El Puerto es una Rosa Desvelada / 1980

 



El Puerto es una Rosa Desvelada

(Sonetos de ayer y hoy)

 

A Rosa Virginia Martínez

La más dulce entre todas las amigas
del asfódelo y de la tuberosa.
Mujer, música y flor: suma armoniosa.
Soberana entre pétalos y espigas.

Del mundo, entre piélagos mitigas
el ansia que a sus náufragos acosa,
por artista y romántica. I por rosa,
te rinden homenaje las ortigas.

Auscultas los Motivos de la Vida
con tu prosa que es lámpara encendida
en el fanal de la Filosofía.

Encantas con la magia de tu verso.
I el lago verde-azul llevas inmerso
en la luz de tu astral policromía.

Mario Briceño Perozo

 

 


La Estrella

 

Mi barco de ilusión y de esperanza
navegaba con rumbo hacia la estrella.
El mar, antes azul, todo bonanza
se empenachó de espuma en la querella.

!Marineros! –grite- la noche avanza:
contra el viento pirata y la centella,
Combatid en la ruta, lanza a lanza,
hasta lograrla al fin, fúlgida y bella.

!Arriba, marineros! ¡Hacia el cielo!

Pero mi barco a la deriva en duelo,
ancló en tu corazón de tierra viva.

!Al cielo! –repetí- y fue mi grito
a estremecer tan hondo el infinito,
que hasta la estrella descendió cautiva.

 


Tríptico al Amor

Mención honorifica en certamen promovido por el Ejecutivo del Estado Zulia.

 

I

(Simiente)

 

Un ansia vegetal que burla al lodo
y la apretada tierra del presente;
te transforma gozosa en el recodo
de tu celda sencilla y providente.

 

Imposible creer que guardas todo
un aromado mundo en tu simiente;

Y que tendrás, por tu apacible modo,
alfabeto de estrellas en la frente.

¿Qué imponderable fuerza te levanta,
en plenitud de savia y llama santa,
hasta rozar el cielo con los brazos?

 

¡Oh, arcano de Dios, lección primera
de la vida! –al rasgarte prisionera-
cabe trocar tu angustia en verdes lazos.

 


II

(Árbol de Mayo)

 

Amaneció mi canto en tu frescura
como signo de luz que nadie toca.
Aromado, en tu regia vestidura,
se detiene la brisa, -niña loca-.

 

Por tu sabia risueña que murmura,
asciendo en alma, corazón y boca:
tú y yo, dominando la llanura,
los pájaros, las nubes y la roca.

 

¡Qué dulce la fusión, árbol amigo!
Siento en mis venas palpitar el trigo,
y mi sangre en tu savia se enardece.

 

Si siempre en amorosa transparencia,
vivir pudiera en la cautiva esencia
de la flor que tan breve languidece.

 



III

(Árbol Tronchado)

 

De tu júbilo verde nada queda:
ni savia, ni pasión, ni trino al viento;
tu cuerpo seco en la amplitud remeda,
la maraña fantástica de un cuento.

 

Por tu savia vencida, yo levanto
esta canción de nardo hasta tu llanto,
que en silenciosa herida me conmueve.

 

¡Jamás permita Dios, pase mi mano,
más allá de la flor, o el fruto enano,
o tronchar tu vigor, con gesto aleve!

 

 


El Puerto

 

El puerto es una rosa desvelada,
que aroma con su gracia la mañana;
y alza un claro matiz de porcelana,
al cielo de su forma inmensurada.

 

El puerto con su acento de balada
y su vaivén alegre de gitana,
nos satura de gozo en la temprana
desnudez de su curva enamorada.

El puerto es un mosaico de esperanzas:
las gaviotas, los barcos y romanzas
de arribo fácil a la vasta orilla.

 

El puerto es la lección inolvidable,
que recordamos siempre con la afable
emoción que aprendimos  la cartilla.

