
por Tierra, Pan y Paz
para los hombres.
Canto a la Mujer del Pueblo
Mujer del pueblo:
!aquí estoy a tu lado
para darte mi canto de esperanza!
Yo sé que vienes,
de todas las injusticias
y todos los dolores de la vida.
I te sientes herida
de esperar en vano,
que el rosal floreciera
en el pantano.
Más,
¿cómo vas a tener sitio
para el aroma,
sí aún no tienes
pan,
ni techo que recoja
el azulado viento de la loma?
En vano has pedido
la plenitud radiante de una
estrella,
para seguir la huella
menudita del hijo.
I, ¿cómo quieres
poblar de lumbre la desierta vía,
si no has alcanzado todavía
un mísero candil
para tu puerta?
Yo sé que hay en tus manos
rudas y oscuras,
pulso de raíz
y fuerza de montaña;
yo sé que puedes
caminar por la tierra
como una cordillera
y levantar tu hijo hasta
el futuro,
con el canto del mar
en la garganta.
Yo sé que puedes eso
!y mucho más!
Pero el hambre,
la sombra
y el desolado viento del olvido
se llevaron la savia de tu vida.
Por eso,
aquí estoy a tu lado:
con tu grito en mi boca,
con tu herida de angustia
en mi costado
y tú anhelo de luz que me sofoca.
Aquí estoy,
para luchar contigo:
por tu techo,
tu pan
y tu alegría;
para velar el sueño
de tu hijo,
hasta que llegue el día.
Aquí estoy,
con mi cartilla nueva de horizontes;
mi libro de paisajes y caminos
que sustancia la luz de una
doctrina.
Mujer:
es la hora precisa,
de rescatar tu pan y tu sonrisa.
Del Rosal de Ayer
Tiempo de Aroma
Soy la mujer raíz:
vengo del tiempo
en la forma secreta
del aroma.
Soy palabra del viento
Sin idioma.
Soy clamor vegetal
que por el mundo,
descubrirá tu voz
de esfinge y sombra,
en el sueño ligero
de la alondra.
Presentí tantas veces
en mi sangre,
tus islas de corales
y tus besos;
que abandoné campiñas
y rosales,
para llamarte
por extraños mares
y en las rutas azules
de los vagos espacios
siderales.
Alguien dijo tu nombre
una mañana,
y no había más que el viento
en mi presencia.
Otro día,
mientras todo era lumbre
en el paisaje;
vi tu cuerpo
de fina transparencia,
en la breve comarca
de un celaje:
era contorno de jazmín
que huye,
e inusitado acento
de colina.
Por alcanzarte, Amor
alcé las manos a la luz
y solo,
la inmensa soledad
habitó en ellas…
Después,
mil veces te llamé
de tierra a cielo,
y el eco resonaba
en el vacío.
Sin embargo,
yo sé que estas unido
a mi destino;
y que algún día
la brisa del camino
me traerá tu nombre…
Yo sé que algún día,
el sueño llegará
cálido, excelso,
a mi espera de siglos
que reclama:
hombre de estrella
y de terrena llama.
Será de aroma
el tiempo para amarte
en el oro radiante
de los trigos;
en el vuelo sereno
de los pájaros,
y en la savia amorosa
de los higos.
I yo estaré en la luz
que el alba inicia:
en todo lo que es paz,
ternura y verso:
!para poblar tus manos
de caricias,
para llenar tu vida
de Universo!
Adiós
Aunque te diga !¡adiós! dejo contigo:
el canto de mi boca enamorada,
y el clamor de mi sangre, desatada,
hacia tu campo de dorado trigo.
Lejos de ti, ignoro si persigo
el gozo de una estrella rescatada;
o el dolor de una aldea abandonada
sin estación floral ni viento
amigo.
Buena o mala la ruta, !ya no importa!
Soñé tan honda la ventura corta,
que mi vida fue río desbordado.
