Signo / 1961

 





Signo

Poemas

 

Con alto aprecio dedico al Dr. José Antonio Campos Delgado, Mecenas de este libro.

R. V. M.

 

Desnudo el corazón

 ¡Oh, si todos fuésemos

por la vida con el corazón desnudo!

si el pecho fuera de cristal,

tan claro y tan fino,

que nada en el mundo

pudiera cubrirlo:

ni la seda,

ni la noche,

ni las montañas,

ni los mares,

ni la muerte.

 

Si pudiéramos ver

todos los corazones

a través del pecho:

¡Cuán luminosos unos,

cuán tenebrosos otros!

Corazones cantando,

corazones llorando.

Corazones llagados

y encadenados

a los odios

y a la sombra

de la avaricia y del mal.

 

Cuántos corazones

turbios

como el de Midas y Judas.

Cuántos corazones negros

como aquel de Torquemada,

que viven siempre deseando

la terrible inquisición.

 

Si todos llevásemos

el corazón a flor de piel

para reír y cantar:

cuántos hombres

como niños,

y niños como ángeles:

alegres de claridad.

 

Vamos a pedirle a Dios

que nos deje el corazón

desnudo.

Vamos todos los hombres

y las mujeres de la tierra.

Pero nadie se mueve.

¡Nadie!

Tal vez Jesús y Gandhi,

y otro puñado de hombres

en cada ciudad del mundo,

se hubiesen movido

para pedirle a Dios

que nos deje el corazón

¡Desnudo!

 

La palabra inicial

 Al amigo Dr. Carlos Gil Rincón,

Afanoso investigador del mundo de la mente.

 

¿Quién pronunció la

primera palabra en el mundo?

¿Fue de amor o de dolor?

¿Quién?

¡Tal vez el agua, el viento

o la lejana estrella!

 

¿Quién enseño al hombre,

a llorar y a reír como los ángeles?

 

Es tan difícil saber

quién caminó con la primera aurora.

Cada siglo del pasado

es una puerta de extraviadas

llaves;

 

a la cual,

muchos sabios como Darwin

han llamado.

Y aún cuando pudiésemos

mirar hasta la Edad de Piedra

o más allá

por la vieja cerradura;

n sabemos si fue de

amor o de dolor

la palabra inicial.

 

No sabemos nada ¡nada!

del hombre UNO que apareció

en la tierra.

Después:

diez, cien, mil, un millón,

más un millón, más un millón,

más un millón…

Y se agotan los números,

pero los hombres

siguen llegando a la tierra

incesantemente;

e incesantemente,

nos preguntamos unos a otros;

pero nadie sabe nada:

ni yo, ni tú, ni ellos…

 

Acaso, y acertadamente

¿responderán los hombres

que llegarán después?

 

¡Es tan breve la vida!

 

Caminamos todos los

días,

hacia los meses y los años;

hacia la aurora

de un nuevo

amanecer…

Hacia las estrellas,

hacia lo eterno,

hacia el MAS ALLA.

 

¡Cuántos cardos

en el camino.

Cuántos guijarros

y sinsabores;

pero llegaremos

para que se cumpla el:

“nacer, morir,

volver a nacer,

tal es la ley”!

 

Muchas veces

he deseado,

quedarme un siglo

o más,

descansando a la sombra

de un ciprés;

pero este árbol

también se va y regresa,

en cada semilla

que cubre la tierra.

 

Nadie ha logrado

aferrarse a la vida,

hasta ver encanecer

a las estrellas.

 

Nadie ha visto secar

un océano,

ni el lento diluir

de una montaña.

 

¡Es tan breve la vida!

 

Caminar.

Caminar de este mundo

a otros.

Ir y volver,

-como del trabajo a la casa-

pero cada vez

más cerca de la cima,

más cerca de la luz

y de lo Increado.

Cada vez,

más cerca de la

Verdad.

 

Sed

 Al Dr. Ramón Soto Matos

 

Todos tenemos sed.

La piedra se calcina de sed.

y el pajarillo

inútilmente vuela

para alcanzar la nube.

