Tierra Herida / 1954
Tierra Herida
Cuentos Desalojo
Al Dr. Jesús Mario Morilla
El Río
y se restregaba los ojos como para arrancarse la
visión.
loco; pero el viento silbante que venía saltando
sobre la cabellera espesa de la siembra, ahogaba su frenética carcajada entre
los brazos implorantes del cañaveral, Y regresaba -al trapiche sin ser comprendido
por sus compañeros.
Había
llegado el momento de la venganza, la silueta de un hombre se deslizaba por lo más tupido del monte, bajo un pequeño encerado sobre el que trepidaba la lluvia; apenas si resplandecía en sus manos el filo de un machete a la luz de un lucero fugitivo. Varias veces levantó el arma para cortar las ramas que le interrumpían el paso. A medida que el río crecía y la lluvia era más violenta, él se apresuraba más y más como si llevara dos
alas en los pies.
Jadeante, sudoroso, Con los ojos desorbitados, se acercó al rancho invadido por las aguas. Empujó furiosamente la delgada puerta de tablas para abalanzarse sobre los miserables y hacerlos picadillo. Desde el día en que los sorprendió ovillados en la sombra, el drama
angustioso le traumatizó la mente con una situación inalterable de los hechos. Y creyó hallarlos a los dos, pero el cobarde no había pensado en ella en la hora del peligro, Sola, desesperada, con una chiquitina recién nacida entre los brazos, estaba ella en el camastro del cuarto.
El río estaba adentro, los objetos flotaban sobre la superficie de las aguas, y afuera, la lluvia seguía cayendo torrencialmente. Él le miró los ojos llenos de fiebre y de espanto. Y después de posarlos sobre la chica, dejó caer el machete. Luego levantó a ambas en sus brazos, y protegidos por el encerado, avanzó hacia afuera desafiando la lluvia.
Sin sentir las espinas ni los bejucos que le agarraban los pies entre el lodo, llegó hasta la meseta más alta del contorno. Y allí al lado de
una pared semiderruida, dejó a la mujer y a la criatura bajo el encerado.
¡Al Diablo la Gramática de Bello!
Al Dr. Clemente Pereda.
¡Oh, oh, oh! -y mi respuesta,
de ese modo, se quedaba en el aire.
Si les decía a mis alumnas que
Bolívar bailaba bien y era galante con las mujeres, a Julia -que tal se Ilamaba
la chica y que era demasiado espigada para sus catorce años- le fulguraban los
ojos y lo aprobaba con
entusiasmo; pero si me limitaba
a sus hazañas de guerrero, me gritaba punzante como un alfiler:
-¡Papá dice que todos los
hombres tienen vicios!
-¡Por Dios, Julia! no hable de
los vicios de nadie, piense en su mala ortografía.
Julia para vengarse, en
cualquier descuido mío, me dibujaba en el pizarrón con orejas de burro; sin embargo,
ella me quería, yo sé que su intención no era compararme a los animales,
desgraciadamente, la tiza se le iba demasiado lejos y… Pero a mí me agradaba,
porque tenía oportunidad de estudiar sus facultades para el dibujo. En términos
pedagógicos: yo me había convertido en su "centro de interés".
Además, muchos psicólogos aseguran que la rebeldía es la única puerta de salida
en determinados temperamentos, y tengo la seguridad que los maestros de corazón
como la Montessori, Decroly y otros más próximos en el tiempo y el espacio como
el Profesor Clemente Pereda, tampoco se hubieran disgustado.
El día que Julia no iba a la
escuela la cosa era diferente; el ambiente era apacible, desaparecían como por
encanto los apodos, los "salta pericos" y las bolitas de papel en el
aire. Pero yo las prefería a todas revoltosas y atolondradas como ella.
-Julia, has faltado tres días,
ya los exámenes están aquí y tu ortografía no mejora. Escribes queso, quilla y
otras palabras sin "u". Además, no usas la "h" para nada.
-No señorita, si no suenan yo
no las uso. i Qué va! Inventar reglas que no sirven me parece un disparate.
-Pero niña, la gramática de
Bello y...
¡Qué se vayan al diablo -me
interrumpió al momento- las gramáticas de todos los Bellos, de todos los feos y
de todos los académicos del mundo!
Y diciendo esto, rompió la
gramática que tenía encima del pupitre en cuatro pedazos y los tiró por sobre
todas las cabezas contra la pared del frente.
La verdad es que, yo no tuve
tiempo de reaccionar; casi al mismo instante que los pedazos de libro, ella
había volado de su asiento para abrazarme. Otra vez me sentí débil ante la
endiablada criatura y sólo atiné a reprocharle suavemente:
-¡Qué dirían los Andrade, esa
familia de esforzados institutores a quienes tanto debe la juventud zuliana, si
te oyesen proferir tales palabras!
-¿Qué dirían? -repuso
reflexiva- que a mi edad, seguramente estarían de acuerdo conmigo.
-Entonces, cuando pasen unos
años -le dije en tono amigable- tú estarás de acuerdo con ellos.
-¡No, no no! -repetía- mientras
volvía a su asiento, dándole a su no el son de una canción de moda.
Al fin llegó el examen, la
noche siguiente yo no pude ganar el sueño. Lloré amargamente: a Julia la habían
"quebrado" en la prueba escrita. Después vino a despedirse, y a pesar
de mi consejo no quiso repetir.
Pasó un año. Un día me dijeron
que ella había hecho una solicitud de empleo; pero al probarla para un sencillo
trabajo de oficina, el jefe respondió que no podía colocarla -a pesar de su
buena letra- por la abundancia de errores.
Pasó otro año.
La escuela seguía su curso
normal. El sol de junio brillaba sobre las hojas de los árboles. Estábamos en
el recreo, de repente, sentí que alguien a mi espalda cubrióme los ojos con
ambas manos, rompiendo el aire con una ruidosa carcajada.
-¡Oh, Julia, si eres tú! -le
dije cuando me di cuenta que era ella- ¡cuánto me alegro!
-¡Más alegre estoy yo! Figúrese
que estoy enamorada de un periodista. Él está en el interior de la República
preparando unos reportajes sobre ganadería y otras cuestiones. Bueno, y es el
caso que me escribió, y corno supongo que los periodistas son gentes que saben
mucha ortografía porque escriben para todo el mundo, no quiero que se ría de
mis disparates, y vengo para que me corrija la cartica que voy a enviarle.
-Bien, Julia, -le dije cuando
hube terminado- ya está tu cartita corregida. Y ¿te convences de que sí hace
falta la ortografía?
-No. La ortografía no,
Señorita. Es el amor lo que hace falta. i El amor! ¡Adiós! i Es el amor!
