Tierra Herida / 1954

 






Tierra Herida

Cuentos

 

 Desalojo

 Al Dr. Jesús Mario Morilla

 El mestizo Rafael estaba como un sonámbulo frente al paisaje nocturno. La media luna, parecía hacer acrobacias en la punta de un pino que penetraba como rayón de tinta china en el fondo de la noche.

 Mañana me iré -decía-, quisiera irme ahora mismo, para no ver que detrás de mí se quedan las tupidas matas de algodón cargadas de capullos nuevos. Y el tablón de yuca, ¿quién arrancará de raíz las matas con la fuerza que lo hacía y lo hace todavía Rafael? -se preguntaba él mismo-. iY qué yucas tan gruesas y con tanto almidón, nomás que era tirarlas en la olla para que se abrieran solitas!

 Las plantitas de llantén estaban allí, arañando el cercado de alambres de púas, desde que al hijo del vecino, se le quitó Ia ceguera con la infusión de sus hojas. También tenía allí menta y otras especies, de las cuales en más de una ocasión había puesto a prueba sus propiedades medicinales.

 iAh, si no fuera porque se le habían reventado las correas a sus cotizas de cuero y no quería arriesgarse por la vereda cubierta de espinas bravas, se iría antes de que amaneciera. Todo esto lo pensaba Rafael mientras continuaba clavado en la tierra donde sus pies habían echado profundas raíces. Parecía un tronco partido por la mitad. A él también le habían partido su destino. Esta noche o tal vez mañana se iría como un paria a vagar por los caminos de la tierra.

 Dejaría toda su vida: patillas, yucas, y un pedazo de rancho donde apenas cabía su chinchorro, porque todos los días o cada vez que colgaba su machete y se acostaba a dormir la siesta, reventaban dos o tres hilos desteñidos del viejo chinchorro; pero con todo esto él era feliz, ¡muy feliz!

 No tenía nada. Sin embargo, vivía como embriagado y sentía una atracción extraña por la tierra aromada y pródiga. Si pudiera llevarse algo, arrancaría todos los árboles y se los llevaría sobre sus hombros; pero la gente pensaría que era un loco· porque Ilevaba una montaña verde sobre la cabeza.

 El mestizo Rafael permanecía inmóvil como una estatua; mas su mente giraba y giraba, sentía que un mundo nuevo se le estaba metiendo en ella. Él no quería irse, pero tendría que irse mañana. Sentía un violento impulso de ponerse en camino antes de que amaneciera; pero de nuevo pensó en las correas de sus cotizas ... y ahora ... sus pies estaban echando raíces y más raíces en la tierra.

 Esta noche se preguntaba mil cosas extrañas que nunca habían pasado por su mente: ¿por qué se fue para la ciudad su compadre Juan Molina? Parece mentira, pero se fué a educar el rudo y perverso muchacho que se la pasaba detrás de las vacas esperando que levantaran el rabo para espantarse las moscas verdes del monte y los zancudos; entonces les clavaba una tuna -en cuyo manejo estaba diestro- para verlas correr con la cola suspendida por la vereda polvorienta. Realmente, no lo comprendía, ¿cómo puede abandonarse la tierra por un hijo descabellado y torpe?

 El mestizo Rafael hizo un esfuerzo supremo para no pensar más. Con dificultad movió sus plantas y se adelantó en la oscuridad de la noche, y como un padre ante que acaricia los hijos antes de partir, empezó palpar todos los árboles, hasta las brusquitas pequeñas y sedosas hojas de tapaleche, se deslizaron por sus manos callosas y tristes.

 Si no fuera por las correas de sus cotizas se iría antes del alba. Quiso tenderse sobre la tierra como si ésta fuera una hembra desnuda y palpitante. Un sentimiento de respeto lo contuvo y sólo hundió sus manos, trémulas ahora, en un pequeño muro que el viento se empeñaba en disgregar. Le pareció que tocaba: un muslo suave de mujer. Instinto y pensamiento, se acoplaron en su mente como una extraña fuerza de atracción y repulsión. ¡Casi con violencia, retiró sus manos del muro que resbalaba lentamente con la brisa del amanecer!

 El alba venía rompiendo el cielo en el canto de los pájaros. Rafael, sorprendido, fué al rancho por su machete para abrir una trocha en el monte.

 Desde que oyó decir que el Gobierno fijaría límites, había dejado que el camino se cerrara para sentirse amparado por una muralla de empinados arbustos. Pero la comisión rural y los agentes del Gobierno llegaron hasta su rancho. Midieron, hablaron de linderos, desalojos y otras cosas que él no comprendió. Después le hicieron varias preguntas que contestó tartamudeando, y luego, se retiró a pensar sobre el tronco tendido a lo largo de la tierra, donde se sentaba todos los días para tomarse el café que él mismo preparaba.

 Los hombres del Gobierno le habían partido su destino… y ahora estaba bajo la vigilia de la última estrella en fuga. Él se hubiera marchado esa misma noche para no ver las cosas que dejaba atrás; pero ... las correas ... y sin cotizas no podía avanzar en la oscuridad de la noche. Con el machete fué rompiendo el monte; sin embargo, las primeras espinas se clavaron en sus plantas sucias y polvorientas. Él no las sintió. A trechos regulares, los claros rubíes de su sangre mestiza se engarzaban en el oro fugaz de la mañana.


El Río

 Al Dr. José Ortín Rodríguez

 iAh, esa perra miserable! Tantos esfuerzos para comprarle una muda de ropa, un baúl grande para que metiera sus trapos y una máquina de moler maíz. Hacía muchos meses que no se largaba a tomar ron con los otros peones de la hacienda por pasar con ella todas las noches en el rancho. El no sabía que tenía la desgracia que no había vuelto a mirar a otra mujer. Se bebía con los ojos cuando llegaba del río, descalza y con la ropa pegada al cuerpo por el agua. Ella le calentaba café sin mudarse, y él permanecía como hipnotizado viéndola ir y venir por todo el rancho.

 -Te vas a resfriar -le decía contra su voluntad.

 -¡Vaya! y se levantaba la falda para exprimirla, dejando al aire sus muslos firmes y brillantes.

 ¡Ah, perra miserable! Cuando los amigos le decían que se la iba a quitar el hijo del capataz no quería creerlo, hasta que un día los encontró ovillados en la sombra, sobre el camastro del cuartucho estrecho. Instintivamente buscó su machete para atravesarlos de un tajo, pero lo había dejado en el pajonal de la caballeriza.

 Inmediatamente fue a buscarlo, y ahora que lo tenía en las manos, sentía un temblor de cólera y de impotencia en todo el cuerpo, porque era el hijo del capataz y sabía que lo aplastarían como a un gusano en el matorral para que se lo comieran los zamuros. ¡Y todo por esa desvergonzá!

 Tenía que vengarse. Prepararía una celada después que pasaran unos meses para desvanecer toda clase de sospechas. El tiempo es terrible cuando se espera algo, pero el único recurso es esperar. Todas las noches soñaba con un diablo rojo que le ponía un puñal en las manos para que se vengara. Se reía burlonamente -y como él lo miraba impasible- afilaba la hoja en sus propios cuernos. Luego se arrancaba un pedazo y se lo tiraba en la frente, entonces despertaba al golpe

y se restregaba los ojos como para arrancarse la visión.

