El Cuaderno de la Alegría Plena / 1966

 








El Cuaderno de la Alegría Plena es una pequeña obra dedicada a la memoría de su madre en el segundo aniversario de su muerte el 22 de Marzo de 1966, en la cual rememora todas las vivencias de su niñez, juventud y adultez, al lado de su madre y de sus hermanas:

 

Ofrenda a nuestra Madre Alcira en el segundo aniversario de su muerte

 

Paz

 

¡Oh, qué alegría de agua suelta, madre: nunca hemos estado distantes, ni en la sombra mansa del hogar, ni en la ancha claridad de los caminos infinitos!

 

Vine al mundo con dos alas de ensueño, casi diría que nací poeta. Y en ese volar sencillo del rocío a la nube y del aroma al canto, siempre ibas tú conmigo, ¡siempre llevaba tu bendición de paz!

 

Jamás hallé en el camino: ni nubarrón ni piedra, ni espina ni abismo, ni lodo ni desierto… Doquiera he llevado la paz que pusiste en mi corazón, y todo el universo se me ha vuelto musical y diáfano como la paz de Dios.

 

Voces oscuras me dijeron un día: no alcanzarás la meta, muerte el viento y agoniza la esperanza. Pero llegué, porque tu bendición iba delante, haciendo el milagro de despejar la vía.

 

Otras voces, no creyendo en la firmeza de mis ideas, me dijeron: cuando muera tu madre vas a llorar; pero no lloré, porque tú permaneciste serena ante la muerte, mi corazón te miraba y seguía en paz.

¡Qué paz tan grande me diste. Es tan grande que casi tiene la inmensidad de Dios!

 

Cuando Partio mi Padre

 

¿Había luz en el cielo de mi infancia cuando murió mi padre? ¿Existe algo en la mente que torna los hechos polvo de olvido? Recuerdo apenas que todo era como un ramo de sombra: paisaje mínimo donde sé que lloraban lo cirios, porque mis manos querían la cera blanda para hacer las grotescas figuras que salían de mis primeros sueños.

 

Creo que apenas tenía yo cuatro o cinco años cuando murió mi padre. ¡Cuánta soledad debió quedar en tu alma, madre! Pero para que no notásemos su ausencia, nos decías: Dios es el padre de todas las criaturas y nadie vive desamparado.

 

Entonces, yo imploraba con mi mano pequeñita hacia la altura:

-Padre, ¿puedes darme un centavito para comprar un dulce?

 

Ahora digo:

-Padre, ¿puedes darme una estrella?

 

Y de tanto pedirle claridad, siento que ha diluido una estrella de versos en mi corazón.

 

Tres Mujercitas

 

Y en el jardín sin jardinero ya, quedaron tres capullos a tu amparo maternal: Rosa, Olga y Rosario. Más tarde, cuando hablabas de nosotras a las vecinas, solías decir con voz dulce como si saliera de un cuento de navidad: “Mis muchachitas son muy aplicadas, mis muchachitas son muy laboriosas, mis muchachitas son muy buenas”. Y crecimos, madre; y aprendimos a desenvolvernos en esta dura vida. Y después de muchos años, cuando una fina nevada se aproximaba a nuestras cabezas, para ti, seguíamos siendo “las muchachitas”.

 

Júbilo de la Infancia

 

Nuestra infancia: una orilla de palmeras susurrantes, por el lado opuesto, un sol rojo que siempre salía en el mismo sitio, y en el centro, la cinta azul del lago anudando el paisaje.

Hubo muchos lugares bellos en nuestros primeros años: una huerta grande, una casita pequeña como un nido, y el canto, todas las mañanas, de un pájaro alegre en la enramada, por la que el viento pasaba libremente.

 

Simplicidad y Cielo

 

¡El tiempo, esa gran palabra que es minuto y eternidad! ¿Cómo pasaba el tiempo, madre, después de aquel ocaso sentimental? Cielo herido y rendida herida en tu costado. Y allí, en tu dolor, nosotras, como tres azucenas en doliente vara, cristalizando tu existencia.

Y en aquella aldea de pocos habitantes, con su clima de rocío y su cielo siempre azul, elevabas oraciones por la gloria del padre ausente.