Hoja al viento, velero sin destino:
Va ciego el corazón por el camino,
Y en un recodo, morirá cansado.
Retorno
No sé si volverás.
Pero te espero
con la misma alegría
de los arboles
que esperan a la lluvia.
Será una mansa tarde
de jazmines sonámbulos,
y nubes detenidas en el aire.
Ni un signo,
ni el aroma de una rosa
turbarán el momento
prodigioso.
Nunca supe que hubiera
un silencio más claro,
que este de adivinarte
las palabras,
el día que regreses.
!Oh, imagen del retorno:
dulce y profunda como el fruto,
que sube desde la raíz
hasta la rama,
por la fuerza secreta del milagro!
Quizás,
intentarás hablarme
de distancias remotas
y de sombras falaces
obstruyéndote el paso.
Un gesto mío,
y la inmensa ternura del
encuentro
suspendida en la brisa
para decirte apenas:
No sueñes,
porque nunca te has ido
de mi lado.
¿No ves el mismo parque
derramado de esencias,
y la canción redonda
de las hojas que caen?
La misma lluvia fina
olvidada en la hiedra,
por un ángel de espuma
que alentó mi esperanza?
Entonces,
me mirarás perplejo
o con la gran certeza,
de haber tenido un sueño
de barco que regresa.
Sin Palabras
Una noche
Yo tuve el Universo entre mis manos.
I fuiste mi verdad simplificada
en un trémulo río de caricias.
I nos amamos sin palabras
lo mismo que los árboles;
lo mismo que las nubes
que se encuentran
por el cielo infinito.
La sombra nos cubría…
I allá arriba,
mil estrellas sin nombres.
Comprendimos entonces
lo inútil del sonido:
la brisa,
la voz de los insectos,
el susurro tenaz de la espesura
y de todos los seres el latido.
Solamente la sangre
en nuestras venas
con su canto de pájaro embriagado;
solamente la gran voz del silencio
en júbilo de nardo rescatado.
Nuestra ternura iba
derramándose al viento sin fronteras,
con ese impulso
de las cosas pequeñas,
que sin crecer se elevan
como el ala.
Tú me besabas la risa
al sabernos desnudos de palabras.
I yo,
con la misma tibieza de una lágrima,
en la noche de marzo
poblé tu soledad de llamas altas.
!Ah, si fuera eterno,
ese dulce naufragio de palabras
que tanto nos acerca!
Pero algún día
las voces surgirán a medirnos
el tiempo,
a traernos el nombre
de un camino olvidado,
a llamarnos muy hondo
desde el propio silencio…
Si siempre fuera
este amor tan callado,
como esas nubes blancas
que pasan por el cielo
sin saber que han pasado.
Ruego
!No te vayas!
A través de los cristales
empañados,
te llamará el sendero,
y el agua dócil que lame
las raíces,
te pedirá que vuelvas.
Pero yo te suplico:
!Quédate a mi lado,
hasta que cese de caer
la lluvia,
y concluya la infancia
del jazmín.
Espera que el rocío
se evapore,
que la rosa sonámbula de frío
pierda su aroma;
que se apaguen
los trinos,
y mueran en la noche
los caminos.
!Quédate!
Yo inventaré una estrella
pequeñita,
para alumbrar
la inmensidad del ruego.
Quédate a mi lado,
simplemente,
!sin pensar en nada!
Como un niño pequeño
que desata,
su risa entre mis manos
de alborada.
I así:
espera que pasen soles
y tormentas;
que regresen los ríos
a sus cauces
y se mueran de sed
todos los mares…
Quédate para siempre
en la torre sonora
de mis versos;
hasta que Dios
resuma su Universo,
en el mundo secreto
de los dos.
Ausencia
Se fue el sueño fugaz y alucinante
tras la encendida carne de un lucero;
el sueño que tuviera prisionero
en el raro espejismo de un
instante.
!Cuánto luché por verlo aquí constante,
cerca del corazón: ¡fragante alero!