 Pasaban uno, dos, tres y más meses y el momento no llegaba. Cabizbajo o al parecer indiferente soportaba la burla de los compañeros, hasta se partía la lengua al mascarse las palabras para que no le salieran de la boca. Nadie veía un gesto de odio ni de dolor en su rostro. Parecía de piedra, Pero cuando cortaba la caña pasaba el machete despiadadamente con una furia morbosa, como si destrozara el cuerpo de la infiel. Y escupía y pateaba los indefensos trozos verdes, como si lo hiciera con el cuerpo de él. La savia blanca le parecía sangre, y reía entonces, estrepitosamente, como un

loco; pero el viento silbante que venía saltando sobre la cabellera espesa de la siembra, ahogaba su frenética carcajada entre los brazos implorantes del cañaveral, Y regresaba -al trapiche sin ser comprendido por sus compañeros.

 Pasaron otros meses, y el odio le crecía en el pecho como la plantación impulsada por las lluvias. Llegó un día obscuro y amenazante. Nubes espesas corrían por el cielo inválido de pájaros. Comenzaba la noche cuando empezó a sentirse un ruido sordo que venía como aplastando la selva. ¡El río! ¡El río! ¡Se desborda el río! gritaron los peones- Unos corrieron hacia las represas de piedras, otros partieron a ensillar las bestias. La confusión y el espanto reinaba por doquier.

Había llegado el momento de la venganza, la silueta de un hombre se deslizaba por lo más tupido del monte, bajo un pequeño encerado sobre el que trepidaba la lluvia; apenas si resplandecía en sus manos el filo de un machete a la luz de un lucero fugitivo. Varias veces levanel arma para cortar las ramas que le interrumpían el paso. A medida que el río crecía y la lluvia era más violenta, él se apresuraba más y más como si llevara dos
alas en los pies.

Jadeante, sudoroso, Con los ojos desorbitados, se acercó al rancho invadido por las aguas. Empujó furiosamente la delgada puerta de tablas para abalanzarse sobre los miserables y hacerlos picadillo. Desde el día en que los sorprendió ovillados en la sombra, el drama
angustioso le traumatizó la mente con una situación inalterable de los hechos. Y creyó hallarlos a los dos, pero el cobarde no había pensado en ella en la hora del peligro, Sola, desesperada, con una chiquitina recién nacida entre los brazos, estaba ella en el camastro del cuarto.

El o estaba adentro, los objetos flotaban sobre la superficie de las aguas, y afuera, la lluvia seguía cayendo torrencialmente. Él le miró los ojos llenos de fiebre y de espanto. Y después de posarlos sobre la chica, dejó caer el machete. Luego levantó a ambas en sus brazos, y protegidos por el encerado, avanzó hacia afuera desafiando la lluvia.

Sin sentir las espinas ni los bejucos que le agarraban los pies entre el lodo, llegó hasta la meseta más alta del contorno. Y allí al lado de una pared semiderruida, dejó a la mujer y a la criatura bajo el encerado.

 El agua seguía cayendo ruidosamente. Calado hasta los huesos, regresó hasta la margen del río, buscó la curva donde el ruido era más atronador y, suavemente se dobló sobre las violentas aguas que, indiferentes lo arrastraron como si fuera una hoja más de la tupida selva.

 

¡Al Diablo la Gramática de Bello!

Al Dr. Clemente Pereda.

 ¡Qué demonio de criatura! Me sublevaba todo el grado de la escuela por cualquier nimiedad. Se mascaba los lápices, gritaba a todo pulmón que la historia está llena de patrañas; pues no era cierto que los compañeros de Colón tuviesen miedo y quisieran devolverse, puesto que todos los españoles han sido valientes y amigos de las peores aventuras. Además, -agregaba muy campante- tantos para uno, se hubieran regresado, ¿no es dad, señorita Rosa?

¡Oh, oh, oh! -y mi respuesta, de ese modo, se quedaba en el aire.

Si les decía a mis alumnas que Bolívar bailaba bien y era galante con las mujeres, a Julia -que tal se Ilamaba la chica y que era demasiado espigada para sus catorce años- le fulguraban los ojos y lo aprobaba con

entusiasmo; pero si me limitaba a sus hazañas de guerrero, me gritaba punzante como un alfiler:

-¡Papá dice que todos los hombres tienen vicios!

-¡Por Dios, Julia! no hable de los vicios de nadie, piense en su mala ortografía.

Julia para vengarse, en cualquier descuido mío, me dibujaba en el pizarrón con orejas de burro; sin embargo, ella me quería, yo sé que su intención no era compararme a los animales, desgraciadamente, la tiza se le iba demasiado lejos y… Pero a mí me agradaba, porque tenía oportunidad de estudiar sus facultades para el dibujo. En términos pedagógicos: yo me había convertido en su "centro de interés". Además, muchos psicólogos aseguran que la rebeldía es la única puerta de salida en determinados temperamentos, y tengo la seguridad que los maestros de corazón como la Montessori, Decroly y otros más próximos en el tiempo y el espacio como el Profesor Clemente Pereda, tampoco se hubieran disgustado.

El día que Julia no iba a la escuela la cosa era diferente; el ambiente era apacible, desaparecían como por encanto los apodos, los "salta pericos" y las bolitas de papel en el aire. Pero yo las prefería a todas revoltosas y atolondradas como ella.

-Julia, has faltado tres días, ya los exámenes están aquí y tu ortografía no mejora. Escribes queso, quilla y otras palabras sin "u". Además, no usas la "h" para nada.

-No señorita, si no suenan yo no las uso. i Qué va! Inventar reglas que no sirven me parece un disparate.

-Pero niña, la gramática de Bello y...

¡Qué se vayan al diablo -me interrumpió al momento- las gramáticas de todos los Bellos, de todos los feos y de todos los académicos del mundo!

Y diciendo esto, rompió la gramática que tenía encima del pupitre en cuatro pedazos y los tiró por sobre todas las cabezas contra la pared del frente.

La verdad es que, yo no tuve tiempo de reaccionar; casi al mismo instante que los pedazos de libro, ella había volado de su asiento para abrazarme. Otra vez me sentí débil ante la endiablada criatura y sólo atiné a reprocharle suavemente:

-¡Qué dirían los Andrade, esa familia de esforzados institutores a quienes tanto debe la juventud zuliana, si te oyesen proferir tales palabras!

-¿Qué dirían? -repuso reflexiva- que a mi edad, seguramente estarían de acuerdo conmigo.

-Entonces, cuando pasen unos años -le dije en tono amigable- tú estarás de acuerdo con ellos.

-¡No, no no! -repetía- mientras volvía a su asiento, dándole a su no el son de una canción de moda.

Al fin llegó el examen, la noche siguiente yo no pude ganar el sueño. Lloré amargamente: a Julia la habían "quebrado" en la prueba escrita. Después vino a despedirse, y a pesar de mi consejo no quiso repetir.

Pasó un año. Un día me dijeron que ella había hecho una solicitud de empleo; pero al probarla para un sencillo trabajo de oficina, el jefe respondió que no podía colocarla -a pesar de su buena letra- por la abundancia de errores.

Pasó otro año.

La escuela seguía su curso normal. El sol de junio brillaba sobre las hojas de los árboles. Estábamos en el recreo, de repente, sentí que alguien a mi espalda cubrióme los ojos con ambas manos, rompiendo el aire con una ruidosa carcajada.

-¡Oh, Julia, si eres tú! -le dije cuando me di cuenta que era ella- ¡cuánto me alegro!

-¡Más alegre estoy yo! Figúrese que estoy enamorada de un periodista. Él está en el interior de la República preparando unos reportajes sobre ganadería y otras cuestiones. Bueno, y es el caso que me escribió, y corno supongo que los periodistas son gentes que saben mucha ortografía porque escriben para todo el mundo, no quiero que se ría de mis disparates, y vengo para que me corrija la cartica que voy a enviarle.