El eco de su locuaz despedida
se fue enredando en la copa de los árboles mientras yo me quedé pensando: si
ella supiese que un hombre tan eminente como Bernard Shaw, luchaba del otro
lado del mundo por quitarle Ia hojarasca al alfabeto; con seguridad, me hubiera
pintado en el pizarrón con las descomunales orejas de un animal antediluviano.
Destino
Al Dr. Jesús Enrique Lossada
Rancho y camino, eran una protesta amarga en el paraje atormentado de sed. El viento que corría de norte a sur, arrancaba de vez en cuando largas y negras pajas a la techumbre vieja del rancho; las que ascendían dispersándose en la altura para luego caer sobre los frailejones desamparados y escuetos, que aún vivían pegados a la tierra por un milagro de Dios.
Una paja, dos pajas, cien pajas
largas del techo habíanse enredado en la copa de los secos frailejones. El viento
sin lograr desprenderlas, empujábalas hacia arriba o en posición horizontal
como agujas de acero. Diríase, que una melena de impaciencia crecía en sus copas
desnudas, dándoles un aspecto salvaje y acusador.
Pedro José, en el marco
carcomido de la puerta del rancho que daba acceso al patio, recordaba la figura
pálida y temblorosa del viejo, que alzando su mano arrugada y huesosa casi a la
altura de la siembra verde, y ondulante díjole:
-Hijo, éste es tu patrimonio,
cinco hectáreas de terreno. Con esta pinta de tierra podéis vivir toda la vida sin
que los nietos se mueran de hambre.
A filo de esperanza, el eco de
estas palabras fué a perderse más allá del maizal apretado y espeso, que en alarde
de promesa, hendía el aire con sus hojas puntiagudas. iCómo recordaba aquel
tiempo! Parecíale ver al viejo destruyendo los rastrojos para evitar la plaga
en los cultivos. Casi por manía pasaba el arado por un mismo lugar infinidad de
veces, amontonando luego las plantas inútiles y recién tronchadas. Aun cuando
no hubiese un solo palmo de tierra sin cuidado, por manía, también, cambiaba
constantemente los montoncitos de hierba seca. Curvado sobre el almácigo,
distribuía semillas en surcos paralelos de diez o doce milímetros de
profundidad. Sólo entraba al rancho en horas de comida, ¡quién iba a decir que
habían pasado diez años desde entonces! Diez años que el viejo señalando la
siembra verde y ondulante había confiado su testamento al viento afilado y
discreto de aquella mañana lejana; cayendo luego, para no levantarse más, sobre
el duro y frío suelo del rancho.
La tierra, en trance de sed,
formaba remolinos de polvo detrás del seco pajona1. El sol caldeaba la
atmósfera y azotaba el monte incoloro con látigos de fuego; pero él, lejos del
presente y la cruda realidad, recordaba la siembra verde cual copa de
esmeralda, donde las nubes derramaban la ternura de su alma errante. Su mujer,
feúcha y delgada; pero de suave y transparente voz, díjole desde un rincón
obscuro del rancho:
-Mira, parece que a Pedrito le
ha bajao la calentura con la toma caliente y el baño.
Fué como si despertara
bruscamente. Sintió otra vez el contacto de la garra invisible que
constantemente trataba de arrastrarlo lejos de allí... hacia allá ... hacia
otro destino. El hambre y la sed, habían abierto un camino que se tiraba desde
su alma hasta la ciudad y que él muchas veces pretendió transitar; pero su
mujer era como una prolongación de la tierra, siempre encontraba razones
contundentes para hacerla desistir.
-Cuando esté bien -respondió
con voz lejana y vacía- nos iremos a otra parte. Dicen que en las Compañías Petroleras
están haciendo un nuevo enganche de hombres.
-Vos te queréis ir en lo mejor
del tiempo. También dicen que el Gobierno piensa abrir unos pozos por estos
laos, y no debemos abandonar esta tierra que tanto te recomendó el viejo antes
de morir.
Sintió que el camino
conquistador se ensanchaba dentro de él, y que Ilenaba e iluminaba su alma como
una vía láctea. Por eso, con tono tranquilo y positivo respondió:
-La tierra no sabe ni siente
nada cuando los hombres piensan. Ella siente cuando los hombres hacen. Y esta
tierra se ha vuelto estéril de tanto esperar. Ni una pepilla de nada es capaz
de nacer aquí. Cada día se hace más improductiva esta franja de arena miserable
que ni por la vida de nuestros hijos quieres abandonar.
Punzante de inclemencia pasaba
el tiempo, el viento con sus tentáculos invisibles dejaba claros en el techo
del rancho, en tanto que aumentaba la melena salvaje de los secos frailejones.
Gotas de sol caían calladamente
sobre la curva aborigen de la hamaca de Pedrito, la cual sosteníase en seis
clavos largos, tres de cada lado, que a modo de alcayatas, hundíanse hasta la
mitad en la pared groseramente embutida.
Pedro José, después de
amontonar un poco de leña en el patio entró al rancho, rodó hasta el centro de
la pieza una mesa desvencijada que tenía el privilegio de ser la única; acomodó
sobre ella un cajón de guardar cacharros y dióse a la tarea de tapizar los
claros del techo 'con pedazos de hojalata.
Trabajaba con impaciencia; pues
Marcela su mujer, hacía dos horas que había salido en compañía de sus otros dos
hijos mayores a buscar agua en el jagüey de la vieja Pancha.
iCuántas cosas extrañas pasaban
por su mente mientras trabajaba para evitar la invasión del sol. La miseria
lamía su alma como una llama devoradora, en tanto que la garra' invisible lo
arrastraba lejos ... lejos de allí.
¡Ah, si pudiera irse con
Pedrito por el camino que se tiraba desde su alma hasta la ciudad! Marcela
quedaría allí. Nadie lograría arrancarla. Era como un terrón obscuro de la
hondonada arisca que sólo se levantaría -reseco por la sed-, en nubes de
polvillo fino para posarse sobre los troncos desnudos de los árboles. El la
dijo un día: Marcela, vos sólo te iréis lejos cuando un "río de agua"
de esos que dicen que hay debajo de la tierra, arrastre el polvo de tus huesos
a los confines del mundo.
Se iría ahora mismo. Sí, pero… no,
no era posible abandonar sus otros dos hijos! Además, él habíale dicho muchas
veces a su mujer: Con vos, pan y agua; ¡pero siempre juntos! Sentíase como una
fiera enjaulada, cercada su propia voluntad por los barrotes de la impotencia.