Pero agitó las alas y el sendero
palideció de ausencia, calcinante.
!Conmigo ya no estás ni estarás nunca!
El cielo sigue azul. La rosa trunca
y en delirio tenaz porque te pierdo.
Más, no importa que el astro arda lejano,
si en el agua lo alcanzo con mi mano
como tengo tu amor en mi recuerdo.
En Ritmo de Laurel, Jazmín i Llama
Canción de Primavera
Para Ana María Campos
Heroína del alba y de la rosa:
entre espadas y sangre,
Tu corazón de fuego en fuego arde.
¡Cómo pasa tu nombre por la historia,
en ritmo de jazmín, laurel y gloria.
Cómo te rompe el viento los cabellos
por llevarse un recuerdo de tu
frente!
¿De qué roble es tu sangre,
que viene caminando por el tiempo
hasta la azul mañana
de mi sangre callada y
transitoria?
¿De qué piedra tus manos,
y tu voz,
de qué mar sin orillas que aún repite:
“Si no capitula, monda”.
¡Ay, Morales:
tú te hundiste,
y en claveles de sangre, repetida,
cien veces va la voz de la heroína.
Cien veces va desde el aroma al sueño;
desde el látigo cruel
hasta la aurora de los niños que juegan
en los parques,
con mariposas breves
perdidas en el viento.
Cien veces que su voz parte del Lago
hasta las aguas rotas de Hiroshima
y Bikini.
Después fue en Corea.
-tierra del estrago-
que con voz de niña
cantó su amenaza sobre las cenizas.
¡Ay, Morales!
I quién sabe mañana,
por sobre cuántas islas destrozadas,
y sobre cuántos ojos soterrados
caminará su voz…
Heroína del viento y de la espiga:
vendrá un día de paz y de pan para los
hombres,
las piedras se harán blandas
para dormir la sombra,
nuevas rutas azules descubrirán
los pájaros;
no habrá monedas viejas
pudriéndose en los Bancos,
el humo de las fábricas
dibujará en las nubes
tus lejanos cabellos.
Habrá un temblor de ríos
nombrándote en las venas
al levantar la brisa las alas
de mi canto.
I vendrás en la tarde con el primer
lucero,
hasta el júbilo suelto
del Lago y cocotero.
Contemplarán tus ojos
los barcos en el puerto,
y extenderás las manos
sobre todas las cosas
olvidando que has muerto.
¡Oh, recia Ana María:
en esa tarde sola,
con la sola presencia de los pájaros,
del Lago y Primavera,
dialogará la brisa
con tu largo silencio
de mujer imprecisa.
¡Oh, suave Ana María:
la sombra de tu sombra
soñando en la bahía!
Antonio José de Sucre
El Héroe
El héroe era de fuego
como un sol que se inflama.
El héroe era de seda,
de carne y de jazmín.
Gallardo como un lirio
que a los vientos proclama:
¡sus pétalos de espada,
su cinto de frescura
y su cielo de añil!
El héroe era de sangre,
de tempestad y de gloria.
Era de miel y espuma,
de bronce y de laurel.
Su alma toda era
un canto de victoria,
una ofrenda viviente
a la patria doliente
y a la hermosa mujer.
Su alma toda era
un flamear de banderas;
y en las noches de insomnio
y de azules quimeras,
por su frente guerrera
se paseaba un clavel.
Pichincha
Yo vi pasar al héroe
con los ojos del tiempo:
por campos de magnolias,
por abruptos caminos,
en corceles de espumas
de sombra y de coral;
a conquistar la lumbre
de un astro peregrino,
los ojos de una hermosa
y la gloria inmortal.
Yo vi cómo fulgían
los luceros de mayo
en el alto de Pichincha,
y encendían la sangre
del joven Mariscal.