-Bien, Julia, -le dije cuando hube terminado- ya está tu cartita corregida. Y ¿te convences de que sí hace falta la ortografía?

-No. La ortografía no, Señorita. Es el amor lo que hace falta. i El amor! ¡Adiós! i Es el amor!

El eco de su locuaz despedida se fue enredando en la copa de los árboles mientras yo me quedé pensando: si ella supiese que un hombre tan eminente como Bernard Shaw, luchaba del otro lado del mundo por quitarle Ia hojarasca al alfabeto; con seguridad, me hubiera pintado en el pizarrón con las descomunales orejas de un animal antediluviano.

 

Destino

Al Dr. Jesús Enrique Lossada

 Rancho y camino, eran una protesta amarga en el paraje atormentado de sed. El viento que corría de norte a sur, arrancaba de vez en cuando largas y negras pajas a la techumbre vieja del rancho; las que ascendían dispersándose en la altura para luego caer sobre los frailejones desamparados y escuetos, que aún vivían pegados a la tierra por un milagro de Dios.

Una paja, dos pajas, cien pajas largas del techo habíanse enredado en la copa de los secos frailejones. El viento sin lograr desprenderlas, empujábalas hacia arriba o en posición horizontal como agujas de acero. Diríase, que una melena de impaciencia crecía en sus copas desnudas, dándoles un aspecto salvaje y acusador.

Pedro José, en el marco carcomido de la puerta del rancho que daba acceso al patio, recordaba la figura pálida y temblorosa del viejo, que alzando su mano arrugada y huesosa casi a la altura de la siembra verde, y ondulante díjole:

-Hijo, éste es tu patrimonio, cinco hectáreas de terreno. Con esta pinta de tierra podéis vivir toda la vida sin que los nietos se mueran de hambre.

A filo de esperanza, el eco de estas palabras fué a perderse más allá del maizal apretado y espeso, que en alarde de promesa, hendía el aire con sus hojas puntiagudas. iCómo recordaba aquel tiempo! Parecíale ver al viejo destruyendo los rastrojos para evitar la plaga en los cultivos. Casi por manía pasaba el arado por un mismo lugar infinidad de veces, amontonando luego las plantas inútiles y recién tronchadas. Aun cuando no hubiese un solo palmo de tierra sin cuidado, por manía, también, cambiaba constantemente los montoncitos de hierba seca. Curvado sobre el almácigo, distribuía semillas en surcos paralelos de diez o doce milímetros de profundidad. Sólo entraba al rancho en horas de comida, ¡quién iba a decir que habían pasado diez años desde entonces! Diez años que el viejo señalando la siembra verde y ondulante había confiado su testamento al viento afilado y discreto de aquella mañana lejana; cayendo luego, para no levantarse más, sobre el duro y frío suelo del rancho.

La tierra, en trance de sed, formaba remolinos de polvo detrás del seco pajona1. El sol caldeaba la atmósfera y azotaba el monte incoloro con látigos de fuego; pero él, lejos del presente y la cruda realidad, recordaba la siembra verde cual copa de esmeralda, donde las nubes derramaban la ternura de su alma errante. Su mujer, feúcha y delgada; pero de suave y transparente voz, díjole desde un rincón obscuro del rancho:

-Mira, parece que a Pedrito le ha bajao la calentura con la toma caliente y el baño.

Fué como si despertara bruscamente. Sintió otra vez el contacto de la garra invisible que constantemente trataba de arrastrarlo lejos de allí... hacia allá ... hacia otro destino. El hambre y la sed, habían abierto un camino que se tiraba desde su alma hasta la ciudad y que él muchas veces pretendió transitar; pero su mujer era como una prolongación de la tierra, siempre encontraba razones contundentes para hacerla desistir.

-Cuando esté bien -respondió con voz lejana y vacía- nos iremos a otra parte. Dicen que en las Compañías Petroleras están haciendo un nuevo enganche de hombres.

-Vos te queréis ir en lo mejor del tiempo. También dicen que el Gobierno piensa abrir unos pozos por estos laos, y no debemos abandonar esta tierra que tanto te recomendó el viejo antes de morir.

Sintió que el camino conquistador se ensanchaba dentro de él, y que Ilenaba e iluminaba su alma como una vía láctea. Por eso, con tono tranquilo y positivo respondió:

-La tierra no sabe ni siente nada cuando los hombres piensan. Ella siente cuando los hombres hacen. Y esta tierra se ha vuelto estéril de tanto esperar. Ni una pepilla de nada es capaz de nacer aquí. Cada día se hace más improductiva esta franja de arena miserable que ni por la vida de nuestros hijos quieres abandonar.

Punzante de inclemencia pasaba el tiempo, el viento con sus tentáculos invisibles dejaba claros en el techo del rancho, en tanto que aumentaba la melena salvaje de los secos frailejones.

Gotas de sol caían calladamente sobre la curva aborigen de la hamaca de Pedrito, la cual sosteníase en seis clavos largos, tres de cada lado, que a modo de alcayatas, hundíanse hasta la mitad en la pared groseramente embutida.

Pedro José, después de amontonar un poco de leña en el patio entró al rancho, rodó hasta el centro de la pieza una mesa desvencijada que tenía el privilegio de ser la única; acomodó sobre ella un cajón de guardar cacharros y dióse a la tarea de tapizar los claros del techo 'con pedazos de hojalata.

Trabajaba con impaciencia; pues Marcela su mujer, hacía dos horas que había salido en compañía de sus otros dos hijos mayores a buscar agua en el jagüey de la vieja Pancha.

iCuántas cosas extrañas pasaban por su mente mientras trabajaba para evitar la invasión del sol. La miseria lamía su alma como una llama devoradora, en tanto que la garra' invisible lo arrastraba lejos ... lejos de allí.

¡Ah, si pudiera irse con Pedrito por el camino que se tiraba desde su alma hasta la ciudad! Marcela quedaría allí. Nadie lograría arrancarla. Era como un terrón obscuro de la hondonada arisca que sólo se levantaría -reseco por la sed-, en nubes de polvillo fino para posarse sobre los troncos desnudos de los árboles. El la dijo un día: Marcela, vos sólo te iréis lejos cuando un "río de agua" de esos que dicen que hay debajo de la tierra, arrastre el polvo de tus huesos a los confines del mundo.

Se iría ahora mismo. Sí, pero… no, no era posible abandonar sus otros dos hijos! Además, él habíale dicho muchas veces a su mujer: Con vos, pan y agua; ¡pero siempre juntos! Sentíase como una fiera enjaulada, cercada su propia voluntad por los barrotes de la impotencia.

Concluía casi su trabajo cuando sintió gritos y risas que rompían el silencio del camino blanco. El grupo se acercaba y los chiquillos se divertían azotando con la varilla que era útil complemento de la lata a cuanto animalucho atravesaba la extensión desnuda y calcinante.

Marcela entró jadeante, con el rostro encendido y salpicado de sudor. Colocar la lata en el suelo y sentarse sobre ella fué todo uno. Pedro José, como si la carga de sus ideas fuese mayor y más pesada esperó un rato para preguntar:

-y qué, ¿no hay agua?

-Sí, hasta la mitá traje la lata; la Pancha me dijo que el jagüey estaba seco, y me dió esa poca de la que ella tiene adentro.

-¿Seco? -interrogó él- como si en el alma se le hubiese reventado el hilo de su última esperanza.

-Sí, mirá los muchachos pasaron hasta allá y dicen que todo es barro y agua sucia. Esto dijo, señalando a los muchachos que empezaron a golpear con la varilla los pedazos de hojalata recién puestos en el techo. El miró los pies cubiertos de limo y barro hasta la rodilla y dijo con voz donde pesaba un siglo de desesperación:

-Moriremos de mengua si no abandonamos esta tierra maldita.