 

¿Y nosotras? Nosotras teníamos una mata de higo en el patio grande y limpio de la casa. Yo marcaba los higos míos con unas tiritas blancas o rojas para conocerlos cuando madurasen, mis hermanas usaban otros colores. ¡Oh, qué simple es el tiempo en las manos de los niños!

 

Nuevo Sendero

 

Nuevo sendero te llamo al fulgor de un sueño que cristalizó en otro matrimonio de corta duración. Vino el vacio otra vez, y todo cuanto tenías, se perdió entre estas dos soledades.

 

Más, en el pulso doliente de la vara, quedó frente a la brisa una nueva flor: Elvira Luisa, vino también al mundo, con una estrella de sonora luz sobre el corazón.

 

Después, después… ¡qué moneda tan grande nos parecía la luna; y abajo, tú tan pobre o escasa de una moneda pequeñita para darnos el alimento del día!

 

¿Cuál camino ibas a trillar para darnos el pan cotidiano y los juguetes en diciembre? ¿De qué fuente ibas a tomar el agua para regar tus cuatro rosas? Y volviste otra vez, -como lo hiciste de soltera- a pedir un sitio en la tierra zuliana para dar tu cuota de claridad al mundo.

 

Así fue como un día, -que para ti debió ser domingo- colocaron en tus manos un nombramiento de Maestra Rural.

¡Cuántas espinas, parajes solitarios y arenas quemantes para llegar a la escuelita anónima. Solo sabían de ella: los árboles, la brisa y las estrellas! Y también, aquel racimo de traviesos niños con ojos de esperanza. Muchachitos pobres de los campos, con un solo libro, una pizarra pequeña, pantalones remendados y unas chinelitas empolvadas de caminar distancias.

 

Sin embargo, cuánto júbilo fresco cuando gritaban con acento de pájaro en la mañana recién nacida:

¡Buenos días, Maestra!

 

En esa simple oración escuchada diariamente, comenzó mi mundo de ensueños. Yo los veía entrar –como en un cuento de hadas- con otros rostros y otros modales, tal vez como pequeños piratas o invasores de menudas islas, y eran los protagonistas de mis cuentos.

 

Vamos a comenzar con las bolitas –les decías, madre- yo las hago en el pizarrón y Uds. En sus pizarras. Ven: una, dos, tres, cuatro… Y tu voz de hierba fresca llenaba el pequeño salón.

 

Muchos chicos las hacían bien, otros borraban con saliva y comenzaban de nuevo. Y así, entre números, bolitas y letras ibas ganando gracias o te ibas santificando con tu cartilla de luz.

 

Ahora comprendo tu dura misión en la tierra y con cuanto valor ibas de villorrio en villorrio, abriendo surcos de claridad en aquellas almitas simples.

 

Y te evoco en esos primeros años:

 

Como la brisa mansa jugando en los caminos…

Como un rio claro, lleno de alas en vuelo…

Como un paisaje de aroma, donde cada árbol es una mano que saludara a Dios…

Como un rumor de esquilas en la quietud de los campos…

Como la nostalgia de un viejo campanario entre la lluvia…

Como el anuncio de la primavera en la garganta de los pájaros…

 

Una tarde, en aquella enramada donde el viento pasaba libremente por sus cuatro costados, molías –y era una de tus tareas cotidianas- el maíz fresco para las tortas de la comida. El crepúsculo como un manto de oro, caía suavemente sobre tus hombros, y yo pensé, que el mismo Dios te besaba con sus arreboles de purpura sagrada.

 

El Paisaje era así

 

Una casita blanca y pequeña, árboles, trinos, y por todos lados: caminos anchos que el viento barría. Muchas veces, el ojo turbio de un jagüey solitario o el murmullo de las ondas remedando las palmeras.

Geografía mínima con un puñado de nombres que caminaban lentamente hacia el progreso: La Concepción, Barrancas, Perijá, La Rosita, etc. En todos esos lugares, abriste tu cartilla de signos luminosos. Al recordarlo, ¡Cuánto de aroma y dolor nos lleva y trae el tiempo!.