 

 


Soneto al Muchacho Campesino

 

Pastor de nubes en la tarde fina:
sobre esta tierra de crecida espera,
tú eres dueño de la primavera
y dueño del rocío que se empina.

No abandones el agro por la mina
de oro negro; es garra traicionera
que absorbe vida y sangre. Es cordillera,
de falso brillo que el dolor trajina.

 

Tú eres sobre el campo y bajo el cielo,
fértil signo del tiempo que en desvelo
arrojará a los surcos nueva lumbre.

Tú eres con la tierra y la semilla,
el pacto de unidad que abrirá trilla,
desde el llano sumiso hasta la cumbre.

 

 


Ausencia

 

Se fue el sueño fugaz y alucinante
tras la encendida carne de un lucero;
el sueño que tuviera prisionero
en el dulce espejismo de un instante.

!Cuánto luché por verlo aquí constante,
cerca del corazón: fragante alero!
pero agitó las alas, y el sendero,
palideció de ausencia calcinante.

 

¡Conmigo ya no estás ni estarás nunca!
El cielo sigue azul, la rosa trunca
y en delirio tenaz porque te pierdo.

 

Más, ¿qué importa que el astro arda lejano?,
!si en el agua lo alcanzo con mi mano,
como tengo tu amor en mi recuerdo!

 

 


Guaricha

 

Fuga de luz: tu vida y tu paisaje,
por la mano inclemente de quien vino
a tronchar tu alegría y tu destino,
con actos del más rudo vasallaje.

 

Tú que debieras ser por tu linaje
siempre dueña del lago marabino;
de la verde palmera y el camino,
del claro amanecer y del tatuaje.

Nada te queda ya del sueño ancho:
ni tierra, ni cayuco, ¡hasta sin rancho!
vives sumisa al pie del cocotero.

Más, si eres de todos olvidada,
te quedarás por siempre retratada,
en los versos de Ábrego Montero.

 

 


Maracaibo

 

¡Oh, mi ciudad, gozosa y aromada!
!Oh, mi ciudad, mil veces por tu sino:
en palmeras de triunfo levantada,
para otear desde el lago tu camino!

 

Con la frente ceñida de alborada,
y tu sandalia de agua en rumor fino;
recoges como diosa nacarada,
espigas bajo el cielo matutino.

A la luz vagarosa de algún cirio,
yo te he visto despierta como un lirio,
en la mano del tiempo, pensativa.

Otras veces envuelta en tu sonrisa,
te he sentido llegar con dulce prisa,
al cauce de mi sangre rediviva.

 

 


Verde-Azul

(En un parque de Costa Rica)

 

Alguien alza en pétalos de aroma,
este cielo de nubes marineras;
alguien suelta las voces prisioneras,
de este río con alma de paloma.

 

Alguien ciñe este parque que se asoma
a la “tierra de eternas primaveras”.
!Dios bendijo sus mínimas fronteras,
y el alto pino, que los vientos doma!

 

Sobre el rumor festivo de las hojas,
se detiene el rocío sin congojas
y en vigilia de flor perfuma el aire.

 

Gotea azul el cielo. Alza el grito,
el verde delirante e infinito
de este parque de mágico donaire.

 

 


Canto a Nicaragua

 

A Chepita Toledo de Aguerri, “Mujer de las Americas 1950”

 

Soñadora ciudad de los espejos
de agua sumisa y plácido atavío.
Tierra de fuego y miel: vengo de lejos,
capitaneando en sueños mi navío.

Tu frente amo de pálidos reflejos,
tus pañuelos bordados de rocío;

La semblanza del indio, ortos bermejos,
y el áureo verso de Rubén Darío.

 

Admiro a tu Chepita Toledo
de Aguerri, por su hermoso credo
que ha poblado de luces el camino.

Nicaragua de lagos y volcanes:
en tu costado azul, libre de afanes,
canté versos de amor a tu destino.