-Ya lo he dicho, vos siempre te queréis ir en la mejor del tiempo. La vieja Pancha dice que el almanaque reza lluvias pal mes entrante.

-¿Lluvias? Allá en las Compañías no tendríamos que esperar que el almanaque rezara lluvias. Las casitas que dan a los trabajadores son blancas, limpias y con agua en abundancia:

-Sí, pero cualquier día te tiran pa fuera y entonces quedamos en el aire.

-A nadie tiran a la calle sin verdadero motivo. Los que despiden es porque no cumplen con su deber. Al hijo del compadre que trabajaba allá manejando un camión de transporte, le dieron orden de pago porque se emborrachaba todos los sábados y los domingos. El lunes llegaba tarde y...

-A otros, -interrumpió Marcela- también los han... No concluyó la frase, porque Pedrito empezó a lloriquear en la hamaca e incontinenti se paró a atenderlo.

Punzante de inclemencia pasaba el tiempo sobre la penuria del rancho, que era ya, como una herida obscura en el vientre desnudo de la tierra. Ondas de fuego subían de la hondonada seca dándole al contorno un sello de eterna lasitud.

Lunes ... marte ... viernes...; repetía mentalmente Marcela, como acechando el vasto horizonte de su alma el anuncio de una próxima realidad. Quizás, el almanaque esté equivocado -pensaba-, para no perder el último vestigio de esperanza.

La noche con extraño sortilegio, amasó todas las estrellas para formar el alba que invasora, disparaba saetas de lumbre tierna sobre la negra techumbre del rancho. Marcela salió a preparar el café; pero retrocedió unos pasos y restregóse los párpados como si no fuese realidad lo que veía. De nuevo penetró en el rancho y con gran alborozo despertó a todos. No era ilusión ni fiebre de sed como en veces solía decir Pedro José; no era espejismo, la realidad ofuscante y ebria le saturaba el alma como un soplo de vida.

-Mira allá -dijo una vez fuera del rancho-, y con el brazo extendido hacia el horizonte parecía un símbolo de esperanza, surgido de la esperanza misma de la tierra.

Todos miraron hacia el Oriente. Una gran mancha gris extendíase lentamente sobre el horizonte. iQué espectáculo! Todos parecían contemplar la apoteosis soñada de un conjuro maravilloso.

-Mirá como sube- repetía Marcela, y el nubarrón cada vez más espeso, crecía como noche. Parecía la boca inmensa de un abismo que amenazara tragarse el cristal intangible de los cielos.

Sin tiempo que perder, Marcela y los chiquillos, colocaron debajo del alar las pocas ollas y cacharros que en el rancho había. No se encontraba sitio para un pocillo pequeño.

-Botaremos la primera agua porque saldrá muy sucia -decía Marcela con inusitado regocijo-.

Prolongado y ronco, un trueno ensordecedor fragmentó el silencio de la mañana imprecisa. Efluvios de tierra recién mojada, llegaban en la red del viento desde la extensión lejana.

-Parece que ha llovía ya por los montes de arriba -dijo Marcela-, aspirando el aire embriagante y sutil.

Pedro José cargaba leña para el rancho, y de vez en cuando, como si todo fuese una obsesión trashumante y lejana, deteníase en el patio para contemplar el nubarrón espeso que se alargaba como una cordillera cubierta de noche y llena de presagios.

Un viento frío desatóse repentinamente galopando casi con furia sobre el rancho y los árboles secos, que crujían enloquecidos de sed. Rumor de tormenta ... aullidos del viento ... y otra vez, un trueno prolongado y sordo rodó en la extensión lejana; mientras frías gotas de agua empezaron caer humedeciendo la tierra. Las latas del techo, al golpe de la lluvia que arreciaba, producían un ruido intenso y alegre.

Los chiquillos, desnudos y con las espaldas brillantes, saltaban y gritaban bajo la lluvia que disminuía a medida que calmaba el viento. La mañana gris y densa, fué quedando desnuda y radiante como el primer día de sol sobre la tierra. A ratos, una y otra gota resbalaban de las pajas negras del techo.

-¡Tanta esperanza pa tres deos de agua sucia! -dijo Pedro José en tono volcado de amargura.

-Marcela, -continuó diciendo- mañana nos iremos. Mañana nos iremos -repitió- como si dijese algo distinto.

Marcela callaba ... callaba profundamente. Se iría como una paja indefensa del rancho llevada por el viento. Desde entonces no osó protestar. Hizo un lío con la poca ropa que poseían. Recogió los enseres más útiles de cocina y los apartó con el lío de trapos viejos que iba a llevarse a un rincón. Movíase automáticamente, y encerrada en su mutismo sintió pasar toda la noche. ¡No era posible dormir, ella era una prolongación de la tierra y la iban a arrancar de allí! ¡Pobre alma! hecha de viento, sol y arena, que como los frailejones atormentados de sed, nutríase de esperanza.

La mañana era de vidrio, y a través de ella, Pedro José conducía el grupo por el camino que se tiraba desde su alma hasta la ciudad. Marcela miró hacia atrás ... hacia el rancho recién abandonado que en la lejanía, parecía una interrogación de angustia bajo el cielo claro y brutalmente luminoso.

El tiempo pasaba pleno de bonanza. ¡Afán, alegría, inquietud...! eso era la vida bajo el matiz dorado del cielo. El orden inalterable de las casitas blancas con sus techos rojizos, prendían en el alma y en los ojos, un ensueño lejano de pesebre.

De los taladros y las máquinas, los obreros regresaban cansados y sudorosos; pero el cielo era azul y una onda de luz misteriosa bañaba de esperanza la vida de los hombres. Un día, Pedro José, agitado y nervioso entró a su casa. Depositó sobre la mesa un paquete de papeles y pidió ropa limpia a su mujer. Ella, un tanto alarmada, preguntó señalando los papeles:

-¿Qué es eso?

-jApresúrate Marcela. No hay tiempo que perder, eso es un manifiesto de huelga!

-¿Y qué es eso de huelga?

-Es una explosión de hambre contenida. Es una lucha pasiva por el aumento de salario y el mejoramiento de nuestros hijos. ¡Es un grito amargo y callado que reclama justicia...!

-Y, ¿vos también estáis zampáo en eso? -preguntó ella en su propio caló.

-SÍ, todos los obreros somos una sola fuerza... nadie quedará afuera; porque luchamos por razones que a todos nos atañen de igual modo.

Marcela quedó pasmada de oír tantas cosas nuevas. Corrían diversos rumores, los obreros formaban pequeños grupos y conversaban animadamente. Todo el mundo estaba en expectativa de algo... de algo insólito, y la ciudad entera era una conmoción general y extraña.

Pedro José enteraba a Marcela de cuanto ocurría en el Sindicato.

-Veinte delegados han llegado de diferentes sitios a apoyar la huelga, y en estos momentos se espera otra delegación. ¡Triunfaremos Marcela!; pero hay que tener paciencia, porque este camino no se anda en un solo día.

El pueblo nunca se mostró tan generoso ni más comprensivo que en este movimiento de lucha económico-social. ¡Cartas, telegramas de adhesión, ayuda monetaria y provisiones de boca!, llegaban continuamente de diferentes puntos para los obreros en huelga; pero el tiempo pasaba lento y pesado, y un aire de impaciente hostilidad empezaba a surcar el ánimo de. los huelguistas.

,-¿Cómo marchan las cosas? - preguntó Marcela un día.