 

Aquel Rosario que ya no Rezamos

 

A la hora del Ángelus, cuando una sombra temblorosa parecía envolver todas las cosas, cuando la primera estrella se abría como un lirio de oro en el azulado cielo; tú, madre, con voz de agua dulce que parecía caer sobre las hojas del huerto, nos llamabas una y otra vez:

 

-¡Muchachitas, a rezar! ¡Muchachitas a rezar el Rosario!

 

Nosotras entonces, en los pequeños asientos de los escolares, formábamos un semicírculo a tu alrededor en el patio delantero, y como siempre te oíamos repetir mientras pasabas las cuentas del Rosario: “Arca de Alianza, Puerta del cielo, Estrella de la mañana…”. Y nosotras respondíamos con un dejo de fastidio: “Ruega por nosotros”. Mientras tanto aplastábamos las pequeñas hormiguitas o hacíamos rayas en la arena con los dedos o un palito. ¡Ah, entonces ignoraba todo el valor de las laboriosas y pacientes hormigas en el proceso eterno de la creación!

 

Muchas veces interrumpíamos el Rosario para decirte: Me duele la barriga, yo no tengo ganas de rezar. O Bien; mamá tengo una cosa en la garganta y no puedo hablar.

 

-¡Vamos, déjense de mañas que después las castiga Dios!

 

Así se deslizaba el tiempo, y en la brisa de la tarde se alzaba siempre tu voz: “Rosa mística, Torre de marfil…”. Más, un día –en ingenua conspiración- nos escondimos detrás de los algodonales para no rezar, y en vano llamaste una y otra vez:

 

-¡Muchachitas a rezar!

 

La penumbra invadió la huerta, y cuando llegamos a la estancia, no hubo reproche alguno. Desde entonces rezaste sola. ¡Qué alegría, nos habíamos liberado de lo que nos privaba de jugar y correr por espumosa orilla del lago!.

 

Después, en lo más alto del barranco, a cuyo pie se rompía una puntilla de agua cristalina, improvisaba versos –muy malos por cierto- a Dios, a las estrellas y a las cosas de la naturaleza. Sin saberlo, oraba en voz de poesía, y al correr de los años, esa ha seguido siendo mi mejor oración.

 

De esta manera pasaba el tiempo en aquel campo luminoso, donde el lago se estrecha como para alzar con más júbilo su calcárea isla de Toas.

 

La Tierra Incognita

 

De vez en cuando, veníamos del campo a la ciudad para efectuar ciertas compras y también pasar vacaciones. En una ocasión volví a la casita del barranco con un paquete de libros espiritistas; los cuales me prestaba el noble amigo Elio Soto, en cuyo hogar se practicaba la ciencia de Kardec.

 

Aquí ardió Troya, me reprendiste duramente, alegando que dieciséis años no eran suficientes para interpretar tales lecturas, y además, la formación de nuestro hogar era católica. Yo no respondí, pero pensé que esos libros debieron ser escritos por personas más preparadas que las dos y podían enseñarme algo. A hurtadillas las leía y releía ávidamente; además, cuando venía a Maracaibo trataba de asistir a las sesiones de espiritismo.

 

¡Qué alegría, qué mundo tan grande de sorpresas para el pequeño mundo de mi ignorancia! Sentí como si hallara una tierra nueva, maravillosamente nueva para mi conciencia de muchacha campesina.

 

Me di a la tarea de estudiar el espiritismo, y hasta me pareció que comenzaba tarde. Mucho había meditado sobre ciertas prácticas de la religión católica que jamás llegaron a convencerme. Desde entonces, sentí que llenaba en mí, un vacío desesperante. Todo me parecía extraordinario y anunciador de un sendero espiritual que yo debía trillar.

 

La Ciudad al Fin

 

Un año más pasamos en el campo. Y tal vez el destino para que las cosas tomaran otro rumbo, la “escuelita de ladrillos” fue eliminada. Nos vinimos a la ciudad, a esta ciudad marabina cuya fisonomía ha cambiado tanto desde entonces, solo permanecen inmutables, la cabellera azul del lago y el cintillo sonoro de sus palmeras.