Concluía casi su trabajo cuando
sintió gritos y risas que rompían el silencio del camino blanco. El grupo se
acercaba y los chiquillos se divertían azotando con la varilla que era útil
complemento de la lata a cuanto animalucho atravesaba la extensión desnuda y
calcinante.
Marcela entró jadeante, con el
rostro encendido y salpicado de sudor. Colocar la lata en el suelo y sentarse
sobre ella fué todo uno. Pedro José, como si la carga de sus ideas fuese mayor
y más pesada esperó un rato para preguntar:
-y qué, ¿no hay agua?
-Sí, hasta la mitá traje la
lata; la Pancha me dijo que el jagüey estaba seco, y me dió esa poca de la que
ella tiene adentro.
-¿Seco? -interrogó él- como si
en el alma se le hubiese reventado el hilo de su última esperanza.
-Sí, mirá los muchachos pasaron
hasta allá y dicen que todo es barro y agua sucia. Esto dijo, señalando a los
muchachos que empezaron a golpear con la varilla los pedazos de hojalata recién
puestos en el techo. El miró los pies cubiertos de limo y barro hasta la
rodilla y dijo con voz donde pesaba un siglo de desesperación:
-Moriremos de mengua si no
abandonamos esta tierra maldita.
-Ya lo he dicho, vos siempre te
queréis ir en la mejor del tiempo. La vieja Pancha dice que el almanaque reza
lluvias pal mes entrante.
-¿Lluvias? Allá en las
Compañías no tendríamos que esperar que el almanaque rezara lluvias. Las
casitas que dan a los trabajadores son blancas, limpias y con agua en
abundancia:
-Sí, pero cualquier día te
tiran pa fuera y entonces quedamos en el aire.
-A nadie tiran a la calle sin
verdadero motivo. Los que despiden es porque no cumplen con su deber. Al hijo
del compadre que trabajaba allá manejando un camión de transporte, le dieron
orden de pago porque se emborrachaba todos los sábados y los domingos. El lunes
llegaba tarde y...
-A otros, -interrumpió Marcela-
también los han... No concluyó la frase, porque Pedrito empezó a lloriquear en la
hamaca e incontinenti se paró a atenderlo.
Punzante de inclemencia pasaba
el tiempo sobre la penuria del rancho, que era ya, como una herida obscura en
el vientre desnudo de la tierra. Ondas de fuego subían de la hondonada seca
dándole al contorno un sello de eterna lasitud.
Lunes ... marte ... viernes...;
repetía mentalmente Marcela, como acechando el vasto horizonte de su alma el
anuncio de una próxima realidad. Quizás, el almanaque esté equivocado
-pensaba-, para no perder el último vestigio de esperanza.
La noche con extraño
sortilegio, amasó todas las estrellas para formar el alba que invasora,
disparaba saetas de lumbre tierna sobre la negra techumbre del rancho. Marcela
salió a preparar el café; pero retrocedió unos pasos y restregóse los párpados
como si no fuese realidad lo que veía. De nuevo penetró en el rancho y con gran
alborozo despertó a todos. No era ilusión ni fiebre de sed como en veces solía
decir Pedro José; no era espejismo, la realidad ofuscante y ebria le saturaba
el alma como un soplo de vida.
-Mira allá -dijo una vez fuera
del rancho-, y con el brazo extendido hacia el horizonte parecía un símbolo de
esperanza, surgido de la esperanza misma de la tierra.
Todos miraron hacia el Oriente.
Una gran mancha gris extendíase lentamente sobre el horizonte. iQué
espectáculo! Todos parecían contemplar la apoteosis soñada de un conjuro
maravilloso.
-Mirá como sube- repetía
Marcela, y el nubarrón cada vez más espeso, crecía como noche. Parecía la boca
inmensa de un abismo que amenazara tragarse el cristal intangible de los
cielos.
Sin tiempo que perder, Marcela
y los chiquillos, colocaron debajo del alar las pocas ollas y cacharros que en el
rancho había. No se encontraba sitio para un pocillo pequeño.
-Botaremos la primera agua
porque saldrá muy sucia -decía Marcela con inusitado regocijo-.
Prolongado y ronco, un trueno
ensordecedor fragmentó el silencio de la mañana imprecisa. Efluvios de tierra
recién mojada, llegaban en la red del viento desde la extensión lejana.
-Parece que ha llovía ya por
los montes de arriba -dijo Marcela-, aspirando el aire embriagante y sutil.
Pedro José cargaba leña para el
rancho, y de vez en cuando, como si todo fuese una obsesión trashumante y lejana,
deteníase en el patio para contemplar el nubarrón espeso que se alargaba como
una cordillera cubierta de noche y llena de presagios.
Un viento frío desatóse
repentinamente galopando casi con furia sobre el rancho y los árboles secos,
que crujían enloquecidos de sed. Rumor de tormenta ... aullidos del viento ...
y otra vez, un trueno prolongado y sordo rodó en la extensión lejana; mientras frías
gotas de agua empezaron caer humedeciendo la tierra. Las latas del techo, al
golpe de la lluvia que arreciaba, producían un ruido intenso y alegre.
Los chiquillos, desnudos y con
las espaldas brillantes, saltaban y gritaban bajo la lluvia que disminuía a
medida que calmaba el viento. La mañana gris y densa, fué quedando desnuda y
radiante como el primer día de sol sobre la tierra. A ratos, una y otra gota
resbalaban de las pajas negras del techo.
-¡Tanta esperanza pa tres deos
de agua sucia! -dijo Pedro José en tono volcado de amargura.
-Marcela, -continuó diciendo-
mañana nos iremos. Mañana nos iremos -repitió- como si dijese algo distinto.
Marcela callaba ... callaba
profundamente. Se iría como una paja indefensa del rancho llevada por el
viento. Desde entonces no osó protestar. Hizo un lío con la poca ropa que
poseían. Recogió los enseres más útiles de cocina y los apartó con el lío de
trapos viejos que iba a llevarse a un rincón. Movíase automáticamente, y
encerrada en su mutismo sintió pasar toda la noche. ¡No era posible dormir,
ella era una prolongación de la tierra y la iban a arrancar de allí! ¡Pobre alma!
hecha de viento, sol y arena, que como los frailejones atormentados de sed,
nutríase de esperanza.
La mañana era de vidrio, y a
través de ella, Pedro José conducía el grupo por el camino que se tiraba desde
su alma hasta la ciudad. Marcela miró hacia atrás ... hacia el rancho recién
abandonado que en la lejanía, parecía una interrogación de angustia bajo el
cielo claro y brutalmente luminoso.