-Lo mismo-respondió Pedro José tirando la colilla del cigarro a un lado, la lista de los rompehuelgas va en aumento. Hoy desertaron de nuestras filas tres obreros más:

-¿Y qué necesidá tienen pa ser rompe-huelgas?

-Dicen que lo hacen acosados por el llanto de siete o diez chiquillos hambrientos. ¡Son unos cobardes, no comprenden todo el valor de nuestra lucha! Dejaré que se lleven nuestros hijos antes de ser rompe-huelga. Marcela estuvo a punto de decir: ¡No, morirán de hambre con nosotros! pero la palabra rompe-huelga fué pronunciada con tanto desprecio que no se atrevió a protestar.

A fin de proporcionar resistencia a los huelguistas, desde Caracas y Maracaibo, pedían que trasladasen los hijos de los obreros a los lugares mencionados; pero Marcela consideraba eso un crimen y ella prefería verlos morir de hambre a su lado.

-¡No, -repetía mentalmente- no los dejaré llevar! Pedro José, nunca llegó a comprender en otro tiempo por qué su mujer tenía razón; pero ya había evolucionado lo suficiente, y hoy comprendía que las razones de orden sentimental son razones que muchas veces resultan de primer orden. Por eso, una noche impenetrable y larga, rompió el candado de una pulpería y robó unos panes para aplacar el hambre de sus hijos. Desde esa noche faltaba a las conferencias del Sindicato... pero no estaba en la lista de los rompe-huelgas.

La huelga había cesado y quince días después, Pedro José salía de la 'prisión. Con abrazos de entusiasmo y frases cordiales lo recibieron sus compañeros de lucha que esperaban afuera.

Marcela lejos del grupo lloraba de alegría. El fué hacia ella y en viéndola llorar díjola:

-¿Por qué esas lágrimas, acaso no están con nosotros nuestros hijos?

-Sí, pero vos sabéis ... allá en el rancho no hubiera sucedido esto. Allá estábamos hambrientos y desnudos, pero siempre juntos. ¡Volvamos al rancho, te lo ruego por el alma del viejo!

-j No, Marcela ... yo nunca te hablé de un camino que se tiraba desde mi alma porque quería mostrarte el punto de destino cuando estuviéramos cerca; pues bien, ¡allí está! -dijo señalando al grupo de obreros que charlaban y reían. ¿Comprendes ahora? ¡no podemos regresar; porque al Iado de estos hombres está nuestro destino que también será el destino de nuestros hijos!

Y con el brazo extendido hacia ellos, parecía un símbolo de conquista surgido del camino que iluminaba su alma como una vía láctea.

 

Rosalinda

A Edilia María de Bavaresco,

Hace tiempo, una amiga me insinuó que escribiese un Diario. ¿Un Diario yo? -así con mayúscula-. Yo, una muchacha sin aventuras, que jamás he subido a un quinto piso, que no conozco un cometa y que ni siquiera he salido fuera de Venezuela… No, no puede ser. Y después de todo, ¿qué diría?

Todas estas cosas las estaba pensando en mi cuarto de estudio, donde escribo para ustedes lo que sale en esta página (1). Cuando el calor me fatiga y las ideas no fluyen fácilmente, echo tijera a buena cuenta. Y una mañana de meses pasados, estaba delante de una montaña de revistas, buscando aquí y rebuscando allá trozos de literatura para salir del apuro. Bueno, ¿para qué seguir? ya ustedes imaginarán cómo es la cuestión... Las cuatro mechas -porque no tengo una abundante ni espléndida cabellera- me las había recogido en la coronilla con una peineta sin dientes. Sudaba a mares, mutilaba revistas y protestaba de mi cabeza sin ideas ni para saber lo que piensan las moscas.

En ese momento, un muchachito tocó la ventana y me entregó un sobre. Mas, como los escritores vivimos hartos de cartas de todas las especies y de las más diversas procedencias, la puse en una esquina del escritorio hasta que se me ocurriese leerla. Pero en ese volver y revolver de revistas, la carta también iba para allá encima de una y volvía encima de otras. Al fin, de tanto ir y venir me fijo en el sobre que decía:

PARA ROSALINDA.

iQué conmoción, qué romántico, qué ingenio: ¡escribir Rosalinda en vez de Rosa Virginia! Voy a vaciarme toda antes de que me arrepienta. Toda mi serenidad la perdí, era una bella carta de amor escrita en papel rosa. Para no ser tan indiscreta sólo transcribiré el final que decía así:

…"Sí, Rosalinda, la he visto muchas veces en el patio de su casa debajo de la mata de parcha, ¡escribiendo… escribiendo siempre! Deseo hablar con usted el próximo martes. La espero en la plaza Urdaneta, en el mismo sitio donde habló el Dr. Rafael Caldera. Necesito confesarle que la adoro ciegamente. ¿La esperaré en vano? Si no acude a la cita antes de las ocho en punto de la noche, lo interpretaré como una negativa rotunda; y entonces, ¿para qué vivir? y sólo le pido una oración por el descanso eterno de mi alma".

De paso les diré que la firma no interesa. iDios mío! lo interesante es el aprieto de ser yo el móvil de un suicidio. Me sentía anonadada. Parecía que un ciclón me hubiese pasado por la cabeza desorganizándome todas las ideas. Hasta la peineta sin dientes me pesaba en la coronilla, y ésa fué la única vez que me alegré de tener pocos cabellos. En mi confuso estado de ánimo sólo vislumbraba dos caminos: ir y decirle que lo quería con una torneada de ojos y posiblemente casarnos por allí cerca o, no ir y dejar que el pobre pasara a mejor vida. Con más cuidado volví a leer la carta; "debajo de la parcha ..." fué como si tropezara con una piedra. ¿Qué disparate es éste? -me dije- en mi patio no hay parcha sino un frondoso mamón. ¡Diantres! nada tiene de particular que un hombre enamorado vea los mamones del tamaño de una naranja y, una muchacha fea puede parecerle bonita, de allí, sin duda, lo de Rosalinda. Quise justificar las cosas a mi modo; pero eso de la cita para el martes -por lo de no te cases, ni te embarques ni te mudes para otra parte- y el sitio donde habló el Dr. Caldera, me parecieron cosas de muy mal agüero.

No, no iré. Se desató en mí una feroz lucha interna. ¡Sí iré, no iré! Mi infeliz cabeza era una taraba dominada por vientos contrarios. Desde ese día fui una esclava del almanaque. Faltan cuatro días, tres, dos, uno... Esta noche antes de las ocho. Esa tarde no pasé bocado. Después de pensar que quizás fuera apuesto, generoso y con un poco de tierra en el corazón, porque me gustan los hombres que amen las montañas, las colinas, los ríos; me empecé a vestir con una resolución que me maravillaba. Cuando estuve tan acicalada como la hormiguita del libro primario, me paré en el portón de mi casa a esperar vehículo. ¡Santo Dios! después de tanto valor me entró una crisis de miedo al acordarme de la muchacha que me pidió escribiese el diario de mi vida. No. ¡Mil veces no! Yo no quiero ser una mujer de aventuras. ¡Vaya, qué fruslería! escribir para que los otros se impongan tan tontamente de la vida de uno. Miré por última vez el reloj, como si de allí dependiera mi decisión final. ¡Horror! Faltaban treinta minutos para las ocho. i Pobres psicólogos, ¿qué saben ellos con todo el pesado fardo de su ciencia de estas tribulaciones del espíritu? Cerré los ojos para no ver pasar el tiempo ni los vehículos. Sin duda, allá arriba, la mano de Dios iba regando estrellas mientras la sombra ceñía la tierra y yo permanecía en el mismo sitio. Cuando los abrí de nuevo eran las diez de la noche. Seguiré siendo la misma, sin aventuras ni nada. ¡De chiripa sé lo que es viajar en avión, y eso porque una agrupación femenina me costeó los gastos! Ahora, adivino la pregunta de muchos: ¿se suicidaría? Pues yo tampoco lo sé, en esos días se declararon en huelga los obreros de este diario "Panorama". Quizás, por allá, en cualquier parte, apareció un hombre con un tiro en la sien y una cartita apretada contra el pecho para Rosalinda. iAy, se me escapa un suspiro de alivio! Me alegro de que no hubiese periódicos en esos días. Si al abrir sus páginas me hubiera encontrado con "un suicidio por amor en pleno siglo XX", a esta fecha, ¡sería la persona más infeliz de la tierra...! i Ah! Y para que el caso no se repita, he mandado a cortar la mata de mamón.