I fue su arrojo inmenso,
su estrategia fue un reto,
una campana viva
repicando en lo azul…
I, en el acerbo giro
del polvo en los senderos,
las huestes ya vencidas
del incauto enemigo,
-dispersas como alas
por un viento fatal-
caían y caían
ante el asombro inmenso,
de la nieve que viera
cual un albo testigo:
romperse mil espadas,
y morirse mil brazos,
y rodar muchas formas,
hasta la sombra espesa
de una noche total.
Ayacucho
Con los ojos del tiempo
yo vi pasar al héroe;
con su encendido ramo
de espadas fulgurantes,
su peto de bravura,
su brida y su broquel.
Cual panteras aladas
vi pasar los caballos,
rugiendo contra el viento
las crines azuzadas
por la aguerrida mano
del bravo General.
I los cascos volaban
sobre las piedras duras
y sobre los despojos
de aquel sitio infernal.
I las flores del campo
suspendían los ojos,
para ver más de cerca
al joven Mariscal.
¡Diciembre, era Diciembre
en la luz de Ayacucho,
suspendido en un sueño
de amor y libertad!
Fue la vibrante hazaña
que estremeció la entraña,
y resonó en el alma
de la patria querida
cual límpido cristal!
Fue el clarín de la gloria,
que retumbo en la selva
y en la América hispana
de un modo colosal.
¡Diciembre, era Diciembre
que mecía en sus brazos
un sol de libertad!
Berruecos
Berruecos fue la sombra
que cobijó su angustia,
y arcángeles de brisa
llorando ante su Abel.
Al filo de las hojas
la herida parecía:
una rosa bermeja
derramando en la tierra,
su esencia de virtudes,
su heroísmo y su amor.
Por la tristeza honda
de aquel rumor agreste,
y la raíz nutrida
con su sangre y su vida:
que venga de Berruecos
un aroma celeste,
a embriagarnos a todos
de plácida emoción.
Que venga, sí, en la copa
de alguna flor silvestre,
el rubí de su sangre
transformado en canción
¡Que venga de Berruecos
un pájaro que cante,
la inmarcesible gloria
de Sucre el inmortal;
que bata sobre el Lago
sus alas de diamante,
y en esta noche clara,
de evocación y gloria:
¡un astro en su pico
aquí deje caer!
I nuestros corazones
tendidos como alfombras:
reciban el mensaje
de paz y libertad;
como en aquel Diciembre
que se plasmó en la historia;
con símbolos eternos
de un eterno homenaje,
a la gloriosa gesta
del “Digno General”.
Poema al Cálculo
de Rafael Urdaneta
“No dejo nada más en el mundo
que una viuda y once hijos
en la peor miseria”.
I algo más, “brillante General”:
una piedra infinita,
como ninguna piedra de la tierra;
porque es piedra vigente
en nuestra historia,
que escuchaba en silencio
el rumor de tu sangre,
el trajín de tus huesos,
y la llama de tu carne
crepitando de heroísmo
en tus veinte batallas
victoriosas.
“Brillante General”:
tus triunfos y tus sueños,
tus rondeles de amor
y tus hazañas
vivirán con orgullo
en muchos libros
que la mano del tiempo romperá;
pero tu piedra augusta
estará para siempre
en el Museo,
custodiada en silencio
por la sombra
de Marte y de Belona.
I no será más valioso
a nuestra patria;
el brillante más fino,
o las piedras de Marte
y de la Luna,
que la piedra compañera
de tu cuerpo.
Piedra que fuera
Tu sombra y tu dolor:
con sabor de carne,
con rumor de sangre,
con fuego de héroe
y llanto de hombre
muy pobre y muy triste;
por dejar sin techo,
sin pan y sin lumbre,
a tu gran Dolores
y tus once hijos.
Romance de mi Tierra Clara
¡Maracaibo, Maracaibo,
tierra de sol y de miel:
en mis labios yo te traigo
un romance de pasión!
Déjame besar tu frente
de palmeras susurrantes,
déjame tocar tu veste
de brisa leda y fugaz.