El tiempo pasaba pleno de
bonanza. ¡Afán, alegría, inquietud...! eso era la vida bajo el matiz dorado del
cielo. El orden inalterable de las casitas blancas con sus techos rojizos,
prendían en el alma y en los ojos, un ensueño lejano de pesebre.
De los taladros y las máquinas,
los obreros regresaban cansados y sudorosos; pero el cielo era azul y una onda
de luz misteriosa bañaba de esperanza la vida de los hombres. Un día, Pedro
José, agitado y nervioso entró a su casa. Depositó sobre la mesa un paquete de
papeles y pidió ropa limpia a su mujer. Ella, un tanto alarmada, preguntó
señalando los papeles:
-¿Qué es eso?
-jApresúrate Marcela. No hay
tiempo que perder, eso es un manifiesto de huelga!
-¿Y qué es eso de huelga?
-Es una explosión de hambre
contenida. Es una lucha pasiva por el aumento de salario y el mejoramiento de
nuestros hijos. ¡Es un grito amargo y callado que reclama justicia...!
-Y, ¿vos también estáis zampáo
en eso? -preguntó ella en su propio caló.
-SÍ, todos los obreros somos
una sola fuerza... nadie quedará afuera; porque luchamos por razones que a
todos nos atañen de igual modo.
Marcela quedó pasmada de oír
tantas cosas nuevas. Corrían diversos rumores, los obreros formaban pequeños
grupos y conversaban animadamente. Todo el mundo estaba en expectativa de
algo... de algo insólito, y la ciudad entera era una conmoción general y
extraña.
Pedro José enteraba a Marcela
de cuanto ocurría en el Sindicato.
-Veinte delegados han llegado
de diferentes sitios a apoyar la huelga, y en estos momentos se espera otra
delegación. ¡Triunfaremos Marcela!; pero hay que tener paciencia, porque este
camino no se anda en un solo día.
El pueblo nunca se mostró tan
generoso ni más comprensivo que en este movimiento de lucha económico-social.
¡Cartas, telegramas de adhesión, ayuda monetaria y provisiones de boca!,
llegaban continuamente de diferentes puntos para los obreros en huelga; pero el
tiempo pasaba lento y pesado, y un aire de impaciente hostilidad empezaba a
surcar el ánimo de. los huelguistas.
,-¿Cómo marchan las cosas? -
preguntó Marcela un día.
-Lo mismo-respondió Pedro José
tirando la colilla del cigarro a un lado, la lista de los rompehuelgas va en
aumento. Hoy desertaron de nuestras filas tres obreros más:
-¿Y qué necesidá tienen pa ser
rompe-huelgas?
-Dicen que lo hacen acosados
por el llanto de siete o diez chiquillos hambrientos. ¡Son unos cobardes, no
comprenden todo el valor de nuestra lucha! Dejaré que se lleven nuestros hijos
antes de ser rompe-huelga. Marcela estuvo a punto de decir: ¡No, morirán de
hambre con nosotros! pero la palabra rompe-huelga fué pronunciada con tanto
desprecio que no se atrevió a protestar.
A fin de proporcionar
resistencia a los huelguistas, desde Caracas y Maracaibo, pedían que
trasladasen los hijos de los obreros a los lugares mencionados; pero Marcela
consideraba eso un crimen y ella prefería verlos morir de hambre a su lado.
-¡No, -repetía mentalmente- no
los dejaré llevar! Pedro José, nunca llegó a comprender en otro tiempo por qué
su mujer tenía razón; pero ya había evolucionado lo suficiente, y hoy
comprendía que las razones de orden sentimental son razones que muchas veces
resultan de primer orden. Por eso, una noche impenetrable y larga, rompió el
candado de una pulpería y robó unos panes para aplacar el hambre de sus hijos.
Desde esa noche faltaba a las conferencias del Sindicato... pero no estaba en
la lista de los rompe-huelgas.
La huelga había cesado y quince
días después, Pedro José salía de la 'prisión. Con abrazos de entusiasmo y
frases cordiales lo recibieron sus compañeros de lucha que esperaban afuera.
Marcela lejos del grupo lloraba
de alegría. El fué hacia ella y en viéndola llorar díjola:
-¿Por qué esas lágrimas, acaso
no están con nosotros nuestros hijos?
-Sí, pero vos sabéis ... allá
en el rancho no hubiera sucedido esto. Allá estábamos hambrientos y desnudos,
pero siempre juntos. ¡Volvamos al rancho, te lo ruego por el alma del viejo!
-j No, Marcela ... yo nunca te
hablé de un camino que se tiraba desde mi alma porque quería mostrarte el punto
de destino cuando estuviéramos cerca; pues bien, ¡allí está! -dijo señalando al
grupo de obreros que charlaban y reían. ¿Comprendes ahora? ¡no podemos
regresar; porque al Iado de estos hombres está nuestro destino que también será
el destino de nuestros hijos!
Y con el brazo extendido hacia
ellos, parecía un símbolo de conquista surgido del camino que iluminaba su alma
como una vía láctea.
Rosalinda
A Edilia María de Bavaresco,
Hace tiempo, una amiga me insinuó que escribiese un Diario. ¿Un Diario yo? -así con mayúscula-. Yo, una muchacha sin aventuras, que jamás he subido a un quinto piso, que no conozco un cometa y que ni siquiera he salido fuera de Venezuela… No, no puede ser. Y después de todo, ¿qué diría?
Todas estas cosas las estaba
pensando en mi cuarto de estudio, donde escribo para ustedes lo que sale en
esta página (1). Cuando el calor me fatiga y las ideas no fluyen fácilmente,
echo tijera a buena cuenta. Y una mañana de meses pasados, estaba delante de
una montaña de revistas, buscando aquí y rebuscando allá trozos de literatura
para salir del apuro. Bueno, ¿para qué seguir? ya ustedes imaginarán cómo es la
cuestión... Las cuatro mechas -porque no tengo una abundante ni espléndida
cabellera- me las había recogido en la coronilla con una peineta sin dientes.
Sudaba a mares, mutilaba revistas y protestaba de mi cabeza sin ideas ni para
saber lo que piensan las moscas.