El pozo tiene sed

de estrellas;

y el salobre mar,

de la gota de lluvia

para endulzar su pena.

 

¿Quién no tuvo sed

alguna vez en la vida:

sed de amor, de vino,

de triunfo o de placeres?

¿Quién no tuvo sed de

oro,

de grandeza o de

poder?

 

Jesús que nada ambicionaba,

y que todo lo daba,

tuvo una vez sed,

¡mucha sed!

Una sed espantosa

de agua,

¡simplemente de agua!

Y le dieron hiel

¡pobre humanidad!

que le negó a un Hermano Mayor,

lo que Dios nos dio a todos

sin medida

desde el Alfa al Omega:

el llanto y en la lluvia,

en los ríos y en los mares,

en los lagos y en las nubes.

¡Pobre humanidad!

 

¿….?

 

¿Cuánto, cuánto he caminado

por los mismos senderos

de la tierra?

 

¿Cuántas veces…

con las plantas del mendigo,

con los piececitos blancos,

con los piececitos negros

de algún niñito africano?

 

¿Cuántos siglos he mirado

la misma luna en la altura?

¡Lucerito de miel fresca,

lucerito de ternura!

¿quién me dará la respuesta?

 

¿Sabe el árbol

que ha cambiado

su vestido de hojas verdes

muchas veces?

 

¡Zumba la abeja en la rama!

¿De alegría abre la flor?

 

¿Quién me dará la respuesta?

¿Quién?

 

No quebrantes la ley

 

No hagas prisioneros

a los pajaritos,

que vuelan y cantan

en las ramas verdes

de los limoneros.

 

Tanto a ti como a ellos

Dios les ama,

y les dio libertad;

para que ascendieran

en pos de claridad.

 

No quebrantes la ley:

Si el mundo entero

es cosa ya pequeña

para el hombre

que pretende llegar

a otros planetas,

¿cómo quieres que el ave

viva feliz en la dorada jaula?

¿Acaso dijo Dios que había

un límite,

para el inquieto remo

de sus alas?

 

No quebrantes la ley.

Pájaros y nubes,

son los banderines

que agitan muy alto,

manos invisibles

de azules querubes.

 

La gotita de rocío

 

¡Cuán poca cosa

es la gotita de rocío!

Mas,

ella brilla,

tiembla y sueña sobre

la rosa.

Ella es vibración,

color

y alegría,

en la escala infinita

de la creación.

 

¡Cómo será de humilde

y de poeta,

ese Dios de grandes y

pequeños;

de mansos y soberbios,

que no olvido en su

Plan Divino,

de hacer a la gotita

de rocío!

 

La gotita de rocío,

se evapora silenciosa

como el alma

de las rosas.

 

La gotita de rocío:

¿se transmutará en conciencia

en la ronda de los siglos?

 

Ese Dios

sencillo y fuerte,

sabiamente en sus

arcanos,

guarda todas las

RESPUESTAS.

 

La oración

 

“Tanto la intención cruel

sólo a este fin enderezan,

que si el Padrenuestro rezan,

es porque piden con él”

Ruiz de Alarcón

 

Si quieres

orar,

vete como Jesús

a la montaña:

donde la brisa

canta,

y es más clara

la luz.

 

Camina hacía los

valles y las colinas

donde la vida

es agua mansa

y cristalina.

 

Vete

al huerto solitario

del propio corazón,

donde solo se escucha

la voz de la razón.

 

La multitud

es para cantar himnos,

para romper cadenas,

para pedir el pan…

 

Cuando el Maestro

sintió deseos de orar,

pidió a sus discípulos

que lo dejaran solo

¡solo!

en el fragante olivar.

 

Si todos orasen así…

Pero no,

la gente va a los

templos,

para exhibir sus prendas

y para que digan:

¡está orando!

aunque saben que Dios no los

escucha.

 

¡Pobre mujer!

 

Pobre mujer desconocida,

pobre hermana de otras

vidas:

Yo la vi tendida

en el lecho,

enferma, desnuda

y hambrienta.

 

¡Pobre mujer sedienta

de caminos,

de agua, de luz

y de amor!