¡Qué lindas tus zapatillas
de agua, de espuma y zafir;
zapatillas cantarinas
de las ondas al pasar!
¡Vamos de la mano, vamos,
nuestro joropo a bailar;
llévate el rumor del Lago
y la gracia del palmar!
¡Verás! con ese donaire
¿Quién te podrá aventajar?
¡Qué baile –dirán- qué baile,
la bailarina del sol!
Doquiera yo iré contigo
para contarles tu historia:
Alonso de Ojeda, altivo
conquistador español,
se enamoró de una india
piel canela, media noche
su pelo, en constante lidia
con la sombra del manglar.
El indio Mara y la Campos,
esa heroína sin par;
desnuda como los nardos,
con claveles en la espalda
sangrando a cada protesta.
¡Rompe el látigo su carne!
Más, ¿qué importa? ¡Sol de fiesta
finge un brillo de rubíes!
I los ojos del jumento,
van bebiéndose la pena,
del camino largo y recto
a la meta del suplicio.
I Rafael Urdaneta,
el gallardo Rafael,
héroe de tantas batallas,
alma de acero y de miel.
Tiene mi tierra de almendra,
un relámpago en la frente,
para alumbrar a los nautas
en las noches de tormenta.
Maracaibo, siempre clara,
con olor de madrugada;
enciende el sol cuando pasa
la llama de tus acacias.
Pero sin querer lo digo:
¡tienes herido el costado,
ay, Ziruma, muy adentro
me está doliendo tu grito!
Tu grito me está doliendo
Por el indio sin amparo,
¡que vuelva el Fray de las Casas
con su ternura de hermano!
Un nudo de aves marinas
estrangulan esa pena
sobre los barcos del puerto.
I siento que no me queda
para cantar tu belleza,
más que miel de la colmena
lírica del bardo de Udón.
¡Mi Zulia, tierra querida,
tierra de amor y de sol!
Del Huerto Inefable
Quiero Sembrar mi Corazón
Quiero sembrar mi corazón
a la orilla del barranco,
para que nazca una alegre
y florida enredadera.
Para que diga la gente
que pasaba indiferente:
¡qué bello luce el barranco
con su verde cabellera!
Quiero sembrar mi corazó
a la orilla del camino,
para que nazca una flauta
con la apariencia de un pino.
Para que abra en la tarde
un jazmín de resonancias.
Para que despierte el agua
dormida de los esteros,
y haga olvidar las distancias
a los cansados viajeros.
Quiero sembrar mi corazón
en el patio de la escuela,
para que nazca una mata
de esmeraldas y rubíes:
¡Verdes, verdes las ciruelas…
¡Rojas, rojas las ciruelas!
¡Esmeraldas y rubíes
en el patio de la escuela;
para que todos los niños
alcancen mi corazón,
y beban mi sangre viva
en el jugo agridulzón
de las redondas ciruelas!
Mi Infancia
Mi infancia fue una infancia
de caminos al Lago,
de veredas al campo,
a la paz de los días
y a las noches plateadas
por la magia lunar.
Mi infancia fue una orilla
de conchas nacaradas;
de menudos castillos
en la arena dorada,
que las olas borraban…
borraban al pasar.
Recuerdo que la brisa
subía por mis hombros,
y hurgaba en mis cabellos
con misterioso afán.
Tal vez era prendiendo
las luces del ensueño,
de ensueños que más tarde
se van sin retornar.
Yo conversaba entonces
con las piedras y el viento,
no sé de qué simplezas
que creía muy ciertas:
del barco en lontananza
de Simbad el Marino,
de las rosas despiertas,
de la estrella perdida
en el fondo del Lago,
de las hadas
y el búho que canta
en el palmar:
porque cuando uno es niño
todas las aves cantan,
todas las cosas ríen
y hay lobos en el mar.
Recuerdo las palmeras
cual ronda de gigantes,
meciéndose en un arco
de lumbre matinal…
Yo me empinaba toda
en un esfuerzo inútil,
y sus brazos alegres
jamás logré alcanzar.