En ese momento, un muchachito
tocó la ventana y me entregó un sobre. Mas, como los escritores vivimos hartos
de cartas de todas las especies y de las más diversas procedencias, la puse en
una esquina del escritorio hasta que se me ocurriese leerla. Pero en ese volver
y revolver de revistas, la carta también iba para allá encima de una y volvía
encima de otras. Al fin, de tanto ir y venir me fijo en el sobre que decía:
PARA ROSALINDA.
iQué conmoción, qué romántico,
qué ingenio: ¡escribir Rosalinda en vez de Rosa Virginia! Voy a vaciarme toda
antes de que me arrepienta. Toda mi serenidad la perdí, era una bella carta de
amor escrita en papel rosa. Para no ser tan indiscreta sólo transcribiré el
final que decía así:
…"Sí, Rosalinda, la he
visto muchas veces en el patio de su casa debajo de la mata de parcha, ¡escribiendo…
escribiendo siempre! Deseo hablar con usted el próximo martes. La espero en la
plaza Urdaneta, en el mismo sitio donde habló el Dr. Rafael Caldera. Necesito
confesarle que la adoro ciegamente. ¿La esperaré en vano? Si no acude a la cita
antes de las ocho en punto de la noche, lo interpretaré como una negativa
rotunda; y entonces, ¿para qué vivir? y sólo le pido una oración por el
descanso eterno de mi alma".
De paso les diré que la firma
no interesa. iDios mío! lo interesante es el aprieto de ser yo el móvil de un
suicidio. Me sentía anonadada. Parecía que un ciclón me hubiese pasado por la
cabeza desorganizándome todas las ideas. Hasta la peineta sin dientes me pesaba
en la coronilla, y ésa fué la única vez que me alegré de tener pocos cabellos.
En mi confuso estado de ánimo sólo vislumbraba dos caminos: ir y decirle que lo
quería con una torneada de ojos y posiblemente casarnos por allí cerca o, no ir
y dejar que el pobre pasara a mejor vida. Con más cuidado volví a leer la
carta; "debajo de la parcha ..." fué como si tropezara con una piedra.
¿Qué disparate es éste? -me dije- en mi patio no hay parcha sino un frondoso
mamón. ¡Diantres! nada tiene de particular que un hombre enamorado vea los
mamones del tamaño de una naranja y, una muchacha fea puede parecerle bonita,
de allí, sin duda, lo de Rosalinda. Quise justificar las cosas a mi modo; pero
eso de la cita para el martes -por lo de no te cases, ni te embarques ni te
mudes para otra parte- y el sitio donde habló el Dr. Caldera, me parecieron
cosas de muy mal agüero.
No, no iré. Se desató en mí una
feroz lucha interna. ¡Sí iré, no iré! Mi infeliz cabeza era una taraba dominada
por vientos contrarios. Desde ese día fui una esclava del almanaque. Faltan
cuatro días, tres, dos, uno... Esta noche antes de las ocho. Esa tarde no pasé
bocado. Después de pensar que quizás fuera apuesto, generoso y con un poco de
tierra en el corazón, porque me gustan los hombres que amen las montañas, las
colinas, los ríos; me empecé a vestir con una resolución que me maravillaba.
Cuando estuve tan acicalada como la hormiguita del libro primario, me paré en
el portón de mi casa a esperar vehículo. ¡Santo Dios! después de tanto valor me
entró una crisis de miedo al acordarme de la muchacha que me pidió escribiese
el diario de mi vida. No. ¡Mil veces no! Yo no quiero ser una mujer de
aventuras. ¡Vaya, qué fruslería! escribir para que los otros se impongan tan
tontamente de la vida de uno. Miré por última vez el reloj, como si de allí
dependiera mi decisión final. ¡Horror! Faltaban treinta minutos para las ocho.
i Pobres psicólogos, ¿qué saben ellos con todo el pesado fardo de su ciencia de
estas tribulaciones del espíritu? Cerré los ojos para no ver pasar el tiempo ni
los vehículos. Sin duda, allá arriba, la mano de Dios iba regando estrellas
mientras la sombra ceñía la tierra y yo permanecía en el mismo sitio. Cuando
los abrí de nuevo eran las diez de la noche. Seguiré siendo la misma, sin
aventuras ni nada. ¡De chiripa sé lo que es viajar en avión, y eso porque una
agrupación femenina me costeó los gastos! Ahora, adivino la pregunta de muchos:
¿se suicidaría? Pues yo tampoco lo sé, en esos días se declararon en huelga los
obreros de este diario "Panorama". Quizás, por allá, en cualquier
parte, apareció un hombre con un tiro en la sien y una cartita apretada contra
el pecho para Rosalinda. iAy, se me escapa un suspiro de alivio! Me alegro de
que no hubiese periódicos en esos días. Si al abrir sus páginas me hubiera
encontrado con "un suicidio por amor en pleno siglo XX", a esta
fecha, ¡sería la persona más infeliz de la tierra...! i Ah! Y para que el caso
no se repita, he mandado a cortar la mata de mamón.
(1) Publicado en ''PANORAMA''
La Maestrita Negra
A Dn. Ely Saúl Rodríguez.
posa nocturna. Con la esperanza
agazapada en su alma y un paisaje distante en los ojos, desambulaba por las
calles, y mezclaba a las voces del tumulto su cálido acento de selva.
La negrita discutía problemas
feministas, llevaba acuerdos a los diarios y se estremecía con la palabra
vibrante de los "líderes". Se la consideraba presuntuosa, y las
miradas se detenían plenas de malicia en los tirabuzones de su pelo cuando
decía que era taquígrafa y hablaba inglés. Lo cierto es que, los
"líderes" nunca pensaron en una secretaria de color ni las
asociaciones de obreros dieron otro matiz al trajín sedentario de su vida.
Era necesario equilibrar el
desenvolvimiento político de la Nación, y con la frase de "calma y
cordura" empezó el éxodo de la pobre negrita. La conciencia de los hombres
íbase tornando pasiva pero sólida; y en vez del discurso callejero y agitador,
el pueblo organizaba Universidades Populares y consultaba en los Códigos el principio
de sus derechos ciudadanos.
Una noche cualquiera se
aproximó a una ventana y vio a sus compañeros de lucha, leyendo alrededor de
una mesa larga. Sus rostros estaban fatigados por la ruda tarea del día; pero
entre ellos y el libro se extendía algo: ¡era Venezuela que se empinaba como un
puente firme, y por él transitaba el presente hacia la meta del futuro en la
conciencia de sus hijos! La negrita alejóse con el alma aturdida de soledad;
pues comprendió que el trajín adormecía la tortura punzante de su estrechez
económica.
Un día entero permaneció
encerrada en su cuartucho para remendar sus pocos trapos que ya gritaban la
protesta del harapo. Después volvieron las negativas a mellarle la esperanza.
Las ofertas se desvanecían al tropezar con su piel negra y los tirabuzones de
su pelo, en tanto que el desamparo la iba estrechando como un círculo de llamas
que amenazara trepar por las hendiduras de sus zapatos descosidos.
