Viento Ebrio / 1952

 



    


Viento Ebrio fué el segundo libro producido por la poetisa venezolana Rosa Virginia Martínez (1915-1983). Fue publicado por la Editorial Arte de Barranquilla en Colombia, en 1952. Con su aparición se consolidó definitivamente su condición de fina escritora y digna representante del grupo de mujeres que luchaban por ocupar su puesto, dentro de un mundo de hombres que se resistía a la presencia y permanencia de las féminas en sus áreas de desarrollo. Rosa Virginia Martínez luchó y se ganó ese puesto con merecidas y sobradas razones: Su amor por la literatura, su delicada producción de poesía, prosa, cuentos y teatro infantil; y por sus luchas sociales por los más débiles.

 

Canciones de América

 

América

 América:

qué nombre tan dulce quiebran tus cristales,

qué esencia tan pura vierten tus rosales.

!Qué dicha!

tu raza de bronce dicen que es de locos,

porque paso a paso,

tu millar de pueblos

se irán confundiendo en un largo abrazo.

Mañana, -en tu día-

o cuando amanezca;

desde mis llanuras, montañas y ríos

hasta el Chimborazo do soñó el Vidente,

un viento de triunfo pasará sembrando

la nueva simiente…

la nueva simiente,

en todos los surcos de la tierra ardiente.

 

América:

yo te quiero en el jugo de la fruta bermeja;

en el cielo, en la brisa,

y en la luz de tu sol.

Yo te amo en el indio

de linaje altanero,

que al impulso de un nuevo derrotero

se fundió de otra raza

en el vivo crisol.

 

Yo te amo en el grito

de tus mares salvajes;

en la curva empinada

de tus verdes montañas;

en los rojos celajes,

en el cardo,

en las flores;

y en toda la gigante voluntad de granito

que hiciera de tus hombres dioses-libertadores.

 

Yo te amo en el ruego bendito de las madres

por los hijos que marchan en pos de la victoria;

los mismos que mañana te ceñirán de gloria

!Oh, colosal abrazo:

pueblo a pueblo

en un lazo,

cual una fortaleza

de UNIDAD y de PAZ!

 

Montañas

Mis montañas caminan hacia un fin muy remoto;

en sus flancos se enreda la caricia del viento,

de sus ojos profundos se derraman mil ríos

que rubrican la tierra de mi América inmensa:

inmensa por la gracia de ser rubia y morena,

inmensa por la doble ternura de su fuerza.

 

Mis montañas se elevan hacia un vasto horizonte.

Conquistadores nuevos de todas las alturas,

los hombres de mi raza socavaran los montes;

sobre las piedras bravas dejaran sangre viva,

y subiendo y subiendo conquistaran la aurora

de esta tierra que sueña bajo un cielo radiante.

 

!Despiértate mi América! Agita tus dos alas

que el mundo necesita la claridad de un vuelo.

!Levántate, mi América, que el mundo marcha herido

por la pendiente obscura y trágica del duelo!

!Oh, tierra generosa,

magnifica y lozana;

extiende tus dos brazos al Viejo Continente,

y aplica con ternura en su costado ardiente,

el bálsamo purísimo de tu celeste acento.

 

América:

tierra prieta de esperanzas,

tierra rubia de quimeras;

palpitante de asombros y frescas primaveras

un nuevo sol se alza

sobre la cima absorta de mis montañas vivas.

 

Mis montañas caminan hacia un vasto horizonte.

!Mis montañas de fuerza, mis montañas de sol!

 

Poemas del amor y la distancia

 


La Espera Inútil

 !Cuán inútil empeño! Tu voz sonora y grata

enredaba en mi alma, madejas de ilusión;

pero yo no escuchaba la dulce serenata,

porque estaba dormido mi joven corazón.

 

Con ansiedad extraña se alargaron tus manos,

para estrechar las mías en un rapto de amor;

y llena de inquietudes, las oculte con vanos,

temblores de azucenas bajo la noche en flor!

Pasaron muchos soles de interminable espera,

rozaron veinte lunas la seda de mi sien;

y mientras esperabas las mieses de mi era,

tu voz agonizaba, prendida a mi desdén.

 

(Luz)

 

Yo me volví a tu rostro, pálido y apasionado,

y riendo locamente de los sueños errantes

que surcaban la bruma de tu pecho angustiado,

te hablé de cosas vanas, sutiles y distantes.

 

!De pronto, no sé porque me eché a correr! Acaso,

respondiendo al impulso de mi sangre impetuosa;

te abandoné en la senda abierta del ocaso,

en mitad de la tarde, profunda y luminosa.

 

!Qué alegre me sentía! El cristal de mi risa

rompió el silencio absurdo e todos los jardines.

Bebí en la fuente mansa que detuvo mi prisa,

y calmó mi tortura, sedienta de confines.

 

(Penumbra)

 

Después… absorta y grave regresaba al paraje,

con el alma profusa de un extraño fulgor;

pero tú ya no estabas en la paz del ramaje,

y se lleno mi alma de un extraño dolor!