 

 


Adiós

 

Aunque te diga ¡adíos! Dejo contigo
el canto de mi boca enamorada;
y el clamor de mi sangre desatada,
hacia tu cuerpo de dorado trigo.

Lejos de ti, ignoro si persigo
el gozo de una estrella rescatada;
o el dolor de una aldea abandonada,
sin estación floral, ni viento amigo.

 

Buena o mala ruta, ¡ya no importa!

Soñé tan larga la ventura corta,
que mi vida fue un río desbordado.

!Hoja al viento, velero sin destino;
va ciego el corazón por el camino,
y en un recodo, morirá cansado!

 

 


Soneto al Rocío

 

Breve gota de música liviana
que llega de la altura, temblorosa;
minúsculo universo en la temprana
desnudez de los lirios y la rosa.

 

Sonrisa de la hierba virgiliana
y espejo de ligera mariposa
que en estación de fresca mejorana,
decora la campiña jubilosa.

 

Juguete de los duendes invisibles
que viven en los cálices sensibles,
ignorados de todos los mortales.

 

Gotita de rocío: ¡alma secreta
de la lluvia! Alma que torna discreta
a los vastos espacios siderales.

 

 


Venus

 

Yo era una sombra vaga sin destino,
y fue la mano de la estrella amiga;
que mi larga tristeza de mendiga
tornó en rumor de alas y trino.

 

Fue la estrella del cielo vespertino
que dio embriagueces de dorada espiga,
a mi alma de abeja en la fatiga
de implorar luz y amor por el camino.

Fue Venus la hechicera y fulgurante,
estrella solitaria que al instante,
trocó mi vida mansa en catarata.

 

De entonces, yo le hablo y me responde,
y cuando a veces creo que se esconde:
toda dentro de mí, ¡su luz desata!

 

 


Ruta

 

Vengo de un territorio delirante
donde sembré mi sangre presurosa;
y marcho al tenue pulso de la rosa,
a otro territorio más distante.

 

Voz transida del viento, a cada instante
se acerca a mi costado sigilosa;
y a regresar en fuga melodiosa
me insta hacia la tierra fulgurante.

!Pero no volveré! Voy como el sueño
de un dulce niño. Voy con firme empeño
a recoger la luz de otras edades.

No siento ni el cabello ni el aliento,
soy apenas aroma y pensamiento
evadiendo dolor y oscuridades.

 

 


Rabindranath Tagore

 

“Yo llevo en mi mundo que florece
todos los mundos que han fallecido”.
Maestro Tagore, cómo me enternece
tu jardín risueño, hoy que ya te has ido.

 

Ahora Maestro, que tu paso crece
por el infinito, susurro a tu oído:
!que cante la hierba, el viento la mece!
Mi vida era oscura, no te había leído.

Tan pequeño el mundo y gigante el hombre
como tú enseñaste: hay un solo hombre
en todas las formas entrañando a Dios.

 

Tu lección repito, es bello el camino,
levanto la mano al surco divino;
y ahora, Maestro, ¡siembro por los dos!

 

 


Reminiscencia

 

Cuanto más la recuerdo yo más quiero,
a la humilde casita del barranco;
tal vez porque era nido de un lucero,
el agua de aquel pozo tibio y franco.

Una cinta de cielo marinero
bajaba silenciosa hasta el estanco;
a perfumar su azul con el romero
en la mañana de dorado flanco.

 

Virtud del pan y el viento campesino:
atar las cosas bellas al destino
de la rosa fugaz y de la estrella.

 

Soñar y regresar en la distancia,
a la paz luminosa de la estancia
que fue en mi corazón dúlcina huella.

 

 


Aquella Tarde

 

Al trémulo desgaje de la tarde,
bajo la sombra asaz de trepadoras;
te esperé vanamente, muchas horas,
coqueta y fácil, en sensual alarde.