Creíase verdaderamente
desilusionada cuando un inspector inteligente depositó en sus manos el nombramiento
salvador. ¡Sintió fiebre en sus manos, era algo insólito! ¡Viajar casi
doscientos kilómetros para llegar a la casita de impreciso perfil escolar,
significaba alejarse de la garra espectral del hambre que oprimía su estómago!
Mientras los hombres del barco
que la conducía a su destino hablaban del precio de las frutas y cosas
similares; ella soñaba con una Escuela Cívico-Rural, y construía mentalmente
las oraciones del sencillo discurso que pronunciaría para impresionar de la
mejor manera a los habitantes del lugar.
Después, ¡cómo recordaba
aquella mañana que tuvo el coraje de enfrentarse a las miradas maliciosas de los
grandes y al cuchicheo travieso de los muchachos tiznados y descalzos! jPobre
maestrita negra! tocóle la región más díscola de Venezuela; donde las burlas y
las palabras feas atraviesan el alma como espinas salvajes.
Sin embargo, ella habló con
tanto entusiasmo, que sus palabras saltaban suaves y blancas como la espuma
sobre la aspereza de aquellas mentes rudas. En términos sencillos explicó que
el patio de la Escuela sería convertido en un pequeño campo de experimentación
agrícola; y para demostrarlo prácticamente, abrió surcos en la tierra y arrojó
semillas que los niños regaron después.
La maestrita negra se daba toda
en el ejercicio de su apostolado sublime; y la escuelita que ella solía llamar
"mi Escuela Cívico-Rural", crecía en espíritu de Iibertad y de
justicia a la sombra de los verdes platanales, que los alumnos cuidaban con el
convencimiento de que su fruto aporta al organismo humano más sustancias
alimenticias que el mejor pan de trigo.
En pleno contacto con la
naturaleza dictaba las clases de botánica. Y al finalizar, escribía el lema de
la semana en el pizarrón que improvisadamente fijaba en el tronco de algún
árbol. El sol filtrábase en hilachas doradas por las verdes hojas que rajaba el
viento, y peso punteaba en el alma de los niños con sus hilos de fuego, la sentencia
pura y blanca de Ia maestra negra: ¡Con la esperanza en la tierra y la
conciencia en los libros, Venezuela marcha hacia un futuro mejor!
Y la escuela crecía... a pesar
de las voces de protesta que el viento de la inclemencia arrojaba como agua
turbia en su siembra de ideas:
-Señorita, mi muchacho no tiene
ropa limpia ni libros, y la situación tan mala con esta guerra encima.
La maestrita amontonaba números
y organizaba estadísticas con febril impaciencia. El promedio de asistencia
mensual era como un intrincado laberinto que la asustaba con su escaso total.
-Señorita, borre a mi hijo
porque lo voy a concertar.
-Señorita, Juan no viene porque
no hay desayuno en la casa.
y los ecos venían del verde
platanal, de la quebrada ondulante y de las piedras del río. i Qué atropello de
voces tenía en el alma la maestrita negra!
Hay que activar la siembra-dijo
en sesión plenaria ante los padres de familia-, tenemos que convertir cada palmo
de tierra en un campo de defensa. Tenemos que evitar el bloqueo económico. Las
verdes y agudas espadas del maizal alerta, no dejarán que el fantasma de la
guerra avance hasta las puertas de nuestros ranchos.
El sol tiraba la sombra del
verde platanal sobre lo rostros atentos, y la maestrita hablaba rápidamente, casi
con pasión, como si temiese perder tiempo en las breves pausas de su arenga.
Entre tanto, las abejas zumbadoras recortaban su cálido acento de jungla y
describían círculos misteriosos sobre los tirabuzones de su pelo.
Ella era una fuerza propulsora,
y su Escuela era algo viviente que penetraba en las chozas y en las plantaciones
vecinas. ¡Tenemos que sembrar! Hombres, mujeres y niños, partieron con la
consigna en los labios hacia los surcos de la tierra.
El olor de la tierra húmeda era
un canto de esperanza, y por encima de los cercados, los copos verdes y ebrio
de savia nueva, desafiaban el fantasma de la guerra con sus brazos abiertos de
promesas.
-Señorita, dicen que los
Estados Unidos también están en guerra.
-Señorita, dicen que la guerra
viene por el Atlántico.
-Señorita, dice la gente que la
guerra está ya en el Golfo de Maracaibo.
-Sí, pero mire usted, nuestros
campos están verdes y próximos al milagro de cuajar los frutos.
La maestrita negra se llenaba
de valor para hacerles olvidar la terrible palabra de guerra. Pero las voces
venían del río, de la siembra mecida por el viento y de los ranchos abiertos y
limpios como el día.
Y el fantasma llegó para la
maestrita negra. Ella no supo por cuál lado llegó; pero estaba allí en el
oficio ministerial de palabras concisas electrizándole las manos. Una fiebre
intensa subió por sus venas y la echó un nudo de angustia en la garganta.
La maestrita negra no tuvo
valor para informar a sus alumnos que la Escuela Cívico-Rural había sido
eliminada. Fué para lo único que no tuvo valor en su vida; pero en el pizarrón
dejó la última sentencia; la sentencia blanca que fulguraría eternamente en el
alma de sus alumnos:
"¡Niño: por cada semilla
que siembres, la tierra devolverá con creces tu generosa acción… ¡Y serás
libre, porque tierra muerta forma Naciones esclavas!"
Después, ¡pobre maestrita
negra! volvió a deslizarse por nuestras calles cual un manchón de noche, con un
atropello de voces que a doscientos kilómetros de distancia aún le alcanzaban
el alma:
-Señorita, mi muchacho no tiene
ropa limpia ...
-¡Señorita, Juan no tiene
desayuno…!
El Fantasma
Al Dr. Octavio Andrade Delgado
No perderé mucho tiempo en la
descripción de su casucha salpicada de chimó. Un catre viejo en el rincón que
hacía de cuarto, un baúl destartalado en otro, donde cantaba de vez en cuando
un grillo, y nada más fuera de sus cacharros donde preparaba el bocado de
comida. ¡Ah! y él con su rara figura: alto, flaco y ligero, con un solo diente
arriba, sus orejas acartonadas y su camisa color de tierra, que por los
extremos solía recoger en un nudo sobre la pretina del pantalón limpio y
remendado.
Sin saber cómo empezar, me
pareció que lo mejor era lanzarle cualquier pregunta de sopetón, y como hurgando
en las cosas íntimas de su vida, le dije:
-¡Caramba, es tan difícil creer
que usted cambiara la vida plena del mar por esta de la tierra! Si yo fuera
marino me agradaría que hasta me enterraran en el mar, entre dos montañitas de
olas espumosas.