 

(Sombra)

 

Ahora siento algo que exacerba mi vida,

algo que va llenando mi triste soledad;

es la huella profunda que dejo tu partida,

es la sombra que llega, que llega sin piedad.

 

Aunque tú nunca vuelvas y espere en vano,

yo seguiré soñando, trémula de ternura;

que vienes por la cima, o vienes por el llano,

a jugar con los rizos de mi melena obscura.

 

Aunque tú nunca vuelvas, al borde del camino

y seguiré esperando con el alma en pedazos;

hasta que al fin la eterna llamada del destino,

deje estremecimientos de noche entre mis brazos.

 

De noche cual ninguna que se irá por mis venas,

trepando lentamente hasta cubrir mis ojos;

y no te veré entonces, venir por las morenas,

laderas de mi tierra, a besar mis despojos!

 

 Tú,

que en mí puedes la magia

de todos los prodigios,

¿hoy me pides flores?

¡Bésame las manos,

tendrás primaveras de capullos rojos

en mis blancas manos!

 

¿Me pides estrellas?

¡Bésame el cabello,

y en mi pelo negro como noche espesa

nacerán estrellas!

 

¿Hoy me pides mieles?

¡Bésame los labios:

te sabrán más dulces

que frutas maduras

y rubios panales!

 

Tú,

que en mí puedes la magia

de todos los prodigios.

¿Hoy me pides sueños?

Bésame los ojos,

y bajo el embrujo de la tarde incierta,

y el fragante asombro del rosal despierto,

te daré el más grande de todos los sueños

que acaso forjara la mente de Dios!

 

Algún día te irás

 Sin soñarte jamás, sin esperarte,

sin presentir tu voz en el sendero,

te acercaste a mi alma ¡noble arquero!

Como las cosa buenas de la vida:

silencioso, radiante, dulce y leve,

hiciste en mí, evaporar la nieve.

Como la brisa que despierta el lago

como la inquieta luz de la mañana,

matizaste de ensueño mi fontana.

Eres más dulce que la caña,

eres más suave que la esencia ignota

de una soñada flor que nunca brota.

Como el viento y la luz, como la onda,

como todo azul que no responde,

algún día te irás sin decir dónde.

Porque si esperarlo tú has llegado,

así mismo presiento tu partida,

como las cosas buenas de la vida.

Sin preguntar ¿por qué…? ¡toda silencios!

te miraré perder tras el paisaje

como una nube que se va de viaje.

 

Una hojita

 Si yo fuera una hojita,

me iría con el viento

por todos los caminos

que te vieron pasar.

 

Si yo fuera una hojita,

¡qué andariega sería!

Los niños en los parques

al verme gritarían:

“Mira qué hojita esa,

¡parece que va loca por llegar!”

 

Un día,

al encontrarte me posaré n tu pecho

y al verme pensarás:

-!Qué hojita tan brillante

en este gris otoño,

mañana será abono de algún árbol fecundo,

o polvo del camino

que arrastra el huracán!

 

Yo volveré a cantar

la canción vieja y triste,

que acibaró mis labios

cuando te vi partir:

¡Qué corazón tan duro

hay en tu pecho frío,

tal vez será de piedra

para ignorar que existe,

la primavera eterna

de mi profundo amor!

 

Regreso

 Torna a mis brazos la brisa,

de tu risa marinero…!

 

¿Qué enredo de algas marinas

sembró tu voz en el puerto

de mi corazón abierto.

 

¡Estrellas locas de rumbo,

te clavaron mi destino

en el mástil de tu sueño!

 

¡Qué alegre fiesta!

En tu barco me trajiste:

sirena e piel rosada

y caracolas traviesas.

 

Marinero:

bebamos juntos la brisa,

en la copa de tu risa,

cálida de sol y sol.

Quiero embriagarme en tu puerto

para volver a cantar:

¡Marinero, marinero,

seré tu estrella y tu norte

en la tierra y en el mar.

 

Renuncia

 ¡Dios mío! que triste cosa has hecho tú conmigo:

darme tantas riquezas y un alma de mendigo.

¿Para qué estos caudales? si yo solo te imploro,

que me des de limosna una estrellita de oro.

Aquella que fulgura pobremente en tu cielo,

bastará, si me escuchas, para calmar mi anhelo.

Respondes que me has dado mil dones en la tierra;

¿Pero sabes, acaso, lo que mi pecho encierra?

¿Para qué estos manjares y este exquisito vino,

si el sol de la inclemencia se vierte en mi camino?

Ni el surtidor sonoro, ni la limpia cisterna,

apagarán mi sed… devoradora… eterna!

En vano yo mendigo de su boca distante

la frescura del beso que cubra mi semblante.

¿Para qué este derroche de encajes y de velos,

si el alma me la hiciste con jirones de anhelos?

Quiero vestir de harapos y renunciar ¡Dios mío!

si he de seguir por dentro, siendo sombra y vacío.

 

Aquella tarde

 Al trémulo desgajo de la tarde

bajo la sombra azas de trepadoras;

te esperé vanamente muchas horas,

coqueta y fácil, en sensual alarde.