(1) Publicado en ''PANORAMA''

 

La Maestrita Negra

A Dn. Ely Saúl Rodríguez.

 La negrita casi no comía ni dormía, porque flotaba en nuestro ambiente de transición política como una mari-

posa nocturna. Con la esperanza agazapada en su alma y un paisaje distante en los ojos, desambulaba por las calles, y mezclaba a las voces del tumulto su cálido acento de selva.

La negrita discutía problemas feministas, llevaba acuerdos a los diarios y se estremecía con la palabra vibrante de los "líderes". Se la consideraba presuntuosa, y las miradas se detenían plenas de malicia en los tirabuzones de su pelo cuando decía que era taquígrafa y hablaba inglés. Lo cierto es que, los "líderes" nunca pensaron en una secretaria de color ni las asociaciones de obreros dieron otro matiz al trajín sedentario de su vida.

Era necesario equilibrar el desenvolvimiento político de la Nación, y con la frase de "calma y cordura" empezó el éxodo de la pobre negrita. La conciencia de los hombres íbase tornando pasiva pero sólida; y en vez del discurso callejero y agitador, el pueblo organizaba Universidades Populares y consultaba en los Códigos el principio de sus derechos ciudadanos.

Una noche cualquiera se aproximó a una ventana y vio a sus compañeros de lucha, leyendo alrededor de una mesa larga. Sus rostros estaban fatigados por la ruda tarea del día; pero entre ellos y el libro se extendía algo: ¡era Venezuela que se empinaba como un puente firme, y por él transitaba el presente hacia la meta del futuro en la conciencia de sus hijos! La negrita alejóse con el alma aturdida de soledad; pues comprendió que el trajín adormecía la tortura punzante de su estrechez económica.

Un día entero permaneció encerrada en su cuartucho para remendar sus pocos trapos que ya gritaban la protesta del harapo. Después volvieron las negativas a mellarle la esperanza. Las ofertas se desvanecían al tropezar con su piel negra y los tirabuzones de su pelo, en tanto que el desamparo la iba estrechando como un círculo de llamas que amenazara trepar por las hendiduras de sus zapatos descosidos.

Creíase verdaderamente desilusionada cuando un inspector inteligente depositó en sus manos el nombramiento salvador. ¡Sintió fiebre en sus manos, era algo insólito! ¡Viajar casi doscientos kilómetros para llegar a la casita de impreciso perfil escolar, significaba alejarse de la garra espectral del hambre que oprimía su estómago!

Mientras los hombres del barco que la conducía a su destino hablaban del precio de las frutas y cosas similares; ella soñaba con una Escuela Cívico-Rural, y construía mentalmente las oraciones del sencillo discurso que pronunciaría para impresionar de la mejor manera a los habitantes del lugar.

Después, ¡cómo recordaba aquella mañana que tuvo el coraje de enfrentarse a las miradas maliciosas de los grandes y al cuchicheo travieso de los muchachos tiznados y descalzos! jPobre maestrita negra! tocóle la región más díscola de Venezuela; donde las burlas y las palabras feas atraviesan el alma como espinas salvajes.

Sin embargo, ella habló con tanto entusiasmo, que sus palabras saltaban suaves y blancas como la espuma sobre la aspereza de aquellas mentes rudas. En términos sencillos explicó que el patio de la Escuela sería convertido en un pequeño campo de experimentación agrícola; y para demostrarlo prácticamente, abrió surcos en la tierra y arrojó semillas que los niños regaron después.

La maestrita negra se daba toda en el ejercicio de su apostolado sublime; y la escuelita que ella solía llamar "mi Escuela Cívico-Rural", crecía en espíritu de Iibertad y de justicia a la sombra de los verdes platanales, que los alumnos cuidaban con el convencimiento de que su fruto aporta al organismo humano más sustancias alimenticias que el mejor pan de trigo.

En pleno contacto con la naturaleza dictaba las clases de botánica. Y al finalizar, escribía el lema de la semana en el pizarrón que improvisadamente fijaba en el tronco de algún árbol. El sol filtrábase en hilachas doradas por las verdes hojas que rajaba el viento, y peso punteaba en el alma de los niños con sus hilos de fuego, la sentencia pura y blanca de Ia maestra negra: ¡Con la esperanza en la tierra y la conciencia en los libros, Venezuela marcha hacia un futuro mejor!

Y la escuela crecía... a pesar de las voces de protesta que el viento de la inclemencia arrojaba como agua turbia en su siembra de ideas:

-Señorita, mi muchacho no tiene ropa limpia ni libros, y la situación tan mala con esta guerra encima.

La maestrita amontonaba números y organizaba estadísticas con febril impaciencia. El promedio de asistencia mensual era como un intrincado laberinto que la asustaba con su escaso total.

-Señorita, borre a mi hijo porque lo voy a concertar.

-Señorita, Juan no viene porque no hay desayuno en la casa.

y los ecos venían del verde platanal, de la quebrada ondulante y de las piedras del río. i Qué atropello de voces tenía en el alma la maestrita negra!

Hay que activar la siembra-dijo en sesión plenaria ante los padres de familia-, tenemos que convertir cada palmo de tierra en un campo de defensa. Tenemos que evitar el bloqueo económico. Las verdes y agudas espadas del maizal alerta, no dejarán que el fantasma de la guerra avance hasta las puertas de nuestros ranchos.

El sol tiraba la sombra del verde platanal sobre lo rostros atentos, y la maestrita hablaba rápidamente, casi con pasión, como si temiese perder tiempo en las breves pausas de su arenga. Entre tanto, las abejas zumbadoras recortaban su cálido acento de jungla y describían círculos misteriosos sobre los tirabuzones de su pelo.

Ella era una fuerza propulsora, y su Escuela era algo viviente que penetraba en las chozas y en las plantaciones vecinas. ¡Tenemos que sembrar! Hombres, mujeres y niños, partieron con la consigna en los labios hacia los surcos de la tierra.

El olor de la tierra húmeda era un canto de esperanza, y por encima de los cercados, los copos verdes y ebrio de savia nueva, desafiaban el fantasma de la guerra con sus brazos abiertos de promesas.

-Señorita, dicen que los Estados Unidos también están en guerra.

-Señorita, dicen que la guerra viene por el Atlántico.

-Señorita, dice la gente que la guerra está ya en el Golfo de Maracaibo.

-Sí, pero mire usted, nuestros campos están verdes y próximos al milagro de cuajar los frutos.

La maestrita negra se llenaba de valor para hacerles olvidar la terrible palabra de guerra. Pero las voces venían del río, de la siembra mecida por el viento y de los ranchos abiertos y limpios como el día.

Y el fantasma llegó para la maestrita negra. Ella no supo por cuál lado llegó; pero estaba allí en el oficio ministerial de palabras concisas electrizándole las manos. Una fiebre intensa subió por sus venas y la echó un nudo de angustia en la garganta.