-Criatura, usted no sube 10 que
dice. Cuando la tempestad ruge y la noche se traga los barcos y las estrellas
del cielo, entonces, nos llama la tierra, y nos obsesiona un rancho de cuatro
estacas mal forradas debajo de un cují. Y caminando hacia el baúl, extrajo de
éste una zapatilla de raso blanco que ya el tiempo había trocado en color de
perla. Era de una muchacha que él logró salvar en un naufragio. Y como tuvo
todo el hechizo de una singular aventura, guardó aquella diminuta zapatilla
para mostrarla como un trofeo a cuantos refería la historia. Desde entonces
sentí gran admiración por el viejo, lo empecé a llamar "don" Anselmo
y a visitarlo diariamente.
y don Anselmo llegó a ser para
mí como el libro maravilloso de las Mil y Una Noches. No quedó un solo rincón
de su espíritu que no me descubriera, ni una anécdota picaresca o maliciosa que
no me refiriera. Con un poco de nostalgia me dijo cierto día:
-La juventud mía se quedó en el
mar. El mar es un ladrón. Por eso prefiero la tierra, aun cuando me vea perseguido
constantemente y no posea más que las cuatro matas achicharradas del patio.
-Y ¿quién lo persigue, don
Anselmo? En este pobre caserío solo hay un comisario que se compadece hasta del
diablo, y un puñado de vecinos incapaces de matar a una hormiga.
-Me persigue un fantasma
-interrumpió- Es frío, borroso o sin formas definidas. Marcha siempre a mi
lado, a toda prisa, como para alcanzarme. A mi lado va y viene al jagüey mudo y
helado como la muerte.
-Dígame, don Anselmo ¿es alto o
bajo?
-Ni me pregunte, a veces me
parece tan alto y de saltos tan largos, que llega primero que yo a cualquier
parte, y o tras veces, me parece tan pequeño que... Y el viejo lobo de mar,
presa de un profundo terror, se tragó el resto de las palabras.
-Ármese de valor y le pregunta,
quizás tenga un tesoro que quiera dejarle.
-Niña, no sea usted tan
ingenua. Un tesoro diera yo para que me dejara en paz. Venga con la anochecida
para que lo vea y no hable más de valor. De noche, cuando crujen las ramas
secas de los árboles y el viento gime en la puerta, creo que es él quien llama,
y hasta se me ocurre abrirle; pero el frío y el miedo me paralizan totalmente.
Sólo puedo moverme cuando el sol está alto, en la copa de los árboles.
-Y don Anselmo, agrandando los
ojos casi desiertos de pestañas, 'los clava con pertinaz empeño en el rincón
oscuro de la choza. Creí que el fantasma comenzaba a condensarse, a surgir de
la penumbra y, sin más ni menos, me despedí a toda prisa y me alejé corriendo.
Yo volví al rancho cuando un
día la fatal noticia se extendió por todo el caserío. Don Anselmo se iba
aniquilando lentamente, ya no comía ni dormía. La noche era espléndida y la
luna brillaba majestuosamente en el cielo. Obligado por la sed, fué al jagüey a
traer un cántaro de agua. Tuvo la precaución de meterse el sombrero hasta los
ojos y armarse de un palo grueso. Sabía el camino de memoria, y ya se aproximaba
al agua brillante y apenas rizada por la brisa de la noche, cuando sin poder
resistir la curiosidad se levantó el sombrero.
i Oh, terror! Allí estaba el
fantasma: largo, vago y helado. Ambos trataron de agredirse al mismo tiempo;
pero era enorme, jamás le pareció tan grande y tan siniestro como esa noche.
Entonces en el colmo de la desesperación, acorralado y sin poder avanzar,
porque el frío paralizaba sus piernas, se llevó las manos a los ojos y se los
arrancó. Dos ríos de sangre Fluyeron de su rostro gritos inmensos de dolor,
taladraron la noche hasta el amanecer; pero tenía en sus manos aquellos ojos
donde estaba el fantasma prisionero para siempre.
Cuando el médico llegó todo
estaba en silencio. Dos leguas de polvo y altos matorrales no eran poca cosa
para salvar una vida; pero ya era tarde, y cuando hubo escuchado el
impresionante relato de labios de los vecinos, dijo desde lo alto de su caballo
a manera de despedida: ipobre loco, lo mató su sombra!
María Luz
A Dn. Ramón Villasmil.José de la Cruz, levantó sus
manos rudas de la gleba para recibir el Programa de letras grandes y negras.
Aún cuando el Gobierno se
hubiese empeñado en redactarlo clara y sencillamente, José de la Cruz deletreó
veinte veces seguidas, para poder interpretar a cabalidad, el verdadero sentido
del papel que tenía en sus manos.
"PROTECCION y ESTIMULO A
LOS HOMBRES DEL CAMPO" iAh, eso era lo que él necesitaba: ¡una pequeña
granja en cualquier tajo saliente de la tierra! Pero eso de "firmar contra
los con el Gobierno" le rasguñaba su malicia campesina Doce días, treinta
días, y ya el Programa se estaba poniendo amarillo en el bolsillo de su
charnarro azul de caqui.
Aquel papel doblado infinidad
de veces que al fin se sabía de memoria, se le había metido como una astilla encendida
en su mente y corazón. Tanto afiló su esperanza y tantas vueltas dio a su propósito,
que resolvió "firmar contrato con el Gobierno". Estaban convencido de
que un hombre solo puede vivir errante o a la sombra de cualquier cercado; pero
cuando se tiene mujer, las cosas hay que pensarlas de otro modo, todas estas
reflexiones, echaron a un lado los resquemores de su arisca mansedumbre; y se
encaminó, con pasos nerviosos, a quitarse la astilla que le quemaba el corazón.
Aún estaba aturdido, aquellos
términos jurídicos tan extraños para él como el latín, y su firma disparatada,
no podían convencerlo de tanta y tan bella realidad.
Como si despertara de un sueño,
tomó posesión de la preciosa granja que habría de pagar a largos plazos; y loco
de alegría, recorrió las piezas claras, pequeñas y limpias.
Su mujer que lo seguía a corta distancia,
se santiguaba a cada paso, porque no creía que el Gobierno fuera capaz de
entregar una finca tan bonita a cambio de un poco de voluntad y trabajo por el
progreso de la nación, según decía el Programa.
José de la Cruz palpaba y daba
vuelta a todo, ¡era increíble! su mujer compartía su regocijo y empezaba a
planear sus actividades del día siguiente cuando tocaron la puerta.
-¡Adelante!