 

La tarde evaporó su veste lila.

En grave plenitud de ensueño trunco,

abandoné en la paz, discreto junco,

con requiebros de luz en la pupila.

 

Al regresar, mi bien… sobre la hierba,

vibró en la plenitud mi pena acerba

como flauta doliente en los senderos:

 

Y a lo lejos las notas pastoriles,

ahogáronse detrás de los rediles

bajo un cielo llorado de luceros.

 

Acerca tu boca

 Hoy siento que todo

se arraiga en mi vida

el surco, la brisa,

la estrella

y la flor.

¡Hoy siento que todo huele

a primavera,

en esta mañana borracha de sol!

 

Hoy siento que vuelves.

escucho tus pasos

rondando en la grama de mi corazón.

Acerca tus manos,

acerca tu boca,

y troncha mis lirios

de fuego y pasión.

 

Acerca tus labios.

Tómame en la brisa

del regio paisaje.

Tómame en la rosa,

en el agua mansa,

en las dulces frutas

doradas de sol…!

 

¡Acerca tu boca:

quiero que me bebas

sorbo a sorbo, amado;

como el agua clara

de algún manantial!

 


Triste alegría

 !Qué manera tan rara

de quererte:

es dicha y es dolor

esta ternura,

que duplica mi vida en llama

obscura!

 

No sé cómo has podido

vencer la gran muralla que hay en mí,

y transformarme en algo

que jamás presentí:

gajo de luna tierna,

corola pensativa,

alborada de ensueño en tu sendero,

leve espuma de mar de otro planeta,

desnudez y silencio de lucero!

 

Si estoy cerca de tí

me invade todo

un júbilo de estrellas temblorosas.

Si estoy lejos de tí,

siento en el alma

un florido desvelo de tristezas.

 

Cerca y lejos de tí:

mi sangre en rojo lento

se desata;

mi sangre en agonías

se matiza;

para volver ¡por tí! en ciega prisa,

a ser dicha y dolor;

sombra espesa y fulgor,

sonrisa y llanto,

por esa pena de quererte tanto…!

 

Raíz

 ¡Oh madre! que me diste tu sangre y tu ternura,

en el fresco remanso de tu fe nazarena:

¿Por qué soy tan distinta, y en mi psiquis obscura

no revienta una clara semilla de azucena?

 

Madre que eres agua y trigal, sonrisa y luna,

despertar de jazmines cuando en la tarde llueve:

¿por qué yo de tus ansias no me plasme en alguna,

y nada llevo en mí de tu existencia leve?

 

¡Oh, padre, padre mío! qué esfuerzo tan profundo

hiciste de tu carne y de tu sueño ardiente;

para dejarme todas las locuras del mundo,

en este ritmo inquieto que martilla mi frente.

 

Soy violenta y altiva como tú me querías,

soy salobre y desnuda como el grito del mar;

y todas estas cosas, que tú llamabas mías,

de tu sangre impetuosa las hube de heredar.

 

Por tí soy indomable como un potro salvaje,

a través de la vida si el paso alguien me cierra;

yo siento que me empuja con tremendo coraje,

tu corazón dormido, debajo de la tierra.

 

¡Oh, madre: cuán lejos de tu alma y de tu vida!

¡Padre: cuán cerca de la tuya, a pesar de la muerte!

Pero fue ayer no más, ¡ay, de amor estoy herida!

y al mirarme en sus ojos, sentí padre, perderte.

 

Me aprisionó la magia celeste de su arrullo,

y ahora soy un copo de ensueño y de quimera;

más dócil que la seda, más tierno que el capullo

que lleva en sus entrañas la fresca primavera.

 

Padre mío: ¡Qué lejos de tu huella y tu destino!

Madre mía: hoy que estás en mi ser, múltiples veces,

¡bendita sea la gracia de hallar en mi camino,

este amor que ha domado, todas mis altiveces!

 

A la orilla del río

 Si vieras que sueño he tenido

a la orilla del río:

soñé que era todo el paisaje

color de tus ojos,

y en su fondo de luz presentía,

otro extraño color que escapaba

a la inmensa visión de mis ojos.

 

Si vieras que sueño he tenido

a la orilla del río:

soñé que era fruta madura

tu boca encendida,

y al probarla hecha miel en tus besos,

otro extraño sabor me embriagaba

a la orilla del río.

 

Si vieras, ¡Cómo he despertado

a la orilla del río:

una inquieta y menuda hoja seca

golpeó mis mejillas.

Después, bajo el coco

rumor de la fronda,

tu nombre, en sus ondas,

pronunciaba el río!

 

Tarde cautiva

 Tarde de lirio y raso,

afelpada de ensueños,

aturdida de alas

pasando entre los dos.

 

El sol se astilla inquieto

sobre los pinos verdes;

con su gracia de mago

y sus hilos de luz.

 

¡Qué claro es tu silencio

en los surcos del viento,

que nos barrió la inmensa

locura de llorar!