 

La tarde evaporó su veste lila.
En grave plenitud de ensueño trunco,
abandoné en la paz discreto junco
con requiebros de luz en la pupila.

 

Al regresar, mi bien… sobre la hierba,
vibró en la quietud mi pena acerba
como flauta doliente en los senderos.

I a lo lejos las notas pastoriles,
ahogáronse detrás de los rediles,
bajo un cielo llorado de luceros.

 

 


Presencia de la Lluvia

 

Llegas por la mañana, jubilosa
de tocar con tu gracia el limonero;
y con dedos de frágil minutero
despiertas la menuda mariposa.

Danzas sobre las hojas, presurosa
de mirarte desnuda en el estero,
y simula tu pie por el sendero,
la imperceptible huella de una rosa.

 

Al fin quedas sumisa en la hondonada,
pensando que algún día, rescatada,
volverás a danzar por el camino.

Nadie ni nada mueve tu desvelo:
cruzan nubes y pájaros tu cielo,
sordos e indiferentes a tu sino.

 

 


Fusión

 

Hoy siento que mi vida es un paisaje,
con páramos, caminos y montañas;
tejen red de ilusiones las arañas
en mi pelo de trémulo sombraje.

 

¡Oh, sombra, pedreñal, agua dormida:
retoñemos en luz para la vida,
trocando en nuevas ansias hasta el llanto!

 

Gritad en mí: ¡oh, selvas y guijarros!
para librar al fin mi pobre barro
de ser “cosa” que cae al camposanto.

 

 


Isla de Toas

 

Emerge como un nardo del olvido
tu silueta de luna enamorada.
Ciñe tu pie rumor de marejada,
tras la nave del puerto que ha partido.

Con nubes y gaviotas, repetido
tu cielo está en el lago. Encadenada
al progreso del mundo, en la jornada,
el hombre ensancha tu costado herido.

Por afilar su brillo en tus canteras,
las estrellas bordean tus riberas,
al tiempo que de luz la sed mitigas.

 

Isla de frente clara y pie de armiño:
!qué bien estás en tu azulado escriño,
para un cuento de enanos y de ortigas!

 

 


Amor Perdido

 

Yo abrí mi corazón en cierta hora
de ensueño y poesía. Abierto era
como un fruto escarlata de la aurora
madurado en fantástica pradera.

Busqué furtivamente la traidora
fibra sensible que tu amor sintiera,
y tuve la visión aterradora
de mirar tras un prisma de quimera:

Todo un idilio de pasión ardiente,
perdido a mi pesar, trágicamente,

En la primera gota que fluyera.

I desde entonces vivo noche y día,
implorando a tus plantas, ¡alma mía!
como una extraña y débil pordiosera.

 

 


Soneto a Diciembre


Ya se acerca Diciembre a mi ventana
con su mirada azul de poesía;
su risa en el cristal de la mañana
es campana de luz, es ambrosía.

Viene de una estrella tan lejana
que no han descubierto todavía;
y en los mapas del sueño, se engalana,
con el nombre de magia o fantasía.

Diciembre de hidromiel y de rumores,
tu fresco pensamiento en los alcores;
inventan un asno, un pastorcito, un niño.

I tu risa de aroma desprendida
de la flor del pesebre –flor de vida-
!hosanna, cantará! ¡azul y armiño!

 

 


Un Alma

 

La sentiste, Señor? Pasó a tu lado
como el aura sutil de los rosales;
como un lirio divino y perfumado
en pos de tus jardines siderales.

 

La sentiste, Señor? Dos manantiales,
de ternura y amor para el cuitado
eran sus manos, suaves, maternales…
tal un óculo santo y adorado.

La sentiste, Señor? Pasó tan leve
cual una nota musical y breve
rozando apenas la celeste altura.

La sentiste, Señor? Sé que ha pasado,
porque tras el crepúsculo dorado
un nuevo astro en la región fulgura.