 

¡Yo le di unas monedas;

pero eso no calmaba

su dolor…!

La herida estaba

más allá de la carne;

tal vez en el pasado

o más allá de otras

vidas

vividas en la sombra…

 

Yo reí y le dije:

Dios es bueno y alegre.

Entonces,

se estremeció en el lecho

y me pidió que abriera

la ventana para verlo.

Entró el sol,

la brisa y el rumor

de los campos.

 

Ella sonrió,

y se durmió tranquilamente,

tranquilamente…

para no despertar.

 

La cruz

 

¿Por qué tenemos

que amar

lo que es símbolo

de tristeza

y de dolor?

 

Acaso,

¿no es Dios alegre

como los pájaros del bosque?

¿Quién le ha visto

llorar en sus cosas

más puras y hermosas,

como las estrellas

y las flores?

 

Es mejor no amar

la cruz,

porque allí murió

Jesús.

Y con ella nos engañan,

y la llevan prisionera

los malvados sobre el pecho,

para hacernos creer

que llevan a Dios.

 

Pero Dios

anda con los pájaros,

las nubes,

las flores

y las mariposas…

¡Libremente!

No en una cruz de oro

o de zafiros,

que el hombre hiciera

para venderlo.

 

Dios está más allá

de todas las gemas

y el oro del mundo.

Más allá de todo

ruin propósito.

Dios anda libre

en el viento,

en la luz de las estrellas,

y en todas las cosas bellas

que sabiamente formó.

Dios anda libre,

Libre,

Libre…

 

Luz

 

Dios mío:

yo te amo en la luz.

Y te suplico,

que dejes a mi lado

una gota de claridad

para sentirte cerca.

Nadie sabe

que te arrebujas

en la intimidad

del rocío,

y en el polvillo

de oro

de las mariposas.

A veces lloro,

para tocarte

en la luz diminuta

de una lágrima.

 

Mi Dios:

¿qué puedes ser

si no eres la luz?

 

No conozco nada

más puro para envolver

la tierra;

ni nada mejor

para entibiar los nidos

cuando los pichones

quedan huérfanos.

No sé de nada más claro

para mirar la vida

y la risa de los niños.

 

¡Oh Dios mío!

si algún día

quedasen todas las estrellas

oscuras

como las casas vacías;

y muriese la claridad

sobre la tierra;

entonces,

sabré que

no eres la luz.

 

Canto a la muerte

 

A todos los que creen

en la Reencarnación

 

Te llaman Muerte, ¡hermana mía!

pero nadie sabe tu nombre;

tu nombre de racimo transparente

y claridad marina.

¡Dulce nombre

de pájaro en el viento,

y de fruta

que nadie ha inventado

todavía.

Nombre de miel,

de rumor en el bosque

y pétalo de aroma

en la distancia!

¡Oh Muerte:

caminas por la tierra

con el paso fluyente

de un lucero;

y va tu luz extraña,

por los campos de trigo,

hacia lejanos yermos,

a ranchos y palacios,

mares de espuma y besos…!

 

Te llaman Muerte,

y sacudes al viento

tus burbujas vitales.

Clavel de llama viva

florece en tu silencio,

y un soplo de esperanza

navega en tus raíces.

 

¡Nadie sabe

por qué eres tan profunda

y tan sola,

tan callada y tan plena

de invisible presencia!

¡Nadie alcanza el enigma

de tu raíz nocturna,

ni el polen de tus manos

que siegan

en esta tierra mía,

para sembrar acaso,

en otra tierra incógnita!

 

¿Por cuál razón nos atas

a tu leve cintura

de melodioso junco?

Quizás,

porque eres más que hermana,

más que madre,

más que la Verdad,

el Bien

y el Sueño…!

 

Yo te amo, Muerte,

porque te sueño

saturada de esencias

como la primavera.

Y amo,

el jazmín ilusorio de tu frente,

y tu boca sellada

de palabras ausentes;

tus cabellos eternos,

tus ojos de remanso,

y tus manos tan claras

como la lluvia fina.

 

¿Quién sabe

del frufrú de tu falda,

y tu vaga sonrisa

que retoña en el viento?