 

Estás frente a mi ruego:

callado, indiferente,

como una estatua viva

que ignorase el dolor:

 

¡Mírame:

estoy toda desnuda

bajo el cielo de enero!

Toda yo transparente,

fragante, pura y leve;

con manos de celajes,

con rumores de selva,

y mil cristales nuevos

rompiéndose en mi ser.

 

¡Mírame!

Mi palabra es de brisa,

mis cabellos de musgo

y mi boca de sol.

Estoy toda encendida

bajo el cielo de enero;

con esta tarde inmensa

cautiva entre mis brazos,

y un arrullo de pájaros

golpeándome la sien.

 


Corazón

 Corazón mío:

ya no eres el mismo de antes,

sereno y risueño

como la ribera de un lago pequeño.

Te has vuelto

estruendoso y gigante como el mar.

Te agitas y subes

escalando estrellas,

bólidos y nubes.

Colmado de anhelos,

te han nacido en torno

rutas paralelas;

y hasta la raíz

salobre y henchida de un nuevo vigor,

te siento embrujado

de luna y de amor.

 

Corazón,

como una montaña estas creciendo

dentro de mi ser.

Te han nacido árboles

con melenas de ausencia;

volcanes de alegría enardecidos,

cordilleras de luz y de silencio,

ríos de miel, con peces encendidos.

 

¡Dulce corva dorada!

donde una mano trémula y soñada,

rompe la linfa pura

y aprisiona tus barcos,

tus lianas de ternura

y tus algas de besos.

 

Corazón:

como un sol deshecho,

en raudales de lumbre te desatas

desde el pecho.

Quieres liberarte,

gritar,

y andar jubiloso

sin un solo minuto de reposo.

 

¡Qué extraño te siento:

más grande y ligero

que mi pensamiento!

 

¡Corazón mío:

ya no eres tranquilo y pequeño

porque tienes dueño!

 

Horizontes

 

Espiga

 Campesino de mi tierra:

ebria de soles desnudos

y de vientos sin regreso,

en los caminos del tiempo

está creciendo una espiga

para los surcos futuros.

En estación no lejana

de fragante primavera,

reventará la promesa

en la orilla de tus ansias.

 

Segador de madrugadas:

sobre la cumbre empinada,

está madurando el alba

tu vigilia de luceros.

 

Una hoz trilla el silencio

de tus gavillas despiertas…

En desvelo de distancias

y de rutas sin regreso;

sueñan nuevos horizontes

tus cien caminos inéditos.

 

Campesino de mi tierra:

¡Una hoz trilla el silencio

de tus gavillas despiertas!

 

Caravana

 ¿Qué ruta prosigue la gris caravana?

¡Caravana obscura, caravana parda…!

 

¡Cómo marchan todos: iguales y firmes,

rumiando muy hondo canciones de angustia

bajo los aleros de un yugo tan largo!

 

Van rudos e inquietos

de frente al destino,

sembrando de voces los anchos caminos;

de voces que acaso, bajo de las piedras

se irán enredando con fuerza tremenda.

De voces que acaso irán alcanzando,

las extrañas rojas

y las fibras vivas

de los otros hombres que pueblan la tierra.

 

Y sus hijos de hoy, pequeñitos,

con musgo en el alma de llanto y miseria,

¡qué gozo mañana sentirán al ver

las puertas abiertas a un nuevo destino!

 

La Escuela Rural

 Hoy tiembla el campesino

de emoción rara y suprema;

nunca sintió esa dicha

tan honda como hoy.

 

El milagro está inédito

en sus manos morenas,

en el surco dormido,

grávido de semillas,

y en el eco impreciso

de la palabra nueva.

 

Hoy sabe el campesino,

por qué es el trigo rubio

y verde la campiña,

y piensa lo que vale

su área limpia

de tierra humedecida.

 

Hoy piensa

con orgulloso encono,

que si los ricos viven

es tan solo por él,

y sueña,

vencer a los de arriba

en la lucha futura.

 

Hoy, ya sabe por qué

viven los ricos;

así lo ha comprendido,

en la lección primera

de la Escuela Rural!

 

El niño futuro

 El niño futuro será fuerte y ágil.

Llevará en sus manos: lo duro,

lo frágil,

el símbolo, el libro, la luz!

 

El niño futuro llevará en su boca:

la grata, la inquieta

palabra bendita de la libertad.

 

El niño futuro abrirá el sendero,

marcándole a todos triunfal derrotero

como heraldo nuevo

de la humanidad.

 

El niño futuro odiará la sombra,

las claudicaciones, la violencia ruda,

y todos los males que siembran los hombres.

 

El niño futuro amará los libros,

la ciencia, la escuela,

abrirá horizontes de luz y verdad.

 

Heraldo triunfante del verbo y la idea,

llevará en sus labios

como luz febea,

la palabra inquieta

de la libertad!

 

Del corazón en llamas

 

Ídolo

 Más allá de los límites del tiempo,

de la vida, de la muerte y el espacio;

yo me sentía

poderosa y gigante como dios.