Desgreñada y descalza
corría por las playas,
sin pensar que algún día
llegaría a crecer;
sin pensar que los duendes,
los magos y las hadas,
se alejan en silencio
cuando uno es mujer.
Vendedor de Helados
Tilín… tilín…
Bajo la gracia
de una nube mate,
helados de vainilla
y chocolate.
¡Qué cosa tan sencilla:
niño y miel
en el aire más cercano
y un canto de cigarra
entre las manos!
Parvada de muchachos
en la vía,
haciendo morisquetas
a la dama que pasa,
con ruidosos tacones
y rizada peluca
donde el sol se arrebuja
en breves tonos.
Más,
la escuela no abre todavía;
pues la linda maestra
con esmero retoca,
sus dedos claros
de lánguido jazmín.
I siembra en cada uña
media luna,
y un grano de rubí
que no retoña
al riego de su risa
carmesí.
Tilín… tilín…
Se va en la brisa,
de la joven maestra
la sonrisa
que abre la puerta y dice:
¡Buenos días, muchachos!
Pasen, pasen a prisa.
Abran todos
el libro de lenguaje.
Concluyan rapidito las tareas,
pues vendrán otros ojos
que las vean;
porque voy a casarme
y voy de viaje.
Todo pasa en un vuelo.
Una gota de miel
que cae al suelo,
es delicioso mar
para la hormiga.
Tilín… tilín…
En el ruedo fugaz
de la mañana,
se borra en la distancia
la campana.
Mis Manos
No sé si tengo en las manos
el corazón de la lluvia,
el aroma de una rosa
o la mirada de Dios.
Casi siento que en un vuelo
se van mis manos pequeñas,
por los lindes infinitos
de una infinita ilusión.
Quisiera tocar con ellas
todas las aves dormidas,
para el milagro del canto
en las gargantas sin luz.
¡Qué no se rompan mis manos
cuando en ellas nazca el día,
porque las siento más finas
que los cristales del río!
He de tenerlas muy puras
para jugar con los niños.
He de tenerlas muy altas
para el mensaje de Dios.
Al Pasar
¡Quien se hubiera quedado,
en aquella comarca
medio oculta
en la sombra de los pinos!
En aquella comarca,
donde el agua del río
transparenta las penas,
porque todas las gentes
son sencillas y buenas.
¡Ese mundo pequeño,
donde no llega la prensa
ni se ven los fusiles,
el petróleo, Corea, ni los muertos
por miles!
Quien se hubiera quedado
en aquella comarca,
donde el maíz de oro
su júbilo da al viento
en apretado coro.
Apenas rompe el aire
un vuelo de trupiales,
y el canto de los hombres
en los cañaverales.
¡Quien se hubiera quedado
como una simple hermana,
haciendo el pan de trigo
al lado de esa gente
que en mis cantos bendigo!
Pero soy una brizna
a quien la vida empuja.
I prosigo… prosigo
contra todas mis ansias,
hacia el torpe bullicio
de la ciudad insana.
Gracias
Estrella mía:
yo sé que estás lejana,
que nos separan mundos
y más mundos
pero Dios nos hermana.
Con serena constancia,
venciste lo imposible
y la distancia,
para darme el camino,
el paisaje y la risa;
para darle a mis sueños
transparencias de brisa,
una altitud de nube
y la gloria del trino.
Te quedaste vacía
por darme tu ternura,
y por darme tu lumbre
también quedaste
oscura.
¡Qué altiva y poderosa,
y por mí tan sumisa:
que renunciaste a todo
por una simple Rosa!
Hoy no tengo ya nada
que pedirle a la vida,
si fuiste en mi destino
la promesa cumplida.
¡Gracias, estrella mía,
gracias, mi estrella buena:
por hacerme la vida
tan grata y tan serena,
y por llenarme el alma
de tanta poesía!
¡Gracias,
mil veces gracias!
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