Sin embargo,

cuando llamas,

no hay pasos rezagados,

ni dedos que hagan signos

de espera en la distancia.

¿Quién dijo que eres lúgubre?

si los niños

abandonan sus juguetes

para ir como racimos

prendidos de tu falda.

 

¡Oh Muerte:

he soñado tantas veces

con tu alado horizonte

de sonámbulas

rosas!

con el movible mar de tu ternura,

que lentamente

nos arrulla y duerme,

que nos sella los labios,

y apaga el corazón

con el soplo desnudo de algún signo impreciso.

 

¡Oh Muerte, hermana mía:

qué reposo de piedra

aguarda en tus fronteras;

zumo de tantas noches

en los párpados rotos…!

-Eso cree la gente-.

Más,

yo sé que eres el día

sin aurora ni ocaso:

que hay savia milagrosa

en tus ramas tendidas;

que te cantan alondras

en las manos dormidas;

que eres azul y tierna

como un cuento de la infancia;

que vienes despacito,

como una buena madre

Hacia el hijito

enfermo;

y al besarnos la frente,

nos dices la palabra

de la conquista eterna:

la mágica palabra,

la terrible palabra,

que en nuestro idioma es

¡MUERTE!

pero acaso en el tuyo

no será más que duerme.

¡Duerme!

Y todos dormiremos

para volver un día,

a sembrar en los vientos

canciones de alegría.

 

Teosófica

 A Ovelio Riera, que conoce

El Sendero

 

Ya no hay caminos tristes ni oscuros en mi vida.

Ya las rudas espinas no me hieren los pies;

al fin logré la senda de la fuente escondida,

donde Dios se hace sombra, de un humilde ciprés.

 

Yo no sé si otras veces fue bálsamo en mi herida,

si un día la hallé al paso o la perdí una vez;

pero en su claro espejo me veo confundida,

con la nube que pasa y la dorada mies.

 

Igual que Dios en todo: yo daré mi alegría,

multiplicada en voces de lumbre y poesía,

porque soy viento y agua, igual a Dios también.

 

¡Ser pródiga, ser pródiga! Aunque jamás comprendan

que el pan viene del árbol, para que no sorprendan

el inmenso derroche, que hace el Supremo Bien.

 

Tránsito

 

¡Qué reposo tan hondo

embargará mi cuerpo,

de mis negras pupilas

se fugará

la luz!

 

El racimo maduro que

endulzara mis labios

no volverá a posarse

con divino temblor.

Y estas manos mías

que acariciaron tanto,

la cabellera oscura,

el pájaro

y la flor:

se quedarán inmóviles

como lirios de cera,

sin sentir la brisa

el beso perfumado,

que llegará en silencio

de las frondas

y el mar.

 

Y después del tránsito,

¿habrá una zona fría,

un cuerpo astral y…?

¡Dios mío!

¿Qué mirarán mis ojos,

los ojos de mi espíritu

abiertos a otra luz?

 

Mientras tanto, mi arcilla,

(allá abajo, muy hondo)

disgregada en mil átomos

volverá a flor de tierra

y tornará por leyes

de evolución eterna,

a ser perfume

y brisa,

piedra, torrente,

flor…

 

¿Será dual mi Destino:

transformación arriba,

transformación abajo,

y en la marcha,

animada

de un destello divino?

¡Qué se cumpla mi

Karma

hacia el lodo

o la estrella;

pero quiero en la marcha,

-consciente de mí misma-

eternizar la huella!

Quiero dejar la esencia

de mi alma en un grito,

abierto, como escala,

de luz a lo infinito.

 

El nombre

 Dedico al Dr.

J. R. Silva Cedeño

 

Yo no sé cómo te llamo.

Si alguien preguntase

mi verdadero nombre,

haría un signo de vuelo,

de lumbre

y de ternura.

Tal vez,

diría el nombre

del Orinoco niño,

cuando apenas era una astilla

de agua cristalina,

bajo el viento deleitoso

de lejana estación.

 

El nombre de la hormiga,

¡tan grande para ella!