Y quise fabricar un hombre nuevo,

un hombre hecho de ensueños y quimeras,

de cosas invioladas e imposibles;

porque así,

sólo así será posible

me rindiera a sus pies.

 

Su materia fragante, pura y leve,

yo la amasé con carne de los lirios

qué púdicos se abren a la luna.

Y me decía:

¡este será mi hombre verdadero!

y temblaba en mis venas la alegría

de plasmarlo,

a punto de azucena y de lucero.

 

Yo logré de la noche

la raíz más espesa para su cabellera;

musgo suave, sus manos;

corazón de alba;

boca de sol que inunda la pradera…

Mi hombre era

luminoso y perfecto;

más perfecto y radiante

que la obscura y menguada

obra del mismo Dios.

 

¡Mi ídolo!

hecho con sueños míos,

fraguado en mis dolores,

en mis delirios todos,

en el oleaje ardiente de mi sangre

y en la fértil espuma de mi risa…!

 

Yo nada puse en él de piedra ni de lodo,

nada de sombras…

¡era mi Dios, mi todo!

 

Y así, para adorarlo muy lejos de lo humano,

con un amor sin límites que pasara lo arcano,

con él me fuí a la torre más alta de mis sueños;

la torre que no alcanzan el águila altanera,

ni la flor,

ni la nube,

ni el viento,

ni el lucero!

 

Allí,

en la emoción erótica que embriagó

mis sentidos;

y la carne en deseos,

de todos los deseos que conservé dormidos;

yo desnude mi cuerpo de de gasas y de tules,

y solté mis cabellos,

y perfumé mis senos,

y me rendí a tus pies.

 

¡Mi ídolo!

adorable, divino… pero muerto.

¡Pobre ídolo mío!

sin hálitos de vida para calmar mi sangre,

sin torturas de hombre para vaciarse en mí.

 

Herida de impotencia,

descendí de la torre otra vez a o humano

a caza de la vida en el negro pantano.

Hombre:

aleación misteriosa de la invisible mano,

palpitación de ensueño y lumbre conmovida.

Hombre:

heme a tus pies,

¡vencida!

 

Y besé muchas bocas:

bocas fieras de Judas, de diablos y de santos;

bocas rojas y ardientes de ángeles perversos,

y me queme en la llama, como se quema un verso.

 

¡Hombre,

ceniza o lodo,

materia palpitante de América o del Congo:

eres mi Dios, eres mi todo!

 

El poema del alma ignota

 A través de todo mi cuerpo menudo

quisiera encontrarme.

Contemplo mi barro:

es frágil y fuerte, es rudo y lozano…

tiene de seda y roca, tiene de sombra y sol.

 

Yo enlazo mis manos con febril empeño

por saber si entienden del lirio que tocan.

Fueron cuencas tibias para el peregrino,

amasaron trigo, tejieron el lino;

y en más de una noche sutil y aromada

grabaron mis versos…

¿Y no saben nada de la propia hazaña?

¿Será igual la araña,

ignora que el viento destruye sus soles

o teje por dentro un sol de paciencia?

 

Yo palpo mis ojos,

y aunque los apriete descubren paisajes;

y siguen mirando, mirando, mirando…

¿Será que hay un mundo de raudos celajes

en todos los ojos que viven soñando?

 

En mis senos intactos y tibios

yo siento que inquietos dos ríos se estancan.

Y siento que al tiempo

mis óvulos vivos se van madurando.

En vano esperando

la humana simiente,

¡al fin ya deshechos

emigran… emigran…!

 

¡Mi pobre cabeza!

Yo soy un minero que busca en sus áreas

un filón de ensueño, de lumbre y belleza.

Yo miro y escucho por dentro mi cuerpo,

y me voy hundiendo

en la enredadera de mis nervios locos.

 

Se agita mi sangre,

y allá en las paredes de mi carne viva,

yo busco la fuerza divina y cautiva

que impulsa mi arcilla;

que plasma en mi barro la gran maravilla

del milagro eterno

que algunos llaman

Alma

o esencia de

Dios!

 

El gesto inmóvil

 Tengo el gesto tendido hacia tu inmensa calma;

quiero sentir muy hondo tu garra de pasión,

¡tan hondo! que no quede un rincón en mi alma

donde clavar la zarpa de otro impulso ancestral.

Siento fiebre en las venas…

Me asaltan los deseos de mezclar en l copa

el zumo de los lirios, con el lodo y la luz.

Quiero hallar en tu barro, toda la esencia plena

del gusano y la estrella, de lo negro y lo azul!

Quiero alcanzar tu noche y tu aurora radiante

por la escala encendida de mi renunciación.

Renunciación de todo:

de tus ojos, tu boca, tu sonrisa, tu ensueño,

tus manos torturantes y tu forma exterior.

Quiero encontrar intacta la fuente de mi empeño

donde la bestia anida como una maldición.

¡Será el momento enorme de ebriedad y tormento,

que sin romper cristales pueda palpar tu Yo!

¡Así sabré si eres un corpúsculo cósmico,

o un fragmento de cieno, sin esencia ni luz!