La maestrita negra no tuvo valor para informar a sus alumnos que la Escuela Cívico-Rural había sido eliminada. Fué para lo único que no tuvo valor en su vida; pero en el pizarrón dejó la última sentencia; la sentencia blanca que fulguraría eternamente en el alma de sus alumnos:

"¡Niño: por cada semilla que siembres, la tierra devolverá con creces tu generosa acción… ¡Y serás libre, porque tierra muerta forma Naciones esclavas!"

Después, ¡pobre maestrita negra! volvió a deslizarse por nuestras calles cual un manchón de noche, con un atropello de voces que a doscientos kilómetros de distancia aún le alcanzaban el alma:

-Señorita, mi muchacho no tiene ropa limpia ...

-¡Señorita, Juan no tiene desayuno…!

 

El Fantasma

Al Dr. Octavio Andrade Delgado

 Pues sí, yo no creía en historietas de duendes y aparecidos; pero como en los campos hay tan pocas cosas que hacer, pensé que los rumores aquellos del viejo Anselmo eran un colorido que los chismosos querían darle al profundo letargo de aquel caserío. Y emparejando con las pequeñas cercas de curarire y alambre de púa fuime hasta el rancho del viejo, que él mismo construyó con un poco de mezclote y pedazos de hojalata.

No perderé mucho tiempo en la descripción de su casucha salpicada de chimó. Un catre viejo en el rincón que hacía de cuarto, un baúl destartalado en otro, donde cantaba de vez en cuando un grillo, y nada más fuera de sus cacharros donde preparaba el bocado de comida. ¡Ah! y él con su rara figura: alto, flaco y ligero, con un solo diente arriba, sus orejas acartonadas y su camisa color de tierra, que por los extremos solía recoger en un nudo sobre la pretina del pantalón limpio y remendado.

Sin saber cómo empezar, me pareció que lo mejor era lanzarle cualquier pregunta de sopetón, y como hurgando en las cosas íntimas de su vida, le dije:

-¡Caramba, es tan difícil creer que usted cambiara la vida plena del mar por esta de la tierra! Si yo fuera marino me agradaría que hasta me enterraran en el mar, entre dos montañitas de olas espumosas.

-Criatura, usted no sube 10 que dice. Cuando la tempestad ruge y la noche se traga los barcos y las estrellas del cielo, entonces, nos llama la tierra, y nos obsesiona un rancho de cuatro estacas mal forradas debajo de un cují. Y caminando hacia el baúl, extrajo de éste una zapatilla de raso blanco que ya el tiempo había trocado en color de perla. Era de una muchacha que él logró salvar en un naufragio. Y como tuvo todo el hechizo de una singular aventura, guardó aquella diminuta zapatilla para mostrarla como un trofeo a cuantos refería la historia. Desde entonces sentí gran admiración por el viejo, lo empecé a llamar "don" Anselmo y a visitarlo diariamente.

y don Anselmo llegó a ser para mí como el libro maravilloso de las Mil y Una Noches. No quedó un solo rincón de su espíritu que no me descubriera, ni una anécdota picaresca o maliciosa que no me refiriera. Con un poco de nostalgia me dijo cierto día:

-La juventud mía se quedó en el mar. El mar es un ladrón. Por eso prefiero la tierra, aun cuando me vea perseguido constantemente y no posea más que las cuatro matas achicharradas del patio.

-Y ¿quién lo persigue, don Anselmo? En este pobre caserío solo hay un comisario que se compadece hasta del diablo, y un puñado de vecinos incapaces de matar a una hormiga.

-Me persigue un fantasma -interrumpió- Es frío, borroso o sin formas definidas. Marcha siempre a mi lado, a toda prisa, como para alcanzarme. A mi lado va y viene al jagüey mudo y helado como la muerte.

-Dígame, don Anselmo ¿es alto o bajo?

-Ni me pregunte, a veces me parece tan alto y de saltos tan largos, que llega primero que yo a cualquier parte, y o tras veces, me parece tan pequeño que... Y el viejo lobo de mar, presa de un profundo terror, se tragó el resto de las palabras.

-Ármese de valor y le pregunta, quizás tenga un tesoro que quiera dejarle.

-Niña, no sea usted tan ingenua. Un tesoro diera yo para que me dejara en paz. Venga con la anochecida para que lo vea y no hable más de valor. De noche, cuando crujen las ramas secas de los árboles y el viento gime en la puerta, creo que es él quien llama, y hasta se me ocurre abrirle; pero el frío y el miedo me paralizan totalmente. Sólo puedo moverme cuando el sol está alto, en la copa de los árboles.

-Y don Anselmo, agrandando los ojos casi desiertos de pestañas, 'los clava con pertinaz empeño en el rincón oscuro de la choza. Creí que el fantasma comenzaba a condensarse, a surgir de la penumbra y, sin más ni menos, me despedí a toda prisa y me alejé corriendo.

Yo volví al rancho cuando un día la fatal noticia se extendió por todo el caserío. Don Anselmo se iba aniquilando lentamente, ya no comía ni dormía. La noche era espléndida y la luna brillaba majestuosamente en el cielo. Obligado por la sed, fué al jagüey a traer un cántaro de agua. Tuvo la precaución de meterse el sombrero hasta los ojos y armarse de un palo grueso. Sabía el camino de memoria, y ya se aproximaba al agua brillante y apenas rizada por la brisa de la noche, cuando sin poder resistir la curiosidad se levantó el sombrero.

i Oh, terror! Allí estaba el fantasma: largo, vago y helado. Ambos trataron de agredirse al mismo tiempo; pero era enorme, jamás le pareció tan grande y tan siniestro como esa noche. Entonces en el colmo de la desesperación, acorralado y sin poder avanzar, porque el frío paralizaba sus piernas, se llevó las manos a los ojos y se los arrancó. Dos ríos de sangre Fluyeron de su rostro gritos inmensos de dolor, taladraron la noche hasta el amanecer; pero tenía en sus manos aquellos ojos donde estaba el fantasma prisionero para siempre.

Cuando el médico llegó todo estaba en silencio. Dos leguas de polvo y altos matorrales no eran poca cosa para salvar una vida; pero ya era tarde, y cuando hubo escuchado el impresionante relato de labios de los vecinos, dijo desde lo alto de su caballo a manera de despedida: ipobre loco, lo mató su sombra!

 

María Luz

A Dn. Ramón Villasmil.

 Las Misiones Rurales partían por los caminos inéditos de Venezuela 'para llevarle a los hombres de tierra adentro, el Nuevo Programa de Reorganización Agraria.

José de la Cruz, levantó sus manos rudas de la gleba para recibir el Programa de letras grandes y negras.

Aún cuando el Gobierno se hubiese empeñado en redactarlo clara y sencillamente, José de la Cruz deletreó veinte veces seguidas, para poder interpretar a cabalidad, el verdadero sentido del papel que tenía en sus manos.

"PROTECCION y ESTIMULO A LOS HOMBRES DEL CAMPO" iAh, eso era lo que él necesitaba: ¡una pequeña granja en cualquier tajo saliente de la tierra! Pero eso de "firmar contra los con el Gobierno" le rasguñaba su malicia campesina Doce días, treinta días, y ya el Programa se estaba poniendo amarillo en el bolsillo de su charnarro azul de caqui.