Los nombres primitivos

del halcón

y la rosa;

que duermen hace siglos

en los misteriosos archivos

del Prana universal,

o en la memoria yerta

de las piedras lemurianas.

 

Yo no sé cómo me llamo.

Pero sé que tengo savia

de algún árbol

que cantaba y reía

en el paraíso terrenal.

Entonces,

era el tiempo dorado

de la leyenda mágica,

cuando la serpiente

sonaba sus crótalos

para despertar a la mujer.

 

Eran los nuevos astros,

las nubes y los mares:

todo tenía la primera

fragancia

de las manos de Dios,

cuando hablaba a los vientos,

y creaba la ternura

de los pájaros,

y la flor menudita

de los prados.

 

Entonces,

yo miraba el mundo recién nacido

desde las verdes hojas;

o tal vez,

era chispa que dormía

en el duro pedernal.

 

Yo no sé cómo me llamo.

Este nombre de ahora,

es como el repetido nombre

de la hoja;

pero la savia,

es de todo un bosque que viene

desde los primeros días

de la creación.

 

¡Ah, si se pudiera regresar

hasta la Edad de Piedra!

o más allá,

para encontrar

mi verdadero nombre…

Pero es inútil,

nadie desando tantos siglos

para hallar una cosa tan simple

como el nombre.

¡Nadie, nadie,

ni acaso el mismo Dios!

 

La Ley

 

Hermano:

Vibran las campanas.

Tu hogar está triste

por la madre que

perdiste.

Gime la tarde,

llora la estrella,

llora tu alma…

¡pero es la Ley!

 

Hermano:

eres dulce y bueno

como la miel.

Das alegría, dinero, pan…

I sin embargo,

el envidioso te hiere

y da a beber su hiel.

Pero no te quejes,

porque eso,

también es la Ley.

 

Hermano mendigo.

Hermano de la miseria

y de la soledad:

pides al que pasa,

una moneda para comer.

Pero nadie te escucha,

nadie te mira,

nadie te ayuda.

 

Más,

tú no comprendes

la indiferencia de la gente

que a tu lado pasa;

si Dios es UNO

para ricos y pobres.

Pero yo te digo, hermano,

esa es la Ley.

Quizás negaste un día

siendo rico,

y hoy

¿qué puedes esperar?

¡Vuelve a nacer:

una y mil veces,

un millón y otro millón

para que comprendas

que esa es la Ley!

 

Polvo Eres

 Al Dr. Humberto Delgado Rivas

 

¿Para qué palacios,

sedas ni topacios…?

Si Jesús no tuvo

humilde cabaña,

ni mullido lecho

ni trigo en granero…

Jesús era dueño

del cielo y la brisa

del mar y el lucero.

 

¿Para qué las pieles

o linos de Irlanda?

si Lahiri Mahasaya

no usaba más que un taparrabos,

y el hermano Gandhi

una simple saya.

 

Si nada llegamos

al mundo redondo,

y así partiremos

de la tierra al fondo.

 

¿Para qué las guerras,

odios y rencores?

si quedará todo,

en las duras manos

de los opresores.

 

Arriba es la fiesta

de los tertulianos.

 

I abajo:

sin risas ni lumbre

se hartan los gusanos.

 

La materia es polvo,

polvo, ¡nada más!

 

El alma en su vuelo,

ni un gano de oro,

llevar podrá nunca

a lo azul del cielo.

 

Voces

 

Yo he escuchado

muchas veces,

voces extrañas

dentro de mí.

No son del viento,

ni de la gente.

No son del rio

ni de mi sangre,

que es fuerza y ritmo

en mi interior.

 

Como el caracol,

yo llevo por dentro

alegre rumor.

 

Yo escucho voces

dentro de mí:

voces que crecen,

hasta que adquieren

forma y color.

 

Voces que llegan,

quien sabe cómo,

de alguna esfera

o de otro plano

muy superior.

 

Caronte

 

¡Caronte, Caronte:

ven a mi ribera.

Te espero hace tiempo,

oh, torvo barquero!

 

Sueño con tu barca

de sombra y silencio.