 

Rasgos

 Me sorprendió la tarde con el alma desnuda…

mi psiquis derramaba la erótica belleza

del placer… Mi ansiedad oscilaba de duda,

y mi barro era ánfora de ancestral impureza.

 

La sombre se hizo en torno… Sobre la cima muda

yo esperaba el milagro de la naturaleza.

¡Oh, mi ansiedad profunda se fué tornando cruda,

cuando la noche augusta alzo su fortaleza.

 

Rasgóse la tiniebla y apareció la luna

rielando por el éter, sin dejar huella alguna;

semejaba un topacio de resplandor llameante.

 

II

 

Allí temblaban rosas sobre agitados senos

que idealizaban símbolos de indescriptible vicio;

allí rodaban besos de mieles y venenos

en alas de placer, como flores de hospicio.

 

Bajo frondas de algalias y entre ritos serenos,

practicaban las diosas el rojo sacrificio

de las pagodas… Huían, a los fulgores buenos,

del astro que alumbra sus fiestas de artificio.

 

Yo me alejé turbada de la pagana orgía,

y cuando el astro único derramaba a porfía

el lumínico efluvio de su esplendor nitente.

 

Volví inquieta mis ojos hacia la verde loma,

y en vez del templo entonces, creí ver a Sodoma

ardiendo en la pira flamígera de Oriente.

 

Enamorada

 Estoy enamorada del mar…

Y me vendo, me vendo por una canción.

 

¡Ah! si él quisiera desnudarme

y poseerme como a la Storni:

con su sal y mi sal,

con sus peces de lumbre apagada

y mis sierpes de sangre encendida;

con sus ojos de selva inviolada

y mis ojos de sombra vencida;

con mis brazos de espuma

y su espuma de abrazos;

con su angustia rebelde de hombre

y mi suave pasión de mujer;

con sus manos de lianas espesas

enredadas en mi cabellera;

huyendo de ondinas y de calamares,

con él yo me iría cruzando fronteras

de rojos corales.

 

Yo estoy enamorada…

¡Y me vendo, me vendo por una canción,

que venga del mar, cantada por él!

 

Raudal

 

Poema al hijo soñado

 Si yo tuviera un hijo,

¡qué alegría infinita rebosara mi ser!

poca sería mi alma para tanta ternura,

y en sueños,

jamás me ganaría otra mujer.

 

Yo he trenzado en mi vida como sueño impoluto

la esperanza rosada de tener un afán,

para ir por la tierra, voceando entre la brisa:

¡tengo un hijo de nieve, hermoso como un Dios!

 

¿Qué ropa le pondría?

No hay hilado tan fino que soportar pudiera

su cuerpecito blanco y frágil como el lirio

que nace entre la espuma y el oro del trigal.

 

Si yo tuviera un hijo,

¿Cómo le llamaría?

-ni el poeta de “Poda” lo diría mejor-,

un nombre que evocara todas las cosas bellas,

tan musical y raro,

que solo se escapara

en un sueño de Dios.

 

¡Hijo, mil veces hijo de mi sueño infecundo,

por tí surca mi vida un río de ansiedad

que va inundando todo: mi corazón, el mundo,

en ímpetu creciente y a fuerza de esperar.

 

Por todos los caminos abiertos a la vida,

quitando las espinas yo tendría que andar;

y así, sobre la inmensa piedad de las arenas,

sus diminutas plantas irían por el mundo,

dejando en cada paso, levemente marcada:

una rosa de carne, ¡nacida de mi ser!

 

Mensaje a la Francia liberada

 “La risa de Francia suena

limpia y clara, y no pierde sus

derechos ni aún en la hora más

trágica.”

 

Marialcira:

tú que tienes la prestancia

de reírte como Francia,

llévale un mensaje mío

en tu risa de mujer;

en tu risa clara y fina,

como el agua cristalina

del arroyuelo

en el rubio amanecer.

 

Un mensaje de esta tierra

que la sueña y que la quiere:

libre, fuerte, altiva y pura;

sin nazismos ni torturas,

sin cruces en los caminos

de los soldados que caen

bajo el furor asesino.

 

Marialcira:

tradúcele mis palabras

en el rítmico tesoro

de tu lenguaje sonoro.

Ella no sabe de otoños,

ni de tristezas cobardes;

ella no sabe de llanto,

aunque empañara su tarde

-como luz de camposanto-

una gran estrella obscura,

que acechándola en el aire

rondo por tierras y mares…

rondó la swástica el suelo

de mis más caros anhelos.

 

¡Qué se desangra mi Francia!

Mía, sí, porque la quiero,

y por que en ella reside

mi espíritu aventurero.

 

Marialcira:

en tu copa de alegría,

a las mujeres francesas

llévales mi rebeldía;

a los pobres viejecitos

que han perdido l esperanza:

¡mis sueños de bonanza!

A los niños:

¡mis cariños!

Y a los soldados heridos:

¡transfusión de sangre nueva

les ofrezco de mis venas,

para que rompan mil veces

del nazismo las cadenas.