Aquel papel doblado infinidad de veces que al fin se sabía de memoria, se le había metido como una astilla encendida en su mente y corazón. Tanto afiló su esperanza y tantas vueltas dio a su propósito, que resolvió "firmar contrato con el Gobierno". Estaban convencido de que un hombre solo puede vivir errante o a la sombra de cualquier cercado; pero cuando se tiene mujer, las cosas hay que pensarlas de otro modo, todas estas reflexiones, echaron a un lado los resquemores de su arisca mansedumbre; y se encaminó, con pasos nerviosos, a quitarse la astilla que le quemaba el corazón.

Aún estaba aturdido, aquellos términos jurídicos tan extraños para él como el latín, y su firma disparatada, no podían convencerlo de tanta y tan bella realidad.

Como si despertara de un sueño, tomó posesión de la preciosa granja que habría de pagar a largos plazos; y loco de alegría, recorrió las piezas claras, pequeñas y limpias.

Su mujer que lo seguía a corta distancia, se santiguaba a cada paso, porque no creía que el Gobierno fuera capaz de entregar una finca tan bonita a cambio de un poco de voluntad y trabajo por el progreso de la nación, según decía el Programa.

José de la Cruz palpaba y daba vuelta a todo, ¡era increíble! su mujer compartía su regocijo y empezaba a planear sus actividades del día siguiente cuando tocaron la puerta.

-¡Adelante!

-Amigo, -dijo el hombre que había traspuesto el umbral de la puerta- vengo a decide que soy su vecino, y que estoy a la orden en lo que pueda servirles mientras llegan Ios técnicos del servicio agrícola y las demostradoras del hogar campesino para darle instrucciones a fin de que maneje bien la cosa.

-Ajá -respondieron a un mismo tiempo los dos, como si soñaran.

Y el recién llegado, contra la luz viva y cálida de la mañana, quiso despedirse; pero Ia buena intención de sus pasos, se enredó en la mirada verde y profunda de María Luz. Al fin, como si tuviera los pies hundidos entre barro, hizo un movimiento brusco y repitió:

--Estoy a la orden, mi granja es aquélla. Y partió hacia el lugar donde había señalado.

Llegaron los técnicos del Ministerio de Agricultura y Cría 'analizaron minuciosamente la tierra húmeda que ~'a trascendía a esperanza, dieron amplias instrucciones referente a los nuevos métodos de cultivo, hablaron de las enfermedades y plagas que diezman los sembrados, le entregaron un paquete de materias tóxicas para los insectos, folletos con ilustraciones en colores para impresionar el ánimo de los agricultores y, un equipo nuevo y sencillo para los trabajos de labranza.

Después llegaron las demostradoras del hogar campesino; alegres, bulliciosas y parlanchinas. Empezaron a mover todos los trastos de un lugar a otro. Con varios desperdicios traídos al efecto, pusieron en práctica sus conocimientos de economía doméstica. María Luz las dejaba hacer como alelada. Todo estaba sufriendo una metamorfosis singular. Decoraron las paredes con cuadritos plenos de motivos criollos, elaborados con la cubierta brillante que cubren los chocolatines. Fijaron un: almanaque en la pared con la imagen de San Isidro Labrador; y luego, con breve y concisa charla sobre higiene, pusieron punto final a la jornada de ese día.

Cuando el alba empezó a desparramarse por los montículos de la granja, José de la Cruz se encaminó a preparar la tierra que había constituido el sueño de toda su vida. Arregló el semillero con la convicción del hombre que contribuye al engrandecimiento de Venezuela. A él no le importaba que el terreno fuera rico en potasa según dijeron los técnicos; pensaba que todo podía suplirse con la voluntad que hoy le reventaba en las venas como semillas de triunfo.

Y la plantación surgió: verde, airosa y desafiante. Veinte veces fue a la granja vecina, la granja que el hombre señaló, recortado por la luz de la mañana.

-¿Compadre, tiene Ud. por ahí un rastrillo que me preste?

Y más de veinte veces, vino el hombre de la granja a ayudar a J osé de la Cruz en el laboreo de la tierra. María Luz les llevaba café, saludaba y desaparecía de nuevo por la siembra tupida y alta. El hombre levantaba su sombrero de cogollo, más para mirarla, que para contestarle el saludo; y se iba por sus ojos verdes hasta la selva cálida de su cuerpo.

El Ministerio de Agricultura y Cría no dejaba de estimular a José de la Cruz. Por la simetría y exuberancia de su tala, se había dado cuenta de que era capaz de detener una aplanadora con la fuerza de su voluntad, y por ello, se le comunicaba constantemente, que él iba casi de puntero en el récord ministerial,

-María, -solía decirle satisfecho- pronto tendremos la granja libre. Con un empujoncito más y todo esto será propio.

María miraba la extensión verde y luego buscaba el rostro curtido de su compañero para dejarle la miel de sus labios glotones.

José de la Cruz advirtió que cerca de los baches estaba creciendo la hierba, y se fue muy temprano, pala y rastrillo al hombro hacia ese lugar de la tierra.

No tardó en venir en su ayuda el vecino de la granja. Toda Ia mañana la pasaron cortando la invasión de la hierba. Dos veces María Luz pasó con las tacitas llenas de café negro, Eran ya cerca de las doce cuando escuchó un fuerte y prolongado grito que venía del lugar donde trabajaban Ios hombres. Ella corrió al encuentro de aquel grito fatal, y encontró a José de la Cruz desmayado en los brazos de su compañero.

-¡Qué horror! -exclamó ella en el colmo de la desesperación. Cerca del tobillo estaban los dos puntos rojos donde había mordido la víbora. Todos los recursos fueron inútiles, el pequeño círculo morado cobró tanta extensión que cuando el curandero llegó dijo que el veneno había subido al cerebro.

El velorio fué sencillo, un solo llanto de mujer rayaba la obscuridad espesa de 'la noche. Se vaciaron tres botellas de ron, se repartió café y varias tortas de casabe fresco. El hombre de la granja vecina se mostró afligido y hasta parece que una lágrima furtiva se escapó de sus ojos.

Después, la calma de los días cayó corno un bálsamo sobre el corazón de María Luz. A pesar de todo, la cosecha de su granja no se perdió. El vecino había redoblado su atención y ayuda para que no se perdiera la siembra. Ella le manifestó un día que pensaba abandonar Ia granja para reunirse con sus familiares; y aún cuando se asfixiaba entre tanta soledad, él tuvo el poder suficiente para hacerla desistir.

Pasaron varios meses. Una tarde se encontraron en la vereda que unía las dos granjas, ella iba a consultarle un nuevo plan de trabajo que había recibido del Ministerio cuando él venía. Era de tarde, si, y la primavera se anunciaba ya en la fragancia del ramaje. Había un matiz dorado en la copa de Ios árboles. Reinaba un estremecimiento de alas en la fronda. Nunca se habían sentido tan solos y tan cerca como en la plenitud de aquel crepúsculo. j Hora divina, hora de ensueño, penumbra y raso; ¡hora en que se acoplan todos los seres en el Universo!

Una llama misteriosa precipitaba sus cuerpos en un dilatamiento de ternura infinita. María Luz -le dijo aprísionándola por el talle- en Ia selva verde de tus ojos también se asoma esta tarde la primavera del amor. Yo te quiero locamente desde que te conocí, y por quererte tanto, cerré los ojos cuando la víbora se acercaba… era de terciopelo como tus brazos... yo no grité ni hice nada por aplastaría ... yo sólo pensé en ti, en todo el campo verde que estaba lleno de tus ojos ... yo… yo no lo maté; ¡pero tampoco lo salvé!

Ante el crepúsculo ya desvanecido, él bajó la voz para pedirle perdón; pero ella se separó violentamente de sus brazos y se perdió… ¡en la senda borrada por la sombra y en la eternidad de las cosas que no regresan!        


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