 

Aquí quedamos cuatro mujercitas, en una casita humilde. Pensaste que ya estábamos demasiado crecidas para vivir en el campo. Y cuando te dieron otro nombramiento de Maestra Rural, te fuiste sola a abrir tu cartilla de signos luminosos en la zona de oro negro, donde los altos mechurrios de día, caldean aún más el ambiente, y de noche, parecen levantarse desde la tierra para en los abismos de Dios todas las estrellas. Tú allá y nosotras aquí: ¡herida ausencia de ensueño dividido! Éramos tus muchachitas y nos comportábamos como verdaderas mujercitas, para manejar el hogar y resolver todos los problemas que la vida nos presentaba.

¿Cuánto tiempo transcurrió así? Venías los sábados y ya el lunes amanecías en la escuelita rural; pidiéndole a Dios que acortara los caminos, para alcanzarnos con la vista desde la ventanita de madera, donde también se asomaban, los niños de tu colmena para ver caer la lluvia.

 

¡Cuántas semanas de ausencia, que sumaban años y que a nosotros nos parecían siglos!

 

La Jubilación

 

Un día, de tanto amasar esperanzas y otear horizontes de encontrados afectos, desatando palabras que subían del corazón, en una cartita plena de signos espirituales, le escribí al magnífico y laureado poeta zuliano, Rafael Yepes Trujillo (alto empleado del Ministerio de Educación para entonces), solicitando tu jubilación. También, con el mismo propósito, me había dirigido al Br. Rubén Córdoba; hombre demócrata y de mano generosa, que desempeñaba el cargo de Inspector de Escuelas del Estado Zulia.

 

La respuesta llego rápida, positiva, sin papeleos ni simulacros alentadores. La jubilación no fue muy generosa; pero la maestra rural, la de la espina ardida de soledad, la que soñaba con su pequeña vara de azucena al otro lado del lago, volvió con su equipaje apretado de gozo maternal a nuestro lado; ahora, ¡para siempre!

¿Para siempre?

 

A ninguno de las dos le di las gracias. Jamás hallé la palabra deseada. Pero siempre los recuerdo, y por ello, cambiando algunas frases, de aquella oración de niña en la que pedía un poquito de lluvia para la rosa y uno gota de roció para la mariposa; elevo mi pensamiento al Gran Arquitecto del Universo para pedirle que: el Poeta halle todos los días en su camino una flor de alegría; y que al Maestro Córdoba, no se le apague nunca la bondadosa luz de su espíritu. ¡Oh, cuantas cosas más he pedido para ellos; pero pobre lenguaje humano, que no sirve para traducir lo que siente el corazón!

 

¡Oh, Poeta, que laurel de estrella alucinada colocara yo en tu frente, por todo el bien que nos hiciste!

 

¡Oh, Maestro, qué pizarrón de horizontes pusiera yo en tu camino para los claros signos de tu generosidad!

 

Jamás podré olvidarlos, porque:

¡Cuán honda fue nuestra dicha entonces!

¡Qué paz de secretas mieles había en nuestra casa!

 

Madre:

¡Cuántos mimos para tu frente donde comenzó a vivir la calma de u lucero!

¡Cuánta ternura para decir cosas tan sencillas como éstas: ya van a comer muchachitas! ¿hoy es domingo?

 

Con cuánto afán querías entregarte a los quehaceres domésticos. En realidad, ya no había necesidad de tus esfuerzos en ninguna forma. Todas trabajábamos y todo se resolvía de una manera fácil y razonable.

 

Yo continuaba leyendo libros de espiritismo, teosofía, etc. Asistía a sesiones, propagaba la ciencia y ¡ya no te sorprendías ni me reprendías! Pensabas entonces, que había elegido lo mejor del mundo para alimentar mi espíritu. Y mi casa se lleno de libros, versos y paisajes.

 

Y fue tiempo de aroma.

 

Y los años fueron pasando y pasando dulcemente, y tú estabas en el hogar como una llama inextinguible, como un hilillo de agua transparente, donde la vida parecía que iba a palpitar eternamente.

 

Tránsito a lo Azul

 

Pero un día, como el sueño de una rosa desvelada, te fuiste quedando inmóvil.

 

El cristalino hilillo de agua pura se rompió; mejor dicho: cambió de curso, como un signo victorioso se marchó hacía lo infinito. La llamita que parecía eterna a nuestro lado, en floración de luz, se fue al espacio.