 

Que se choquen, Marialcira,

los cristales de tu risa

con la risa de mi Francia;

que sea doble su alegría,

que la gracia de tu triunfo

pase en sueños

su glorioso Arco del Triunfo;

que se vuelque todo el día

en la regia gallardía

de este cálido mensaje…!

 

¡Ríe, ríe Marialcira

con tu limpia carcajada.

Ríe siempre en homenaje

de la Francia liberada¡

 

La Navidad del niño enfermo

 

Preguntóle el niño con voz fatigada

a la madre enferma de melancolía:

¿vendrán en noche, o en la madrugada,

o no vendrán nunca, buena madre mía?

 

Dí que es cierto, madre, que vendrán los Reyes,

cubiertos de regios vestidos pomposos,

cual todos los años por divinas leyes,

trayendo a los niños juguetes costosos.

 

Apártalo todo con mucho cuidado,

ese estante roto, y esa silla vieja.

¿Qué dirán si llevan el traje rasgado,

o en su cuerpo advierten, herida bermeja?

 

Que ningún objeto dañe sus sandalias,

que pasen marcando su paso bendito,

esparciendo en torno, perfume de dalias,

hasta en la pobreza de mi zapatito.

 

¿Qué piensas?… ¡Oh, madre! ¿Por qué la tristeza

vela en tus pupilas la lumbre infinita?…

¿por qué vacilante, doblas la cabeza,

con afán perenne de rosa marchita?

 

¿Qué quieres? No espero ni grandes ni chicos

extraños juguetes de bellos colores,

pues es privilegio de los niños ricos

que duermen en lechos de gasas y flores.

 

No sé por qué sufres, cuando solo quiero

pequeña cajita con varios creyones;

así tendré todo: la fuente, el lucero,

la casita blanca, nardos en botones.

 

¡Qué frío tan frío penetra en la estancia!

¡no madre, no cierres, no cierres la puerta,

que después los Reyes que aroman la infancia,

pasarán creyendo la estancia desierta…!

 

Y durmióse el niño, febril, delirante,

soñando travieso, que sus manecitas,

dibujaban rosas del prado distante,

y la blanda nieve de las margaritas.

 

Después que la incierta claridad del día,

derramó doquiera su sonrisa franca,

la mujer enferma de melancolía,

tendió sobre el niño la mortaja blanca.

 

Tuvo muchas rosas regadas con llanto,

colores del alba, oración de angustia;

menos la cajita que soñara tanto,

en las navidades, de esperanza mustia.

 

La estrella sumergida

Para vivir la espera está mi sangre

como un brote de luz, fuerte y ligera.

De la aurora,

me quedó esta libre fragancia

que no implora ni se mengua.

 

La sembraré de nuevo

entre guijarros;

en la violencia azul de las espinas;

entre las gritas de los anchos

oscuros,

donde duermen los niños

pegados a los muros.

 

La sembraré como un credo,

que irá diciendo a todos

el milagroso don del árbol nuevo;

de la piedra pulida

por la mano del río,

y la rosa en suspenso

que esmaltara el rocío.

 

Así,

entre la voz amarga

de los hombres,

que vieron el naufragio

de la estrella.

 

Ahora,

mientras hago la siembra:

hijo, ¡no vengas!

A tu virtud no ascenderá

ni un trino,

están llenos de limo

los caminos.

¡Si supieras del íntimo reclamo

de la rosa y del viento,

de la aturdida mariposa leve,

de los peces sin lágrimas ni acento!

¡Hijo, te quiero iluminado y fresco

como pulpa de fruta sazonada!

 

Si vienes en estación de luz menguada,

se tronará ceniza

tu pequeña palabra atribulada.

 

Por tí,

desde la estrella sumergida

hasta la luna llena

yo seguiré mi sino:

incólume fragancia de azucena

sembraré en los caminos.

 

Quizás,

tarde o temprano,

la espiga de la fe romperá

el muro,

y marcharán tus plantas

hacia un glorioso amanecer futuro.

 

Raíz cósmica

 

Yo quisiera decir

 Gira la estrella,

gira l tierra,

se va la flor.

Y yo aquí clavada como un árbol,

sin alcanzar el límite

de una nube,

sin poder en mi acento

para domar el viento.

Sin huella, sin historia y sin destino,

como una piedra lisa

al borde del camino.

 

Yo no soy dueña de mi misma.

¿Y todavía hablan de libertad los hombres?

Sí, libertad para decir palabras locas,

para mover las manos  desgarrar entrañas,

para empujar la bestia que llevamos por dentro,

desde el equilibrio

de nuestro propio centro.

 

Yo quisiera decir:

¡soy libre!

Caminé sobre el mar,

he girado m{as que la tierra.

Vengo de la Atlántida sumergida,

de la Lemuria oculta entre los siglos;

de la India fantástica y ungida

con la apacible lumbre

que vierte el Ramayana.

 

Yo vengo del Egipto milenario,

y cuando quiera me iré tras la brisa;

me perderé en lo azul como las aves,

o seguiré la ola

que la espuma acaricia.