-Amigo, -dijo el hombre que
había traspuesto el umbral de la puerta- vengo a decide que soy su vecino, y
que estoy a la orden en lo que pueda servirles mientras llegan Ios técnicos del
servicio agrícola y las demostradoras del hogar campesino para darle
instrucciones a fin de que maneje bien la cosa.
-Ajá -respondieron a un mismo
tiempo los dos, como si soñaran.
Y el recién llegado, contra la
luz viva y cálida de la mañana, quiso despedirse; pero Ia buena intención de sus
pasos, se enredó en la mirada verde y profunda de María Luz. Al fin, como si
tuviera los pies hundidos entre barro, hizo un movimiento brusco y repitió:
--Estoy a la orden, mi granja
es aquélla. Y partió hacia el lugar donde había señalado.
Llegaron los técnicos del
Ministerio de Agricultura y Cría 'analizaron minuciosamente la tierra húmeda
que ~'a trascendía a esperanza, dieron amplias instrucciones referente a los
nuevos métodos de cultivo, hablaron de las enfermedades y plagas que diezman
los sembrados, le entregaron un paquete de materias tóxicas para los insectos,
folletos con ilustraciones en colores para impresionar el ánimo de los
agricultores y, un equipo nuevo y sencillo para los trabajos de labranza.
Después llegaron las
demostradoras del hogar campesino; alegres, bulliciosas y parlanchinas.
Empezaron a mover todos los trastos de un lugar a otro. Con varios desperdicios
traídos al efecto, pusieron en práctica sus conocimientos de economía
doméstica. María Luz las dejaba hacer como alelada. Todo estaba sufriendo una
metamorfosis singular. Decoraron las paredes con cuadritos plenos de motivos
criollos, elaborados con la cubierta brillante que cubren los chocolatines.
Fijaron un: almanaque en la pared con la imagen de San Isidro Labrador; y
luego, con breve y concisa charla sobre higiene, pusieron punto final a la
jornada de ese día.
Cuando el alba empezó a
desparramarse por los montículos de la granja, José de la Cruz se encaminó a
preparar la tierra que había constituido el sueño de toda su vida. Arregló el
semillero con la convicción del hombre que contribuye al engrandecimiento de
Venezuela. A él no le importaba que el terreno fuera rico en potasa según dijeron
los técnicos; pensaba que todo podía suplirse con la voluntad que hoy le
reventaba en las venas como semillas de triunfo.
Y la plantación surgió: verde,
airosa y desafiante. Veinte veces fue a la granja vecina, la granja que el
hombre señaló, recortado por la luz de la mañana.
-¿Compadre, tiene Ud. por ahí
un rastrillo que me preste?
Y más de veinte veces, vino el
hombre de la granja a ayudar a J osé de la Cruz en el laboreo de la tierra.
María Luz les llevaba café, saludaba y desaparecía de nuevo por la siembra
tupida y alta. El hombre levantaba su sombrero de cogollo, más para mirarla,
que para contestarle el saludo; y se iba por sus ojos verdes hasta la selva
cálida de su cuerpo.
El Ministerio de Agricultura y
Cría no dejaba de estimular a José de la Cruz. Por la simetría y exuberancia de
su tala, se había dado cuenta de que era capaz de detener una aplanadora con la
fuerza de su voluntad, y por ello, se le comunicaba constantemente, que él iba
casi de puntero en el récord ministerial,
-María, -solía decirle
satisfecho- pronto tendremos la granja libre. Con un empujoncito más y todo esto
será propio.
María miraba la extensión verde
y luego buscaba el rostro curtido de su compañero para dejarle la miel de sus
labios glotones.
José de la Cruz advirtió que
cerca de los baches estaba creciendo la hierba, y se fue muy temprano, pala y rastrillo
al hombro hacia ese lugar de la tierra.
No tardó en venir en su ayuda
el vecino de la granja. Toda Ia mañana la pasaron cortando la invasión de la
hierba. Dos veces María Luz pasó con las tacitas llenas de café negro, Eran ya
cerca de las doce cuando escuchó un fuerte y prolongado grito que venía del
lugar donde trabajaban Ios hombres. Ella corrió al encuentro de aquel grito
fatal, y encontró a José de la Cruz desmayado en los brazos de su compañero.
-¡Qué horror! -exclamó ella en
el colmo de la desesperación. Cerca del tobillo estaban los dos puntos rojos
donde había mordido la víbora. Todos los recursos fueron inútiles, el pequeño
círculo morado cobró tanta extensión que cuando el curandero llegó dijo que el
veneno había subido al cerebro.
El velorio fué sencillo, un
solo llanto de mujer rayaba la obscuridad espesa de 'la noche. Se vaciaron tres
botellas de ron, se repartió café y varias tortas de casabe fresco. El hombre
de la granja vecina se mostró afligido y hasta parece que una lágrima furtiva
se escapó de sus ojos.
Después, la calma de los días
cayó corno un bálsamo sobre el corazón de María Luz. A pesar de todo, la
cosecha de su granja no se perdió. El vecino había redoblado su atención y
ayuda para que no se perdiera la siembra. Ella le manifestó un día que pensaba
abandonar Ia granja para reunirse con sus familiares; y aún cuando se asfixiaba
entre tanta soledad, él tuvo el poder suficiente para hacerla desistir.
Pasaron varios meses. Una tarde
se encontraron en la vereda que unía las dos granjas, ella iba a consultarle un
nuevo plan de trabajo que había recibido del Ministerio cuando él venía. Era de
tarde, si, y la primavera se anunciaba ya en la fragancia del ramaje. Había un
matiz dorado en la copa de Ios árboles. Reinaba un estremecimiento de alas en
la fronda. Nunca se habían sentido tan solos y tan cerca como en la plenitud de
aquel crepúsculo. j Hora divina, hora de ensueño, penumbra y raso; ¡hora en que
se acoplan todos los seres en el Universo!
Una llama misteriosa
precipitaba sus cuerpos en un dilatamiento de ternura infinita. María Luz -le
dijo aprísionándola por el talle- en Ia selva verde de tus ojos también se
asoma esta tarde la primavera del amor. Yo te quiero locamente desde que te
conocí, y por quererte tanto, cerré los ojos cuando la víbora se acercaba… era
de terciopelo como tus brazos... yo no grité ni hice nada por aplastaría ... yo
sólo pensé en ti, en todo el campo verde que estaba lleno de tus ojos ... yo…
yo no lo maté; ¡pero tampoco lo salvé!
Ante el crepúsculo ya
desvanecido, él bajó la voz para pedirle perdón; pero ella se separó
violentamente de sus brazos y se perdió… ¡en la senda borrada por la sombra y
en la eternidad de las cosas que no regresan!


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