 

Te marchaste serenamente el 22 de marzo de 1964. Más, ¿por qué tengo que decir que fue un día triste?

¿Es triste el momento cuando el gusano deja el capullo para convertirse en mariposa?

 

Sin embargo, muchas cosas queridas las he perdido en marzo… Pero en seguida, viene la multiforme y alegre primavera, con su cielo de aroma y su horizonte de colores.

 

No Volveré a Verte

 

Yo sé que ya no volveré a verte en la tierra, con la misma materia de ochenta y siete años y el mismo latido en el corazón.

Pero te he visto en sueños…

 

Y he escuchado tu voz diciéndome cosas tan familiares como estas: “ya ves, todo es tan sencillo; la muerte no es más que un poco de tristeza”.

 

Tu Mensaje desde el Mundo Astral

 

No tenías un mes de haberte ido de la tierra, cuando una noche, sentí en mis manos el impulso de un Mensaje que venía de tu espíritu. Transcribo tu sencillo Mensaje sin quitarle ni agregarle nada:

 

“¡Hijas: que Dios las bendiga siempre: es el deseo sagrado y eterno de la madre que quiere para sus hijas un paraíso de luz!

¡Gracias a Dios: esa fuente suprema de bienes y alegrías, que me permite derramar estas palabras sobre los seres que tanto amé y seguiré amando sobre la tierra!

 

Soy feliz, estoy serena, porque tengo muy cerca a un alma bondadosa que me da agua cuando tengo sed, y me abre la ventana del cielo infinito, cuando una pequeña sombra parece oscurecer mi nueva vida.

 

No tengo nada más que pedirle al Inmenso Creador. ¡Cuánto diera por hacer conocer esa alegría que no se puede describir con el lenguaje humano!

 

Que Dios las ampare siempre. No sufran. Estoy conforme y sueño con volverlas a tener a todas a mi lado”

 

Adiós,

 

Alcira

 

Madre: han pasado dos años desde el último día que miraste vagamente las cosas de la tierra. Y yo vengo a este crepúsculo de gualda y rosa a escribir este cuaderno; en tan felices momentos, alguien baja del cielo hasta mis manos para que pueda contemplarte en la secreta lumbre de un ensueño.

 

¡Gracias Dios mío! ¡Qué alegría, saber que no es cierta tu ausencia, el susurro de tu voz está conmigo y desde el más allá caminas a mi lado!

 

¡Tránsito feliz y fuerza plena de irte lejos para estar más cerca!

 

¡Qué alegría, saber que vas en la corriente evolutiva de todos los seres, hacia el vecino fulgor de otra existencia!

Por ello, madre mía: no lloro para que no te detengas ni te sientas triste.

Sé que vas hacia una edad de pájaros y rosas, y eso me consuela.

Sé que vas cruzando un puente de azules melodías. Mientras tanto, una flor invisible aroma tu marcha.

Sé que un ángel de rocío alumbra tus pasos por el sendero infinito.

 

Y yo aquí en la tierra, de tarde en tarde, vengo a este crepúsculo que te fue envolviendo lentamente, hasta que una sombre espesa, ¡más espesa que todas las sombras! Cubrió tu cuerpo pequeño y tranquilo. Más, nada se detiene ni deja de ser en el Universo, y caminas serenamente hacia lo eterno.

 

Jamás he ido al cementerio. Tu tierra está en lo “alto”. Y para sentirte cerca, me basta mirar la más luminosa de todas las estrellas. Tampoco me vestí de negro, ¡qué horror! Jamás te agradó ese color. Y mal lo hubiera hecho, cuando tu ibas a estrenar un color sin nombre, resumen de todos los colores: color cosmo, con el matiz doloroso y risueño a la vez, de todas tus existencias pasadas.

Yo sé que te sientes feliz, has venido a decírmelo otras veces. En la gaveta del escritorio tengo tus mensajes, ya casi los sabe de memoria el corazón.

 

¡Gracias por todo, madre! Y solo Dios sabe con la alegría que repito:

 

¡Gracias!

 

Rosa Virginia Martínez

Maracaibo, 22 de marzo de 1966


Comentarios