¡Pero es mentira

la libertad del hombre!

Esta carne rosada me aprisiona,

infinitas murallas se interponen

entre la nube y yo,

y si pretendo

cruzar el mar con mi menudo paso,

me hundiré para siempre

en su regazo,

porque es mentira la libertad del hombre!

 

Campanas

 Mi carne, ¡Pobre carne mía!

Mi sangre, ¡Pobre sangre mía!

Y pensar que soy nada

con un poco de todo:

hierro, fósforo, oxígeno.

espuma, sal, tormento…

 

Mi cuerpo menudo:

tibia montaña de átomos.

Mi sangre impetuosa:

río ciego hacia el destino,

sin orilla ni camino.

 

Mi pobre esqueleto:

árbol nuevo de gajos floridos,

con campanas locas

de amor y alegría

gritándole al tiempo:

“¡Qué alegre es el día!”

 

Mañana, ¿qué será mañana?

¡árbol viejo tendido en la tierra,

cubierto de sombra,

gusanos y cuervos!

 

¡Pobres campanas mías!

que nunca preguntan

a la noche oscura:

¿Qué vendrá después?

 

Yo soy cosmopolita

 Amo todos los puertos, los mares, los caminos,

las islas solitarias, las ciudades pomposas;

amo todo lo extraño,

sueño todas las cosas que no han visto mis ojos,

arder bajo la lumbre de los ocasos rojos.

 

¡Amo todo lo ignoto!

Polvo de cien jornadas pido para mis plantas

de eterna peregrina.

Quiero viajar sin rumbo a través de la escarcha,

de la sombra,

del viento, de la rosa y de la espina.

 

¿De dónde me viene este afán de ser gitana,

y esta locura inmensa de emprender

cada mañana un viaje,

hacia un lejano y nuevo fantástico paraje?

 

¡En esta tierra esférica

y llena de caminos,

yo estoy como clavada

en un puerto de América!

 

¿Quién me ata a este suelo?

Desnuda estoy de anhelos pequeños…

¡Patria!

Inmensa patria mía, sin dueños ni fronteras,

yo juraré en la tierra defender tu bandera:

¡la bandera infinita de los cielos!

 

Yo soy cosmopolita,

y el mundo es en el Cosmos una pequeña islita…

 

¿Por qué bulle en mi sangre

esta impaciencia loca,

que fustiga mis plantas

y en versos se desboca?

¿Soy la reencarnación del errante Judío,

o llevo cromosomas del loco Don Quijote

que a punta de molinos ensartaba luceros?

¿Es retorno de psiquis,

o es herencia de sangre de algún aventurero

que trajinando siglos volcó su chispa en mí?

No sé, que responda la Ciencia.

Isis tiende su velo y enturbia mi conciencia.

Yo solo sé que anhelo trillar

cualquier camino:

sin brújula, sin norte, ni punto de destino.

 

Yo soy una amalgama de razas y de voces,

y se engaña la gente

al verme tan serena, sin inquietud ni prisa

atravesar la calle.

Y pensará:

que vida tan sencilla esa muchacha pasa:

versos, libros, quimeras

y un jardín en su casa.

 

¿Nadie advierte que llevo

grilletes y cadenas?

¿Nadie escucha las voces

de mi profunda pena?

 

¡En esta tierra esférica

y llena de caminos,

yo estoy como clavada

en un rincón de América!

 

Cuando yo muera

 Cuando yo muera, madre:

no dejes que me recen otros labios extraños,

ni me vistan de blanco

manos torpes y hurañas.

Quiero manos de artistas que tallen mi cintura,

que sobre el pecho me coloquen rosas

perfumadas y hermosas;

que me peinen los rizos

y me pinten los labios

con inmensa ternura.

Manos leves y buenas que no tiemblen de espanto,

ante el barro ya inmóvil que aguarda el camposanto.

 

No quiero agua bendita ni palabras dolientes,

¡ni una lágrima, madre!

por mí viertan tus ojos.

Tú que un día me diste dos alas impacientes

para escalar la cima,

no llores ante el hielo de míseros despojos.

 

No me cierres los párpados:

quiero ver el misterio

que me espera en el fondo

de la noche más honda.

 

No me cierres los párpados,

que en la mansión desierta

(si todo será nada),

quiero hallarme entre rosas

y durmiendo despierta.

 

¡Nada! ¿será posible?

¡Yo volveré!

Inextinguible es la materia y todo.

Yo volveré en la brisa, fugitiva y traviesa,

a coronar de ósculos tu nevada cabeza.

 

¡Oh, Dios!

por ella te pido:

no me tornes espina,

ni guijarro, ni roca;

si mi ternura es poca para seguir su huella,

o mi ambición es loca;

si no puedo ser roble para darle mi sombra,

ni fuente que la nombre,

ni viento que recoja su gran palabra santa;

déjame ser entonces, en mi regreso cierto:

menuda florecilla que creciera en el huerto,

para morir de nuevo, ¡perfumando su planta!


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