No cambies el rumbo,

eterno remero.

 

¿Cuántos pasajeros

viajaremos juntos,

en el mismo día

y a la misma hora?

 

¡No importa, Caronte,

que me toque sola,

cruzar el abismo

de las negras olas!

 

¡No importa!

Si tú infundes miedo

a toda la gente;

yo espero, Caronte,

tu barca, impaciente.

 

¡No tardes!

Hace mucho tiempo

que en esta ribera,

espero tu barca

sombría y ligera.

 

La Ronda de los ojos

 

I

¡Yo siento muy adentro,

que toda mi sangre,

florece y florece

misteriosamente…!

Florece en mil ojos

de ágata y cielo,

de lumbre y rocío:

son los tiernos ojos

de todos los niños

que viven en mí.

Ojitos azules,

ojitos castaños

que miran la luna,

y hallé en los caminos

soleados de abril.

 

En mis manos y mis hombros,

mis cabellos y mi frente,

se asoman mil ojos tiernos

para contemplar el mundo:

ángeles de fresca hierba

con piececitos de espuma;

trompitos de chocolate

en un jardín que se esfuma.

Pasa un tranvía de azúcar

y un jinete de aserrín.

La ciudad de los enanos,

cabe toda en un jazmín.

 

Quisiera con estos ojos

mirar por siempre la vida.

¡Mirarla, mirarla siempre

sin espinas, sin enojos!

 

II

¡Alegría, alegría!

Primavera de ojos claros

embriagándome la sangre:

senderos todos abiertos,

ciudades que van cantando.

Ojos de caminos anchos

que se asoman a mi carne.

Ojos que encienden mi sangre

como hachones fulgurantes,

y me cantan en las venas

como ríos desbordados.

 

¡Cuánto amo estas miradas

impacientes y sedientas

de profundas esperanzas,

de locuras y borrascas,

de amores tristes y alegres…!

¡Oh, son los ojos soñadores

de la juventud que avanza!

¡Cuánto amo estas miradas

por su fiebre de alegría:

con estos ojos de ensueño

yo siento que el mundo es mío!

 

III

¡Oh, Dios mío!

En las noches desoladas

me torturan unos ojos

por su limo de tristeza

y su lluvia de quebranto.

Son los ojos de las madres

en desvelo,

por los hijos que se pudren

en las míseras prisiones.

Ojos, millares de ojos,

con su racimo de lágrimas

inundándome la carne.

Llueve y llueve

hasta mis huesos,

con relámpagos de angustia

y centellas de tormento.

¡Ay, los ojos de las madres

que jamás tuvieron cerca,

una vena de agua dulce

para regar su plantío;

ni un pan fresco para el hijo

ni toldo para la siesta!

 

¡Frio invierno

de salobres transparencias

en mis hombros y cabellos!

¡Cómo me hieren la carne

estos ojos de las madres

sin consuelo,

floreciéndome en silencio

como rosas en desvelo!

 

IV

Otras veces,

más allá del negro otoño

de los cuerpos;

donde corren silenciosos

negros ríos de ataúdes;

donde juegan los gusanos

con los cráneos

de la inmensa noche oscura…

Desde ese mundo sin tiempo,

sin estrellas y sin voces,

me persiguen y se alzan

hasta el cielo de mi sangre

multitudes de ojos sombríos:

son los ojos de los muertos

que me hielan toda el alma.

Son los ojos del abuelo

y el cacique que hace siglos

combatió en mi patrio suelo.

 

Ojos vagos, sin matices

de vitales sensaciones,

que torturan mi existencia

y revelan el enigma

del inmenso más allá.

Sé de cierto

que algún día,

esta sombra de ojos muertos

poblará todo mi cuerpo,

ahogará todas mis ansias,

romperá todos los lazos

que me amarran a la vida.

I después mis propios ojos,

con los ojos del abuelo,

de los héroes y los santos;

de los niños y las madres

que murieron hace siglos,

subirán con loco anhelo

a mirar no sé en qué manos,

qué cabellos o qué frente,

los paisajes de la Vida

desde el hondo MAS ALLÁ.

 


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