 

 


Tu Nombre

 

Jamás tu nombre fue dulce y sonoro
como en la tarde alegre del camino;
el río enventaba fantástico coro,
y ebrio de nubes, giraba el molino.

!Tu nombre, tu nombre! –saeta de oro-
más dulce que otro derramado trino.
La lluvia dejaba, ¡oh, rico tesoro!
caer en mis manos su júbilo fino.

Lo dije cual si fuera una plegaria,
al pie de la palmera solitaria
que vigila el reposo de los cerros.

El agua, el viento y la menuda hierba,
se llevaron tu nombre sin reserva,
desde mi corazón a los cencerros.

 

 


El Mendigo

 

Las nieves que cayeran en tu frente
me han contado la historia de tu vida:
rostro cansado de eterno impenitente,
secuencia al fin de la peor partida.

Cada vez que la moneda ingente
cae en la palma de tu mano herida,
la comparas al sol de aquel fulgente
andar de juventud desvanecida:

A nadie importas ya, nadie te mira,
ni la mujer o el niño que retira
el rico dulce en la confitería.

Tan solo un pero hambriento y achacoso
busca a tu lado el sin igual reposo
que da la muerte a vida tan vacía.

 

 


En Otra Estación

 

Yo sé que el rudo paso por la vida
es arcano de luz tras la muerte;
por eso los rubíes de mi herida,
los engarzo en el hielo de tu suerte.

I llegaré hasta ti de amor rendida,
trocando en versos la emoción más fuerte:
unirnos para siempre en la florida
y remota estación que soñé verte.

Allí seré tan tuya y tú tan mío,
que el huracán, la brisa, viento y frio,
pasarán sin rumor entre los dos.

Tan solo escucharemos muy adentro,
de nuestros corazones al encuentro:
!la bendición profética de Dios!

 



Ritmo Nuevo


He de seguir la ruta serena y multiforme,
sin detener mi planta ante el guijarro duro;

Acaso con mi acento yo todo lo transforme

Y daré nuevos soles al horizonte oscuro.

Escalaré la cumbre de mi ideal, conforme
he luchado constante contra todo lo impuro;
y entonces de mi pecho, con emoción enorme,
lanzaré un ritmo nuevo a los pies del futuro.

Un ritmo que despierte el alma de las cosas,
las corolas dormidas de las fragantes rosas
y los ojos cegados a la luz interior.

Un ritmo cuyo acento tan alto y tan profundo,
que hará vibrar el cielo y hará vibrar el mundo,
bañando el universo de sacro resplandor.




Teosófica

 

Ya no hay caminos tristes ni oscuros en mi vida;

Ya las rudas espinas no me hieren los pies;
al fin logré la senda de la fuente escondida,
donde Dios se hace sombra de un humilde ciprés.

Yo no sé si otras veces fue bálsamo en mi herida,
si jamás la hallé nunca, o volveré otra vez;
pero en su fresca margen me siento entretejida,
a la nube que pasa y a la dorada mies.

Igual que Dios en todo: yo daré mi alegría,
multiplicada en sueños de diversa armonía,
porque soy nube y fuente, igual que Dios también.

 

¡Ser pródiga, ser pródiga… aunque jamás comprendan;
que el pan viene del árbol, para que no sorprendan,
el inmenso derroche, que hace el Supremo Bien!

 

 


Final

 

Esto es todo, lector: brizna o perfume,
un puñado de ensueños en el viento;
el fuego de mi sangre y de mi acento
que entre risas y llanto se consume.

Esto es todo, lector: flor que resume
la retama y la miel, cada momento
que la vida nos da, al fin de cuento,
a quien de loco o poeta se presume.

Yo he tenido en palacios y escombros,
golondrinas de Bécquer en mis hombros
y aquel búho de Poe en la ventana.

Esto es todo, lector. Dejo en tus manos,
el oro de mis sueños ya lejanos,
mientras te digo: ¡adiós o hasta mañana!


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